Astuto

PoeCuervo pro AgustinMosquera

Regalo de Agustín Mosquera Cacheiro.

La escena es conocida. O tal vez no, pero ¿acaso importa? Un poeta con sus años se queja de los trucos de los poetas. Podría continuar escribiendo, podría como el fondista disciplinado seguir corriendo hasta la recta final y cruzarla en campeón, pero ya no lo cree necesario. Así pues, ha decidido entregar su última obra: se detendrá a la vista de la línea de meta.

La escena es conocida, o tal vez no lo sea y eso carece por completo de importancia, pero el poeta, con sus años, con su úlcera gastroduodenal, con su jubilación del alcohol, con su ciencia de la sangre y su ciencia de la literatura y del semen y de las sombras de los bares y de los paisajes con gasolinera y de los camiones que chocan y llegan al olvido, entona su particular nunca más y, tal vez para su sorpresa (o no, pero esto tampoco importa), recibe la reprimenda de un laureado productor que, sentado en silla de ruedas, ocupa la segunda fila. El laureado productor y artista audiovisual, vivo de milagro después de que pasara lo que pasó, alza la voz sobre el menguado auditorio para decirle vale ya te has puesto mimoso, vale ya has entonado tu particular nunca más, vale. Ahora vamos a darte el cariño que necesitas y luego seguirás y seguirás. No volverás al vientre de tu madre. No serás tú el poema. Continuarás hasta el final. Seguirás adelante porque, artimaña o no, el mundo necesita eso que tú haces.

Dionisio Cañas: “El poeta es un astuto cuya función no es enseñarnos los trucos de su astucia, sino la de entregarnos un texto en el cual están los resultados de aquélla”.

Edgar Allan Poe escribió El Cuervo y se encumbró como el bardo de su tiempo. Aplicó a la composición todas las astucias de su amplio repertorio, y luego dedicó un ensayo a explicarlas pormenorizadamente. El poeta actúa como un trilero que golpea con el nudo resultado de su astucia y repite con la astuta explicación del mecanismo de trucaje, como si el segundo impacto fuese el absorbente del primero.

El cuervo-Poe (o Poe-cuervo) que Agustín Mosquera Cacheiro, sin más motivo ni ocasión que su propia y santa voluntad, nos ha regalado acaso sea efecto colateral de la doble artimaña del poeta norteamericano, ardid que plegándose sobre sí mismo funde autor y obra en una única figura. Identidad perfectamente negociada, esto es, identidad perfecta. ¿Fin del truco (“¡Nuca más!”, grazna el humano pájaro) o renovación del ciclo? Astucia, en cualquier caso, de la plumilla de Agustín.

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