Tango

No fue culpa mía, fue mala suerte. Lo malo es que ahora Adrián no quiere que bajemos a jugar, aunque está un día muy bueno, y lleva toda la tarde tumbado en el suelo sin hacer nada y sin decir nada. Tampoco es que me haya reñido ni que me haya echado la culpa, pero desde lo que pasó casi no me habla y no quiere salir, con lo buen día que está. Al principio papá se enfadó y nos dijo que nos estaba bien por no tener cuidado y que teníamos que aprender que las cosas no las regalan y que el dinero cuesta mucho ganarlo, y que ahora ajo y agua. Y Adrián miraba para mí y a mí me parecía que me quería echar la culpa aunque no decía nada, sólo me miraba, y yo creo que estaba llorando por dentro. Menos mal que vino mamá y tuve que explicarle yo lo que había pasado y me dijo que no había sido culpa mía, que había sido mala suerte. Una suerte malísima.

Fue Adrián el que tuvo la idea de bajar a la plaza, aunque la verdad es que bajamos todos los sábados por la tarde si no llueve. Pero él insistió mucho en la comida y se enfadó porque papá le obligó a esperar a que vinieran los tíos que iban a traer una tarta y a felicitarle por su cumpleaños. Pero a él no le importaba la tarta, y hasta le daba igual que fueran a traerle otro regalo, porque los tíos siempre traen regalos por los cumpleaños, aunque a veces nos regalan libros o juegos de mesa. Los libros aún menos mal, porque alguno sí que está bien y lo leemos, sobre todo yo, pero los juegos de mesa los guardamos en el armario y ahí se quedan sin que les hagamos ni caso, hasta que algún día que llueve y no se puede salir viene mamá y dice venga vamos a jugar. Pero entonces hay que leer las instrucciones que son un rollo. A veces ni siquiera las leemos, y jugamos como a nosotros nos da la gana. Lo malo es que nos sentamos en el suelo, sobre la alfombra, y siempre tengo que andar cambiando de postura porque la pierna se me queda dormida, primero me doy cuenta de que no la siento y luego, cuando consigo moverla, empieza a picar un montón. Lo único que pensamos es a ver si para de llover de una vez para que podamos bajar a la plaza a jugar, a jugar de verdad, no el rollo de los juegos de mesa. A Tito y a Mario les encantan y siempre que vamos a su casa tenemos que echar una partida. Insisten y hasta se enfadan, y como estamos en su casa tenemos que decir vale una partida y luego bajamos, pero a veces ellos ni siquiera quieren bajar, sólo les interesan los juegos de mesa, vaya rollo, y luego su madre trae la merienda y nos pasamos toda la tarde en casa, sin salir, aunque haga sol y esté un tiempo buenísimo.

Adrián quería bajar a la plaza nada más terminar de comer y papá que os esperéis a que vengan los tíos, ¿no quieres soplar las velas? Pero a Adrián las velas le importaban un pimiento, él lo que quería era bajar a estrenar el balón. No hacía más que mirarlo por todas partes y acariciar las piezas de cuero y a mí casi ni me lo dejaba tocar. Y repetía el que yo quería, el reglamentario, qué pasada, y papá le prohibió que jugara con él en casa, no fuera a ser que rompiéramos la ventana de la habitación, como la otra vez que el cristal se cayó a la calle y menos mal que no pasaba nadie, porque Adrián no se aguantaba y ya quería probar a dar unos toques. No paraba de repetir que era el de verdad, el auténtico. A mí poco menos que no me dejaba mirarlo, aunque yo ya había visto uno igual en el colegio, porque Armando, el gordo, tenía uno y era igualito que los que salen por la tele, en los partidos de verdad. Lo trajo un día sólo para fardar, porque luego no quería que jugáramos con él y andaba por el patio con el balón en la mano y no nos dejaba ni tocarlo, hasta que vino uno de quinto y le dio un puñetazo y, aunque Armando lo llevaba bien apretado debajo del brazo, el balón salió volando y todos empezamos a correr detrás de él y ya se organizó el partido, y el tonto de Armando llorando, diciendo que se lo devolvieran que era suyo, pero hasta que no sonó el timbre del final del recreo no pudo volver a cogerlo, porque con lo gordo que está y lo poco que corre no fue capaz de darle ni una patada. El que sí lo cogió fue Canito y empezó a hacer virguerías y a regatear a los de quinto que se lo querían quitar, porque el Canito es una máquina y le da mil vueltas a todos los del cole, no sólo a los de nuestra clase, también a los de quinto y hasta a los de sexto, y ni siquiera hubo tiempo de hacer las porterías, porque todos empezamos a correr y a pedirle a Canito que lo pasara, que no fuera amarrón, y él cuando se cansó de hacer regates y virguerías le pegó un patadón que casi le da a la profesora que estaba vigilando y se largó, y los demás seguimos jugando y yo en cuanto lo pillé también hice dos regates, pero luego uno de quinto me lo quitó y Armando seguía llorando. Sólo pudo cogerlo cuando sonó el timbre y todos paramos de jugar y fuimos corriendo a hacer las filas. Entonces empezó a quejarse de que estaba manchado, porque aquel día había muchos charcos y barro en la explanada, y hasta se chivó a la profesora, pero se fastidió porque la profesora le dijo que el balón era para jugar y que si lo traía al colegio tenía que ser para que jugáramos todos. Y él siguió y dijo que era un balón de cuero auténtico y que era de reglamento, pero dio igual porque la profesora no le hizo caso, y Javi se rió y dijo que la profesora no sabía distinguir un balón de reglamento de una mierda de balón de plástico, pero ella oyó lo de mierda y lo castigó a hacer copias, y Armando nunca más volvió a traer el Tango al colegio.

La verdad es que ya me molaría a mí tener uno, pero como Adrián es el mayor y además su cumpleaños es en abril y el mío no es hasta julio, pues papá se lo regaló a él. Yo le dije a mamá que también quería uno y ella me dijo que el balón es para los dos, pero era mentira, porque se lo regalaron a Adrián por su cumpleaños y lo que te regalan por tu cumpleaños es tuyo y de nadie más. Y luego me dijo que no puede haber en casa veinte balones y que con un balón llega para que juguemos los dos y los amigos de la plaza, y también Tito y Mario. Pero yo ya sabía lo que iba a pasar, que Adrián iba a decir que el balón era suyo y que sólo jugaba quien él dijera y que iba a querer elegir él los equipos y hasta el tamaño de las porterías,  y que en cuanto se enfadara iba a coger el balón y se iba a ir y se acabó el partido. Aunque también pensé que más le valía andarse con cuidado para no acabar como Armando cuando le quitó el balón el de quinto y menos mal que eso era en el colegio y al final del recreo lo recuperó, aunque fuera lleno de barro y con las piezas de cuero ya no tan blancas ni tan relucientes como cuando lo trajo. Aunque a Adrián nunca le pasaría algo así, porque él corre mucho más que Armando y juega bastante bien y además no tiene miedo de los mayores, que una vez se peleó con uno de séptimo y si no los separan los profesores fijo que le da una paliza, porque iba ganando. Estaba encima y lo tenía bien agarrado por el cuello y el otro no hacía más que retorcerse y la cara ya se le estaba poniendo como un tomate. Yo más bien pensaba que lo malo sería si a los del banco de arriba les daba por venir a meterse con nosotros, como hacen a veces, y veían el balón reglamentario, que llamaba la atención de lo chulo que era, y si nos lo quisieran quitar sólo por fastidiar porque esos nunca juegan al fútbol, que se pasan la tarde en los bancos hablando y fumando y mirando revistas y a veces gritan y se pelean y hasta les contestan mal a las señoras que pasan si les dicen algo. Y una vez vino uno de los conductores de los autobuses azules que paran en la plaza, justo al lado de donde está su banco, y que después de que se baje la gente que viene al centro esperan en fila hasta la hora de la salida, y el conductor agarró por el brazo a uno de los del banco y le decía que era un sinvergüenza y que lo iba a denunciar a la policía, pero entonces otro le dio un puñetazo al conductor y los demás conductores que estaban esperando fueron a defenderlo y todos los del banco salieron corriendo, y cuando llegó el coche de la policía ya sólo quedaban los conductores de autobús y los policías estuvieron un rato hablando con ellos, aunque no mucho porque llegó la hora de la salida de los autobuses y los conductores se fueron y uno gritaba y decía que esos gamberros se iban a acordar de él.

Y ya cuando por fin vinieron los tíos, Adrián sopló las velas y nos comimos la tarta. Y abrió su regalo que era un libro, como yo ya me esperaba, y luego tuvo que decir gracias y darles besos a los tíos, aunque a él el libro le importaba un pimiento, él lo que quería era ir a jugar con el balón, que no lo soltó ni para soplar las velas. Entonces le volvimos a pedir a papá si podíamos bajar ya a la plaza y nos dijo que vale pero que no llegáramos tarde. Bajamos corriendo y cuando llegamos no había nadie porque era bastante temprano y tampoco había autobuses en la parada. Entonces Adrián y yo hicimos una portería con los jerséis, como siempre, delante de las escaleras, en el lado de la plaza que está más lejos de la parada y del banco de los gamberros, que tampoco habían llegado todavía. Y Adrián ya empezó en plan mandón y tuve que ponerme yo de portero y él venga a dar toques al balón y a pegar chuts y yo paraba los que podría y entonces me quedaba un rato con el balón y acariciaba las piezas de cuero que eran suaves y muy blancas, y me fijaba en el dibujo negro y en las letras que decían Tango, y luego intentaba dar unos toques aunque nunca llegaba a más de tres, porque la verdad es que pesaba bastante y no era fácil de controlar. Pero Adrián enseguida empezaba a gritarme venga saca que tú estás de portero, y entonces le pasaba el balón y él se quedaba un rato corriendo con él por la plaza, haciendo como que regateaba a los contrarios, aunque era mentira, porque en la plaza no había nadie, aunque de vez en cuando pasaba algún mayor y él lo rodeaba como si fuera un defensa del equipo contrario y yo me aburría en la portería, esperando a que terminara de flipar y chutara de una vez. Entonces intentaba parar el balón y unas veces lo conseguía y otras no, y cuando no conseguía parar Adrián gritaba gol como un loco, como si tuviera mucho mérito marcarme un gol, a mí que no soy portero, que a mí lo que mejor se me da es jugar de once porque tengo buena velocidad y le pego con la izquierda, que me lo dijo el profesor de gimnasia. Además, el portero conviene que sea alto para tapar más portería y yo no soy alto sino más bien normal para mi edad, aunque tirando un poco a bajo.

Pasamos un buen rato así mientras no venía nadie, y Adrián me obligó a seguir de portero todo el tiempo, aunque yo protestaba y le decía ponte tú ahora que me toca chutar a mí, pero nada. Hasta que empezó a llegar gente. Los primeros fueron Nacho, que es bastante bueno pero se lo tiene muy creído, y su hermano Jorge, que es de la misma edad que yo. Y nada más los vio, Adrián cogió el balón con la mano y puso cara como de misterio y en seguida los dos se dieron cuenta y se quedaron flipados porque nunca habían visto un Tango reglamentario y dijeron qué suerte y quisieron tocarlo, pero Adrián no les dejó y se puso a dar toques y llegó hasta diez y luego el balón se le escapó y se fue hasta el sitio donde antes había un jardín pequeñísimo y ahora sólo queda un poco de hierba y un árbol que una vez papá dijo que es una acacia pero es igual lo que sea, porque está seco. El balón cayó en un charco y se llenó de barro y Adrián lo limpió con la camiseta y luego lo echó a rodar y vino hacia nosotros corriendo con él como si estuviera driblando contrarios y al final chutó y metió gol porque yo estaba distraído mirando la cara de bobos que se les había quedado a los dos hermanos. Adrián gritó gol y levantó los brazos y siguió corriendo para recuperar el balón y lo cogió con la mano y se vino con él hasta donde estábamos los tres. Entonces Nacho, que siempre es tan chulito, habló todo humilde y preguntó ¿podemos jugar? Y Adrián miró el balón y luego miró a Nacho y dijo vale, pero elijo yo. Hicimos la otra portería y yo conté los pasos para que fuera igual que la primera y Adrián dijo me pido a Nacho. Yo protesté porque Jorge y yo somos más pequeños y no jugamos tan bien y así nos iban a dar una paliza, pero mi hermano dijo el balón es mío y los otros dos no dijeron ni una palabra y empezamos a jugar. Menos mal que enseguida aparecieron Matías y Antón, y otro más que no sé cómo se llama pero que una vez lo vi jugar y era un amarrón, y dijeron podemos jugar y entonces paramos y todos miramos a Adrián y él hizo como que se lo pensaba un momento y dijo vale, Matías viene con nosotros. Y entonces los que acababan de llegar vieron el balón y se quedaron alucinados y Antón dijo que era una pasada y que ya le gustaría a él tener uno igual.

Así que seguimos jugando y empezaron a llegar los autobuses con mucha gente. Y cada autobús que llegaba aparcaba en la parada y el conductor apagaba el motor y abría las puertas y se bajaba y se ponía a fumar. Y luego llegaron otros autobuses y se fueron poniendo todos en fila. Así, hasta cinco, porque más ya no caben en la parada, que ocupa todo el lateral de la plaza, justo al otro lado de donde nosotros hacemos las porterías. También fueron llegando los gamberros, que como siempre se fueron al banco de la parte de arriba, y más chicos de nuestra edad, que se acercaban a donde estábamos jugando. A algunos ni siquiera los conocíamos. Y todos preguntaban ¿se puede? o ¿podemos jugar?, y les respondíamos que tenían que preguntárselo a Adrián, que era el dueño del balón, y él siempre hacía como que se lo pensaba un momento, como para hacerse el interesante, pero luego siempre decía que sí. Llegamos a ser por lo menos veinte o más, y mi hermano cogió el balón y dijo vamos a hacer de nuevo los equipos, elegimos Nacho y yo. Y nadie se quejó, ni siquiera Matías, que es el que mejor juega y que siempre es uno de los capitanes y elige a sus compañeros de equipo, pero ese día todos estaban alucinados con estar jugando en la plaza con un Tango reglamentario, y sabían que el balón era de mi hermano y que mi hermano mandaba. Hicimos las porterías más grandes y las pusimos más separadas, porque éramos muchos.

Nosotros íbamos ganando y Antón pegó un tiro que entró en la portería y mi hermano dijo alto, y no era verdad porque no había entrado más alto que mi cabeza y el que se quedaba de portero era mucho más alto que yo. Todos los de nuestro equipo protestamos y entonces Adrián cogió el balón y dijo bueno, vale, pues penalti. Y yo protesté, porque era gol y eso era una trampa descarada, pero mi hermano seguía con el Tango reglamentario debajo del brazo y todos le miraban sin decir nada y al final Antón tiró el penalti y dio en el poste. El balón siguió corriendo, porque Antón había chutado muy fuerte y, al dar en las escaleras, se pinzó y llegó botando a la plataforma alta de la plaza, donde estaban los gamberros, fumando y haciendo como que se peleaban. Uno cogió el balón y se lo quedó mirando, y tiró el pitillo y se puso a darle toques pero no fue capaz de dar ni cuatro seguidos. Luego se sentó encima del balón y encendió otro pitillo y se puso a mirar para nosotros. Nos quedamos parados y yo miré a mi hermano y mi hermano subió las escaleras que estaban detrás de la portería y siguió atravesando la plaza en diagonal, hacia el lado donde paran los autobuses, y luego subió las otras escaleras, las que llevan a la plataforma más alta, donde estaban los gamberros, y todos lo mirábamos sin movernos porque nunca ninguno de nosotros había subido aquellas escaleras. El que estaba sentado encima del balón se levantó y lo cogió con la mano y se lo alargó a mi hermano, pero cuando lo fue a coger se lo escondió detrás de la espalda y se echó a reír y le dio una calada al cigarrillo. Mi hermano no dijo nada y se le quedó mirando fijo, y el otro le lanzó el balón a los gamberros que estaban sentados en el banco, pero mi hermano no se movió y siguió mirando fijamente al del pitillo, que debía de tener por lo menos dieciséis años y era muy alto. Durante un rato los otros estuvieron haciendo chorradas con el balón pero luego se cansaron y lo tiraron detrás del banco, donde antes había un jardín pero ahora sólo hay tierra y está todo lleno de colillas. Entonces mi hermano quiso ir a buscar el balón pero el del pitillo se le puso delante todo chulito y mi hermano no dijo nada pero le dio un golpe en el pecho aunque el otro casi ni se movió y le puso la mano en la cara a mi hermano y lo empujó y menos mal que pudo mantener el equilibrio porque si se llega a caer seguro que habría rodado por las escaleras abajo. Entonces uno de los del banco cogió el balón y le dio un patadón hacia donde estábamos nosotros y mi hermano bajó las escaleras de un salto y los gamberros se quedaron riendo.

Fui yo quien cogió el balón antes de que se fuera adonde pasan los coches, porque el gamberro había chutado muy fuerte, pero no pude evitar que le diera en las piernas a una señora, aunque ya sin mucha fuerza, y menos mal que no se enfadó y sólo me dijo que teníamos que tener cuidado. Entonces le di el balón a mi hermano y todos lo miraban y él dijo vamos a hacer de nuevo los equipos, elegimos Tomás y yo. Y yo me sentí muy orgulloso porque a mí nunca me habían dejado elegir, ni a mí ni a ninguno de los pequeños. Luego echamos a suertes quién elegía portería y me tocó a mi y me pedí la que está en el lado donde no hay escaleras, que es la parte que queda más lejos de la parada de autobuses, que ya había algunos con los motores encendidos porque debía de ser casi la hora de salir. El equipo de mi hermano sacó de centro y enseguida nos metieron un gol. Entonces yo, como era el capitán de mi equipo, dije que había que reforzar la defensa y que yo iba a bajar de la delantera para ocupar el lateral izquierdo, porque un día el profesor de gimnasia me dijo que además de ser un buen extremo, también tenía cualidades para ser lateral, porque corro mucho y casi nunca me canso, pero siempre por la izquierda porque le pego al balón con la zurda. Así seguimos jugando, y yo tenía que despejar muchos balones porque el equipo de mi hermano atacaba todo el tiempo. Y entonces Adrián regateó a dos y se fue solo hacia la portería y ya nada más que quedábamos yo y el portero, y mi hermano chutó muy fuerte, el chut más fuerte que le he visto jamás, y yo me lancé y con mi pierna izquierda conseguí despejar. El balón se elevó muchísimo en diagonal al campo de juego y botó muy alto dos veces y el tercer bote ya lo dio en la calzada por donde pasan los coches, aunque en ese momento no pasaba ninguno, pero siguió, con botes cada vez más pequeños y al final, ya sin botar, continuó corriendo por el asfalto y se paró justo delante de la rueda trasera del primer autobús, la del lado izquierdo. Ahí fue cuando me di cuenta de que las ruedas traseras de los autobuses son dobles, porque nunca antes me había fijado. Cada rueda en realidad son dos, y justó entre ellas fue donde quedó encajado el balón, que parecía muy blanco y muy pequeño al lado de aquellas ruedas negras y enormes. Y yo creo que todos nos quedamos como atontados mirando el balón debajo del autobús, porque nadie se movió, ni siquiera mi hermano. La mala suerte fue que justo en ese momento dio la hora de la salida, y primero oímos el sonido del motor al acelerar y luego un ruido muy fuerte, que yo creo que fue como el ruido que hacen las bombas al estallar.

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