En este pueblo (XXIII)

En este pueblo, no todos los viejos se dejan vencer. Antonio, que fue yerno de Elías y que ya ha alcanzado los ochenta, está, en palabras de su mujer María, “que rompe las zapatillas por arriba”. Lo cierto es que en él no parece haber nada viejo. El hombre sigue teniendo tal afán por el trabajo que ha comprado la finca colindante para ampliar la huerta. Él mismo ha hecho el cierre y presume de haber construido la cancela “sin autógena”, todo a base de tesón y tornillería.

Tal vez sean las faenas de la casa y del campo lo que conserva a Antonio tan derecho y tan ágil, con la mirada viva y la cabellera poblada, aunque es razonable pensar que la genética también tendrá algo que ver. Cuenta María que de niño era tan guapo que las mujeres se peleaban por peinarlo. La sonrisa que el interesado no se esfuerza en evitar deja ver la perfecta alineación de sus dientes postizos.

Antonio no tuvo hijos varones. Le bastó la ayuda de su mujer y sus dos hijas para hacer de sus tierras, tanto las propias como las arrendadas, las más productivas del pueblo. Las rapazas apañaban pacas como el mejor mozo, se entendían de maravilla con una docena de vacas lecheras y conducían el tractor desde mucho antes de tener edad para sacarse el carné. La más joven recuerda cómo elevaba a su padre en la pala del John Deere para que, valiéndose de un extensor de las tijeras de su propia invención, podara las ramas de los chopos a siete metros del suelo, récord nunca igualado por estos pagos. No hace tanto de eso.

Un Sábado de Gloria, de vuelta de limpiar la iglesia, con su crío de la mano –todo un hombre ya–, la hija menor de Antonio cuenta la historia del Rubio a los visitantes que la quieren escuchar.

El Rubio era grande como una montaña, bueno como un pan e inteligente como él solo. La melena blanca le daba un aire de aristócrata a aquel saco de músculos que caminaba por las parcelas con la precisión de una gimnasta rumana. En toda una vida de trabajo, jamás pisó una planta, y bastaba una leve tensión de la rienda que manejaba Antonio para que girase en el momento exacto, haciendo pasar el trasto de alicar al siguiente surco, que se iba quedando así sin una mala hierba. Los días de verano que no tenía labor, cuando sonaba la campana de la becera lo mandaban al soto con las vacas, pero al Rubio no le gustaba aquella compañía así que, una vez que se hartaba de hierba fresca, él solito se volvía a casa como un cristiano. Levantaba la aldabilla con el belfo, empujaba la puerta y se quedaba tan tranquilo en la fresca penumbra de la cuadra. Pero el angelito tenía su carácter, y para evitar accidentes decidieron llevarlo a castrar. Fue así como los veterinarios descubrieron que aquel animal de lo menos una tonelada se las apañaba con un solo riñón. Hasta el día que, ya viejo, se tendió en una finca y allí se quedó. Las rapazas le llevaron una manta de lana para protegerlo del relente nocturno, pero ni el mismo Antonio fue capaz de convencerlo para que volviera a casa. No hubo más remedio que “sacarlo”, palabra que María todavía pronuncia en voz baja para evitar llamar por su nombre a una pena que el tiempo no ha desteñido. Tuvieron luego una yegua y otro penco, pero ninguno alcanzó ni de lejos el dominio del oficio de caballo de tiro que hizo legendario al Rubio.

—¿Y cómo dices que le llamabais a eso de limpiar las malas hierbas?

—Alicar.

—Entonces, ¿el Rubio tiraba de la alicadora?

—Ay, majo, ¿yo qué sé?  Alicadora será.

Puerta gris-espiga

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