Contra la lectura rápida (mesa de novedades)

Pocas cosas hay más tranquilizadoras que comprobar el fracaso ajeno. Entré en la librería y cogí el libro de M.C. de la mesa de novedades editoriales. La dependienta, amablemente, me permitió meter la tabla de levitación magnética dentro del establecimiento, para que de ese modo no tuviera que preocuparme por los ladrones de tablas de levitación magnética, esa secta despreciable y siempre al acecho. Lo cierto es que podía haberla amarrado —me refiero naturalmente a la tabla, no a la dependienta— a alguno de los soportes metálicos que abrazan los desintegradores de basura y que tan bien hacen la función de aparcamientos de tablas de levitación magnética allí donde no los hay, pero tenía poco tiempo y la sola perspectiva de tener que entendérmelas con el complejo código de amarre me habría disuadido de entrar en la librería. “Métela dentro”, me dijo la chica al verme en la duda, con un ojo en los libros y otro en mi fiel vehículo de superficie. Un encanto. Me habría gustado corresponder a su amabilidad comprando algún libro, uno cualquiera. No el de M.C., desde luego. Conozo bien a M.C. porque vive en este mismo sector de la colonia y hemos coincidido en simulacros de evacuación, entrenamientos obligatorios y otros saraos. Si no amigos —pues es difícil hablar de amigos fuera del ámbito de Facebook, donde las condiciones de la amistad están muy claritas— tenemos conocidos comunes. Algunas veces hemos llegado a dirigirnos brevemente la palabra, aunque dudo que lo recuerde, al contrario que yo, que guardo en la memoria con minuciosidad de coleccionista cada uno de los momentos en que nos hemos visto. No el de M.C., digo, porque si entré en la librería fue por su libro, pero no precisamente para comprarlo. Entré, después de la gentil invitación de la dependienta, para cogerlo de la mesa de novedades, abrirlo por la primera página y leer los primeros párrafos. Para a continuación cerrarlo, sopesarlo y volver a abrirlo, en esta ocasión por la página que determinase el azar, y leer de nuevo hasta el siguiente punto y aparte. Para, hecho esto, sobarlo un poco, fijarme en la portada y en la contraportada, en el nombre de la editorial, en el nombre de la colección y en la fecha de la edición, y para terminar leyendo con mucha atención las líneas de presentación de la solapa y detenerme en la foto que, pensé, era más que generosa con M.C. —mérito del operador de Photoshop, sin duda—. Para por fin dejarlo exactamente donde lo había encontrado, satisfecho, tranquilizado respecto a la posibilidad de que M.C. hubiera alcanzado alguna cima de entre los millares de cimas posibles de la expresión literaria. Tan sosegado me quedé después de la sumaria confirmación de que aquel volumen dignamente impreso y encuadernado que tenía entre las manos carecía por completo de cualquiera de los valores que hacen que merezca la pena el esfuerzo de la lectura, que se me olvidaron las prisas con que había entrado en la librería, cosa que a la postre haría que llegara tarde al taller de mindfullness en el módulo social y que, consecuente y automáticamente, fuera dado de baja en la actividad, puesto que —como me explicó el oficial al mando— la lista de espera es larga y no puede ser que la gente que no tiene verdadero interés hurte la plaza a aquellas otras personas que sí lo tienen, máxime cuando el taller está subvencionado con fondos coloniales que proceden de los impuestos que paga la clase trabajadora porque, como todo el mundo sabe ya a estas alturas —y esto no lo dijo el oficial al mando, pero lo pongo yo de mi cosecha— la clase trabajadora es la única clase que paga impuestos en esta galaxia. Total, que me despedí de la adorable dependienta con un gracias y un movimiento automático de la mano derecha con el que supongo que quise subrayar mi enorme agradecimiento por el servicio de aparcamiento gratuito. Aparcamiento de la tabla de levitación magnética, por supuesto, y aparcamiento también, no menos importante, de mis preocupaciones sobre el éxito que pudiera haber alcanzado M.C. con la publicación de aquel libro que, invisiblemente marcado con mis huellas dactilares, volvía a reposar en la mesa de novedades. Sentí de veras no poder corresponder en una medida justa a la encantadora actitud de la dependienta, ofreciéndole únicamente una palabra de lo más convencional y un confuso movimiento de la mano de cuyo significado ni yo mismo estoy seguro. Lo cierto es que no le guardo rencor por haber sido parte en la cadena causal que me llevó a perder la plaza en el taller de mindfullness del módulo social, en el que a pesar del sermón del oficial al mando sí que tenía un interés real y genuino. Pienso pasarme de nuevo por la librería Marte 2070 cualquier día de estos. Espero que la amable dependienta no haya sido sustituida por un modelo más actualizado y espero sentirme con ánimos para comprarle un libro. Uno cualquiera. El que en ese momento me pida el software. No el de M.C., naturalmente.

Mesa de novedades

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