En este pueblo (XXII)

En este pueblo ya casi no quedan solanas. La carpintería, ya se sabe, exige su mantenimiento y tienta pensar que es más barato cortar por lo sano. Tiempo atrás, muchas casas lucían amplios balcones que recorrían las fachadas de lado a lado, con sus pilares y barandas pintadas de rojo, de verde, de azul… A juego con puertas y ventanas. Uno de los más hermosos era el de la casa de Elías, justo enfrente de la iglesia. A él se asomaba Irene algunos días que su marido salía a lomos del macho, camino de la vega, y le lanzaba un paquete de rosquillas. “¡Buena pedrada!” era siempre la respuesta bienhumorada del beneficiario, de la que pueden deducirse dos cosas: que el matrimonio conservaba la complicidad, y que la masa que la mujer freía en la sartén y espolvoreaba de azúcar daba quehacer a la mandíbula.

Cuando aquel labrador alto y de sonrisa fácil que en verano enseñaba a los rapaces de la ciudad cómo se gobierna un rebaño de ovejas se fue al otro mundo e Irene se quedó sola, las hijas decidieron que era el momento de darle un repaso a la casa. Entre otras reformas, la obra incluyó el revocado de la fachada, y el mejor destino que le supieron dar a la solana fue la leñera. Menos mal que se salvó el portalón del corral, que de azul pasó a marrón. Y ahí sigue. Excelentemente conservado, la verdad sea dicha.

El nuevo edificio que se ha construido para albergar el centro de día y residencia de personas mayores tal vez habría sido una buena oportunidad para reeditar algunos elementos de la arquitectura popular. No por añoranza ni por manía historicista, sino por darnos la oportunidad de pensar que puede haber un porqué en las cosas que se han hecho de un determinado modo durante largo tiempo. El caso es que pocos le han sacado faltas a los techos planos o a las ventanas de aluminio, y así la flamante construcción ha merecido la bendición general de los vecinos. Celestino se mesa el bigote en un gesto de complacencia mientras la observa desde el fondo oscuro de sus patas de gallo: “Falta hacía”, sentencia, y continúa el paseo a la par de una perrilla mora que tal vez, en otra época, habría conducido el ganado.

A nadie ha indignado que desde la terminación de la obra hasta su puesta en servicio haya tenido que pasar más de un año, tiempo suficiente para que aparecieran desconchones de las paredes, un mérito que habría que repartir entre los materiales de mediana calidad, el desuso y la burocracia. Se ve que en este pueblo, igual que en tantos otros lugares dejados de la mano de Dios, ni siquiera la jauja de los fondos europeos consigue que las cosas salgan a derechas.

Pero con desconchones o sin ellos, con tejado plano o a dos aguas, con solana o sin solana, al centro de mayores no le falta demanda. Rafael, que tiene 89 años, fue de los primeros en empaquetar y trasladarse a la residencia. “¿Y qué voy a hacer, si la mujer ya no sirve para nada?”, trata de justificarse sin que nadie se lo pida. En la voz del viejo hay siempre una melodía más de queja que de tristeza. Da un poco de apuro hablar con él porque parece que en cualquier momento va a asomar a sus ojos una lágrima de indignación. Indiganación porque de su quinta ya sólo quedan tres. Indignación porque cada vez que sube a ver el abandono de las fincas se acuerda de las hijas que nacieron en Francia y allí se quedaron. Indignación porque Ángel, uno de los compañeros de diabluras en la escuela, hace ya lo menos tres años que no viene por el pueblo, así que lo más que puede hacer Rafael es enviarle recuerdos a través del hijo y suplicarle a éste, agarrándolo del brazo, que por favor no se olvide de dárselos.

Puerta en cuesta copia

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