Blue in green

Ilustración de Xosé Agustín Mosquera Cacheiro para este blog. ¡Gracias, amigo!

Ilustración de Xosé Agustín Mosquera Cacheiro para este blog. ¡Gracias, amigo!

Queridísima Augadoce:

Ahora que tu éxito académico es una realidad incuestionable, tengo ganas de compartir contigo algunas cosas relacionadas con lo que, modestamente, creo que fue mi pequeña contribución a tu carrera. Una contribución microscópica, por supuesto, pero que por diferentes razones es para mí motivo de orgullo. El mismo orgullo que me embarga cuando leo las reseñas de tus obras en las sesudas revistas que hojeo únicamente con la esperanza de encontrar una referencia a quien fue y sigue siendo para mí como la hija que siempre deseé y nunca tuve. De lo que voy a contarte, algunas cosas te resultarán de sobra conocidas, otras sin embargo nunca hasta ahora me había atrevido a confesárselas a nadie. Quiero que seas tú quien las conserve en la memoria cuando la mía termine de deshilacharse. Debilidades de vieja melancólica por las que espero sabrás perdonarme.

Conocí a Miles sobre el 45. Debió de ser en el Three Deuces o tal vez en el Spotlite, no estoy segura. Recuerdo que me pregunté de qué guindo se había caído aquel chaval flacucho. Era muy joven y tenía la técnica de un aficionado, pero también un descaro y una habilidad inverosímiles para camelarse a los figuras de la calle 52. Ahí estaba cada día, con su trompeta reluciente, aquella chaqueta que le quedaba grande y el carnet del sindicato, dispuesto a subirse al estrado con quien fuese. No sé si sabes que en aquella época corrían ríos de heroína por los locales y la mayoría de los músicos estaban enganchados, así que cada dos por tres los combos se encontraban con bajas de última hora que debían sustituir con urgencia. Miles esperaba su oportunidad y no tardó en llegarle.

Cuando lo ví pensé que era un camello, pero enseguida me sorprendió su mirada limpia, llena de curiosidad y de inteligencia. Aquellos no eran los ojos de un traficante de poca monta, pensé. Me fijé también en sus manos. Eran grandes. Eran huesudas y, al mismo tiempo, tiernas.

La primera vez que le oí tocar pensé que el chico estaba muerto de miedo. Transmitía una inseguridad terrible y no podía con los tempos rápidos, pero a Bird parecía no importarle. Y si a Bird no le importaba, ¿qué iban a decir los demás? Cuando terminaban, Miles recogía el instrumento y parecía recobrar la seguridad en sí mismo. Se tomaba las copas justas y hablaba con todo el mundo.

Un día se acercó con Curly a nuestra mesa y Sam me lo presentó. Sin ningún protocolo, de hecho ni siquiera retiró la mano de mi muslo, cosa que en aquel momento tampoco me importó. Miles se sentó frente a mí y de nuevo me fijé en sus ojos. Miraban como si quisieran beberse todo aquello en lo que se detenían. De repente me olvidé de Sam y me vi agarrando a Miles por la muñeca izquierda, atrayendo su mano hacia mí con fuerza, casi con violencia, girándola y extendiendo la palma sobre la mesa. No pareció sorprenderse. Recorrí con el dedo índice la línea de la vida y la línea de la fortuna, muy despacio. Le miré a los ojos.

– Caramba chico, creo que eres un tío con suerte. Vas a tener una vida larga, mucho más larga que todos estos.

– Continúa, pitonisa. Por cada cosa que aciertes te invito a un trago.

– No hace falta que te molestes, chico. Si quieres, a ti te lo hago gratis.

La cosa se quedó ahí porque Sam se enfadó y, si no es por Curly, Bird habría tenido que buscarse otro trompetista para una larga temporada.

Aquella noche tuvimos una buena. Nos dijimos de todo y en plena calle le solté una bofetada, pero se lo tomó bien y acabamos pidiéndonos perdón y besándonos como un par de gilipollas mientras buscábamos un taxi. Llegamos al apartamento con muchas copas de más y al atravesar la puerta me desplomé. Sam no lo dudó un momento. Me bajó la falda de un tirón y enseguida empezó a pelearse con mis bragas. Estaba muy excitado pero tan borracho que no encontraba el modo de qutámelas, así que al final las acabó rompiendo. Con mucho esfuerzo consiguió ponerme bocarriba, me empujó contra la puerta cerrada de la cocina, cogió mis piernas, las levantó y luego las empujó hacia atrás mientra balbuceaba algo que yo era incapaz de entender. Los ojos le brillaban. Por fin dejó que mis piernas descansaran flexionadas, las separó ligeramente y su cara desapareció de mi campo visual. Lo siguiente que noté fue su nariz empujando, luego un tacto húmedo y un cosquilleo que me produjo una descarga eléctrica y terminó por vencerme. Quise decirle algo pero no pude. Durante unos instantes, me tuvo a su merced pero, en vez de seguir con lo que estaba haciendo, se levantó, se puso un condón y volvió a levantarme las piernas y a empujarlas hacia atrás.  Hundió los dedos con mucha brusquedad. Sentí un dolor agudo. Luego noté que empujaba de nuevo, pero mi cuerpo lo rechazó y oí mi propia voz.

– ¡Para, cabrón! La puerta trasera está reservada para el negro que me lleve al altar.

Me admiré de mi propia ocurrencia y, sobre todo, de la firmeza de mi voz. Lo siguiente que recuerdo es el olor ácido del vómito, el pelo húmedo en la cara y un terrible dolor de cabeza. Me arrastré a la ducha. Sam dormía en la cama con su cara de ángel.

La segunda vez que vi a Miles fue en el 59, de esa fecha sí que estoy segura. Hacía unos meses que me había trasladado a Newark y tú estabas pasando una temporada en casa. Habías venido a terminar tu tesis. Cuando te pregunté por el tema me hablaste del “rastro pneumo-arqueológico de las literaturas efímeras”. No entendí una palabra, pero la frase se me quedó grabada. Te pasabas los días en las calles buscando y anotando cuanta pintada, frase o leyenda encontrabas: grafitis, rotulaciones en las paredes de los urinarios públicos, anuncios de contactos pegados en las cabinas telefónicas, insultos trazados sobre la capa de polvo que se acumulaba en las lunetas de los coches aparcados en la avenida Summit, pensamientos escritos en los cristales embazados de gimnasios en los que nunca me expliqué cómo te las arreglabas para entrar y salir entera… Nada te asustaba. Cualquier cosa te servía.

– ¿Cómo demonios piensas hacer una tesis con eso?, te dije una mañana.

Te reíste, me diste un beso en la mejilla y me dijiste adiós con la mano desde la puerta. Cargada con el cuaderno de media cuartilla que siempre llevabas a todas partes. Ibas camino, un día más, de lo que llamabas tu “trabajo de campo”.

Aquel día, Billy me llamó a última hora para que fuera al estudio de la CBS de la calle 30, donde trabajaba de vigilante nocturno. Supongo que te acordarás de él. Solía avisarme cuando todo el mundo estaba a punto de irse y él se convertía en el amo y señor de aquel palacio de despachos, salones enmoquetados y cabinas de grabación. Las mejores y más modernas de Nueva York, según se decía. Para nosotros era, sencillamente, un picadero de lujo. Teníamos aire acondicionado, un montón de sofás entre los que elegir y toda la música de la casa a nuestra disposición. Había también un mueble bar estupendo que él se las arreglaba para asaltar sin dejar rastro. Solía ponerme grabaciones que todavía estaban pendientes de editar. Joyas sin pulir, las llamaba él. Algunas eran tomas falsas o descartes. A veces lo hacíamos dentro de las cabinas. Eran los lugares favoritos de Billy.

Cuando llegué al portal, reconocí los ojos escrutadores y alucinados que recordaba de aquel garito de la 52 con la misma nitidez que si los hubiera visto el día anterior. Era Miles, que salía a toda prisa. Seguía estando muy delgado, quizá más que la primera vez que lo vi. Daba la impresión de que la cara se había quedado completamente desprovista de carne y que la piel se adhería directamente a los huesos del cráneo y a los pómulos. Las venas se le marcaban en la frente como sucede cuando uno está haciendo algún tipo de esfuerzo. Vestía un traje azul cortado a medida y debajo de la americana llevaba un jersey fino de cuello cisne. Se me quedó mirando.

– ¡Eh, pitonisa! ¿Dónde te habías metido? ¿Sigue en pie aquella oferta?

No supe qué responder. Me quedé paralizada durante unos segundos, el tiempo suficiente para que la negra alta y flaca de pelo alisado que le estaba esperando lo agarrara del brazo y se lo llevara. Lo último que ví de él fueron las brasas de sus pupilas perdiéndose en el habitáculo del taxi.

Billy estuvo tan cariñoso y entusiasta como siempre. Nos acomodamos en una de las salas y luego me llevó a la cabina y puso algunos cortes de las sesiones de aquel día. Nos tomamos unas copas y charlamos. Le hablé de ti y de tu extraño proyecto, pero el asunto pareció interesarle poco o, más bien, nada. Enseguida dejó la copa a un lado y empezó a besarme. Al principio con bastante suavidad, casi como pidiendo permiso, pero enseguida deslizó las manos por debajo de mi suéter, me subió el sostén y alcanzó mis pezones. Los acarició muy suavemente con las palmas y cuando estuvieron duros los sujetó con la dedos índice y anular, frotándolos y  tirando ligeramente de ellos, al tiempo que su cuerpo se arqueaba sobre el mío y su lengua entraba en mi boca. Noté que empezaba a humedecerme. Le pedí que apagara la luz. Antes de hacerlo, se acercó al magnetófono y puso una cinta nueva.

Me quité la poca ropa que me quedaba y cuando sus manos volvieron a posarse sobre mi vientre empecé a oír el piano. Las tres primeras notas de la trompeta condujeron de nuevo sus dedos hasta mi pecho y el sonido acerado por la sordina me recorrió como una rasqueta a contrapelo. Dos frases breves a tempo lento, seguidas de silencios de medio compás, una escala ascendente en semicorcheas y Miles desapareció detrás de la sección rítmica. Vi sus pupilas centellear en el habitáculo del taxi, su tierna y gran mano izquierda tendida hacia mí catorce años atrás y luego esa misma mano crispada sobre la trompeta mientras los dedos de la derecha actuaban con precisión sobre los pistones. Miles ligeramente encorvado, los hombros contraídos, las codos pegados al tronco y la trompeta apuntando al suelo, prolongándose en la sordina que daba al sonido aquel poder abrasivo. Vi sus ojos entornados y las venas creciendo en su frente junto a tenues gotas de sudor que refulgían a la luz de los focos. Miles agarrado a la trompeta como un navegante seguro del rumbo, prolongando las notas, dejándolas flotar hasta la mitad de ninguna parte, para abrir luego el  gran espacio del silencio y volver a quebrarlo en medio de la oscuridad balizada por los destellos armónicos del piano. Su voz acerada diciéndome dónde has estado todos estos años, pitonisa, sus manos oscuras y grandes sujetándome las caderas, mi cuerpo abriéndose como si obedeciera una orden emitida por sus labios a través de la boquilla dorada. Fueron veintiún compases. Antes de que Miles terminase de estirar la última nota del tema, mi cara estaba aplastada contra el respaldo del asiento de falsa piel. Billy empujaba como un poseído y yo no tenía aire, voz, ni voluntad para decirle para cabrón, no es ese el camino, te has equivocado de chica. Cuando descargó y por fin se detuvo, el arco del contrabajo dejaba la última nota posada sobre el rumor del arrastre de la cinta.

Recuerdo que me despertaste con el desayuno bien pasado el mediodía y que me informaste con entusiasmo de todo el material que habías logrado recoger aquella semana por Newark y Jersey City. Me hablaste de los “tesoros”, así los llamaste, que habías localizado en los muros de las fábricas abandonadas de Springfield-Belmont y en los sucios callejones próximos a High Street y la avenida Orange, el antiguo barrio judío que en aquellos años los negros y los puertorriqueños se disputaban a cara de perro.

– Tienes que tener cuidado, esa zona se está poniendo peligrosa -te dije.

– ¡Bah! No te preocupes. Siempre he sabido cuidarme.

Me preparaste el baño y, cuando terminé, volví a encontrarte en la cocina.

– ¿Sabes? Creo que escribirás una gran tesis. Te he dejado en el vaho del espejo algo que tal vez te sirva. Espero que sea lo suficientemente efímero para ti.

Tomaste el cuaderno, te dirigiste al baño y volviste con una sonrisa.

– Gracias, cariño. No hacía falta que te molestases, pero ya que lo has hecho, ten por seguro que habrá una mención para ti en los agradecimientos. Por ahora quédate con una copia. Te servirá de comprobante si me olvido y quieres reclamarla.

Me alargaste una hoja de papel que yo doblé y acerqué al fogón encendido. Cerré los ojos y volví a descifrar cada nota y cada silencio a lo largo de los veintiún compases que seguían golpeando mi cerebro.

Esa luz,
joven destello azul,
es una voz que vuelve a hablar de ti.

Tan tierna y tan letal, amor.

Por ti yo compré
la mañana que no llegó
abrigándote
con mentiras.

Ahora soñaré que
fue un dulce juego
que sólo yo jugué.

***

Bibilio-discografía recomendada:

– Ian Carr: Miles Davis. The Definitive Biography. Thunder’s Month Press. 2006.

– Augadoce do Vale Branco: The empowerment of the african american people and the emergence of a literary voice in the urban ghetto. New York and New Jersey 1955-1965. Princeton Universtity Press. 1972.

– Charlie Parker: Complete Savoy & Dial Studio Recordings. 1944-1948.

– Miles Davis. Kind of blue. CBS. 1959.

Blue in green partitura

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  1. ¡Fantástica entrada!
    Un fuerte abrazo.

  2. Jav

    Chacho!! Cum laude

  3. Pingback: Gigante | Artefloralpararrumiantes

  4. Pingback: Cae | Artefloralpararrumiantes

  5. Fantástica entrada. Su pluma. De Davis p’a qué hablar. Pero ese Xosé Agustín Mosquera, loparióo.
    Blue in green…Davis…pere un cacho que creo recordar algo. Busco y le digo…
    ¡Ya me parecía!… una entrada del viejo blogsito
    https://elsudacarenegau.wordpress.com/2011/07/14/quedese-en-casa/
    Se lo regalo. Abrazo, compañero.

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