Gigante

Ilustración de José Agustín Mosquera realizada para este blog.

Ilustración de José Agustín Mosquera realizada para este blog.

All from God.
Thank you God. Amen.
John Coltrane: A Love Supreme

– Esta noche he soñado con Jimmy. Sus dedos me pellizcaban las nalgas, rasgueaban sobre la piel de mis muslos como lo habían hecho tantas noches sobre las gruesas cuerdas de nylon. Yo me ponía muy tensa, el corazón se me disparaba y pensaba que me iba a estallar pero al final conseguía controlarme y le dejaba hacer. El bueno de Jimmy, después de tanto tiempo…

Augadoce apartó la mirada de mí y la dirigió al vacío. Su voz se había convertido en poco más que un susurro, como si quisiera ahorrar energía o como si el calor se la fuera minando. El ambiente era insoportablemente húmedo. No teníamos aire acondicionado ni ventilador. Lo único que podíamos hacer era sudar, beber despacio y esperar con las ventanas abiertas a que se levantara un poco de viento. La música seguía sonando. De vez en cuando encendía un marlboro, le daba dos caladas y lo dejaba arder en el cenicero, donde se consumía igual que las piedras de hielo que flotaban en el whisky barato, el único que nos podíamos permitir. Cuando la aguja llegaba al fin de la espiral, se levantaba sin rechistar y le daba la vuelta al disco.

– Jummy no era precisamente una torre, eso ya lo sabes, pero sobre sus hombros ha sostenido a un gigante –continuó, su lengua empezaba a ser imprecisa por efecto de la bebida–. Sí señora, puedes  ir a la calle 52 y gritar que Jimmy ha sostenido a un gigante y nadie se atreverá a llevarte la contraria. Cuando lo ves sobre el escenario piensas que algo falla. Piensas, una de dos, aquí falta músico o sobra contrabajo. Pero cuando empieza a tocar él también se convierte en un gigante. Como aquellos otros dos tipos, Elvin y MacCoy, no sé si has llegado a conocerlos. Ellos también eran grandes, enormes, pero acabaron por marcharse. Debe de ser agotador sostener a un gigante sobre los hombros cada noche. Sólo Jimmy lo ha hecho. Sólo él se ha quedado hasta el final. Sí, señor, el viejo Jimmy. Un tipo fiel, me hace gracia pensarlo. Un gigante sosteniendo a otro gigante.

Se quedó pensativa unos instantes, luego comenzó a revolverse en el sofá como si quisiera desembarazarse de algo, hasta que liberó una carcajada. Su voz recuperó parte de la precisión perdida y se hizo aguda, apremiante.

– ¿Sabes? Me parece una gran idea que hayas decidido dar pasaporte al gilipollas ese de Billy. No me caía bien y, seamos sinceras, tampoco estaba tan bueno. Tenemos que volver a salir juntas. Echo de menos cuando me llevabas de caza al Vanguard.

Propuso un brindis por el Vanguard e hicimos chocar los vasos antes de vaciarlos de un trago. Dio la vuelta al disco por enésima vez y retomó el tono pausado de su perorata.

– Lo extraño de todo esto es que he hablado con Jimmy esta misma mañana. Hacía siglos que no hablábamos y va y me llama justo a la mañana siguiente de la noche que vuelvo a soñar con él. Pero bueno, supongo que la llamada estaba justificada. Trane ha muerto.

No supe qué contestar. Tenía todos los discos de Coltrane, por supuesto, y lo había visto un par de veces en directo, pero nunca llegué a conocerlo personalmente. Respecto a la melancolía de Augadoce, no supe si atribuirla a la noticia de su fallecimiento, a los recuerdos que Jimmy habría despertado o, simplemente, al whisky. Tal vez los tres factores se combinaran en proporciones que ni ella misma sería capaz de determinar. Permanecimos en silencio un largo rato. Cuando volvió a hablar, las palabras se le caían de la boca antes de que pudiera articularlas.

– ¿Sabes que Ravi Shankar no lo entiende? No lo entiende, Jimmy me lo explicó. Shankar solo encuentra rabia en la música de Trane. Y lo peor es que ha estado a punto de convencerlo para prescindir de ella y vibrar con el universo. Venga, Trane, vamos a sentarnos en la posición del loto y vamos a vibrar con el puto universo. ¡No te jode el indio! No entiendo a esos tipos que vibran con el universo. ¿Es que no son capaces de mirar a su alrededor y ver de qué está hecho este mundo? ¿Y me puedes decir qué le queda a un negro si le quitas la rabia? Trane era solo un puñetero afroamericano criado a base de blues y de gospel que había dejado de pincharse, que vivía en un mundo en el que los negros no pueden subirse a los autobuses de los blancos y que quería echar fuera una rabia de siglos y pensar que este mundo no es un mundo de mierda para poder dar gracias a Dios. Eso era lo que quería, Jimmy me lo explicó. Y ahora se ha ido, así que espero que esté con Él. Desde luego, se lo ha ganado… Bendito Jimmy, eres un tapón pero sostuviste al gigante hasta el final. Ya podías haber llamado por cualquier otro motivo.

Dejó caer la cabeza en mi regazo y no tardó ni un minuto en quedarse dormida. No pude evitar fijar la mirada en los bultos de sus pezones, que subían y bajaban al compás de la respiración bajo la camiseta empapada. Pensé que era razonablemente joven y muy hermosa. Pensé que sus pezones eran como castañas cocidas en leche y que, por lo tanto, debían de tener un sabor dulce. Pensé que sería fácil desnudarla. Pensé que, por edad, yo podía ser su madre. Pensé que su madre y yo habíamos sido grandes amigas y que habíamos pasado grandes momento juntas, pero que nunca nos habíamos desnudado. La una a la otra, quiero decir. Pensé que estaba pensando demasiado y que era estúpida por pensar. Rematé la botella y quise levantarme a apagar el tocadiscos pero no encontré las fuerzas, así que yo también acabé dormida en el sofá. Cuando abrí los ojos era de día y Augadoce se había esfumado. Corría el aire, por fin. Fui a la cocina a buscar una aspirina efervescente y, mientras miraba embobada las burbujitas que nacían del fondo del vaso y subían hasta deshacerse en la superficie, reparé en que no era capaz de distinguir si lo que llenaba mi cabeza era un sueño del que acababa de despertar o un recuerdo de la tarde anterior.

Entraba en el cuarto de baño. La ropa a secar absorbía el eco de mis pasos. Había prendas por todas partes: faldas, blusas y jerséis colgados de la barra de la cortina, bragas y sujetadores prendidos en el tubo de la cisterna. Un silencio denso opacaba el aire teñido por el olor del suavizante. Augadoce estaba de rodillas, con los codos apoyados en el borde de la bañera y las manos unidas. Yo estaba a punto de tropezar con ella. Se sobresaltaba al verme y me dirigía una mirada que me parecía suplicante.

– ¿Qué haces?, le preguntaba.

– Nada. Estaba rezando.

– No sabía que fueras creyente. ¿Rezas a escondidas?

– No quería decepcionarte. Ven, tengo algo que contarte.

Augadoce me llevaba a la minúscula sala de estar del apartamento que compartíamos y encendía el tocadiscos. Elvin hacía sonar el gong. En la calle empezaba a llover. Los gritos de los chiquillos se mezclaban con la declaración inicial del saxo tenor pero cesaban de pronto y la calma repentina hacía audible el ostinato del contrabajo. Augadoce volvía a dirigirme la mirada que yo creía suplicante y su voz se superponía a la música:

– Esta noche he soñado con Jimmy…

***

John Coltrane falleció el 17 de julio de 1967. Jimmy Garrison fue su fiel contrabajista desde 1961. Juntos grabaron más de veinte discos. Tras la muerte de Coltrane, Garrison continuó tocando con primeras figuras del jazz.

Sobre la ilustración de esta entrada

Agustín Mosquera no es un tipo al que haga falta explicarle las cosas dos veces. Escuchó “Coltrane”, dijo “¿qué?” y se puso manos a la obra. Me gusta que Coltrane, es decir, Trane, se haya convertido en un tren (en inglés train, que se pronuncia igual que Trane o muy parecido) que se dirige a un cambio de agujas deslumbrándonos con el potente foco de su talento. No faltará quien diga “vale, el chiste fácil Trane-train” o “vale, el chiste fácil Trane-tren”. Este tipo de comentarios son inevitables, pues el lector hiper-crítico está siempre con el machete preparado. Pero no importa, porque Trane era efectivamente un tren (train), un auténtico mercancías, es decir un artefacto de tonelaje descomunal que una vez puesto en marcha era francamente difícil de detener. El mismímimo Miles se las tuvo tiesas en alguna ocasión con el saxofonista de Carolina del Norte por la excesiva duración de sus poderosos e imaginativos solos. Luego, como el lector híper-crítico sabe de sobras, Coltrane se despidió de Miles y sus solos siguieron creciendo, y su música siguió avanzando como un tren de mercancías, deslumbrándonos con el potente foco de su talento y tomando en los cambios de agujas nuevas direcciones que tal vez no convencieron a todo el mundo pero que ampliaron el lenguaje del jazz, es decir, de la música. Gracias, Agustín.

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