Pan moreno

Una mujer emerge de la oscuridad de la trastienda bramando qué injusta es la vida. Esa mujer es mi panadera. Ni la clienta que ocupa el primer lugar en la cola ni yo nos atrevemos a decir nada. Repite qué injusta es la vida y personaliza la cuestión añadiendo conmigo. La clienta que tengo delante no sabe dónde meterse y yo tampoco. Y eso que las expansiones de mi panadera están lejos de pillarme por sorpresa.

Mi panadera es grande y su piel es clara. Tiene una larga melena teñida de amarillo canario que sujeta en lo más alto con una pinza. Un formidable tupé mantiene su frente despejada.

La semana pasada, o tal vez hace dos, en circunstancias similares la oí decir la vida es muy triste. En aquella ocasión lo dijo con un hilo de voz, un tono ahogado que se parecía al tono genérico de la resignación. Nada que ver con los bramidos de hoy, que hacen pensar en una bomba a punto de estallar o, en el mejor de los casos, en una llamada al motín. Además, aquello de la vida es muy triste lo dijo en el curso de un diálogo bastante civilizado con otra clienta que sí sabía darle réplica y que fue llevando la conversación hacia el terreno de las mujeres de setenta años que quieren seguir poniéndose minifalda, contrapunto de esas otras mujeres convertidas en abuelas prematuras por efecto de la carga de obligaciones que echaron sobre sus hombros desde la misma infancia. Las primeras corresponden al tiempo presente, las segundas a algún tiempo pasado que es difícil saber si fue mejor. Todo esto, según la conversación de mi panadera y una clienta que por lo visto le tiene cogida la aguja de marear.

Mi panadera tiene los ojos claros y las mejillas encendidas. Es una mujer guapa. Es una mujer gruesa. Grandes masas de carne ociosa cuelgan de sus brazos.

Hoy brama qué injusta es la vida (conmigo) y esta otra clienta tras la que me parapeto no tiene chispa para ofrecerle una respuesta, ya sea una respuesta apaciguadora que la devuelva al terreno de la resignación, ya sea una réplica acalorada que respalde sus intenciones pirotécnicas o sediciosas. Lo más que se le ocurre es pedirle un trozo de empanada de bonito. Mi panadera se lo corta con un cuchillo de sierra mientras masculla algún corolario ininteligible de la sentencia del día y las carnes de sus gruesos brazos se balancean al ritmo de la operación de aserrado. El resultado es un cuadrante de trescientos y pico gramos con un aspecto estupendo. La clienta paga y se va, aparentemente satisfecha, seguramente aliviada.

Mi panadera viste mandilón cruzado con estampado de cuadros Vichy en tonos principalmente azules. Lleva un poco de colorete y las pestañas bien cargadas de rímel.

Además de pan y empanada, vende Kasfruit, vino Don Simón, verdura y fruta de temporada (muy buena), fiambres variados, rosquillas, unto. Yo siempre le compro un bollo de pan moreno, mezcla de centeno y trigo del país. Si acaso, un par de tomates o de plátanos, en las contadas ocasiones en que me quedo desabastecido y el supermercado ya ha echado el cierre. Cuando tiene un buen día –que, justo es decirlo, es la mayor parte de las veces–  me trata con voz cariñosa y utiliza diminutivos. Yo cada día le pido lo mismo, pan moreno. Y ella siempre me cobra lo mismo, un euro con sesenta céntimos. Sé que el día que no disponga de esa cantidad, me lo podré llevar de fiado.

Mi panadera lidia a diario con los clientes, el marido, una hija malhablada y las carnes extra de los brazos y de las piernas, del vientre y de las nalgas. Parece una mujer cansada.

Admiro las carnes colgantes de mi panadera y admiro su disposición para afrontar la vida desde el sufrimiento. Cuando la oigo resoplar mientras se revuelve en el minúsculo cubículo que es su establecimiento en busca del bollo de pan que tanto me gusta, me siento a tres centímetros escasos de la realidad. Como quien se acomoda sobre la almohada en una cama recién hecha, quisiera sentir en la cara el frescor de sus tejidos adiposos. Quisiera adormecerme enterrado entre sus grandes pechos, arrullado por el compás de compasillo de su corazón resignado, o soliviantado por las síncopas de su corazón rebelde, según el humor que traiga la jornada.

Mi panadera trabaja todo el día. Todos los días.

Amo a mi panadera. Amo sus brazos enormes, amo su cabello amarillo, la piel rosácea de sus mejillas, el tupé que sujeta con una pinza de plástico magistralmente pendida en la coronilla. Amo el exceso de rímel que enmarcas sus grandes ojos acuosos. Sueño con encamarme en la blanda carne de sus brazos para allí tratar de comprender los desafueros de la vida. Pero no me hago ilusiones. Sé que para eso necesitaría mucho más que un euro con sesenta céntimos. Necesitaría ese euro con sesenta y además una gran cantidad de compasión, un poco de buena voluntad y algo de paciencia. Lo siento, no dispongo de tal capital. Y es una pena, porque mi panadera se lo merece.

¿Qué le vamos a hacer? La vida es injusta.

Malva roja baja

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  1. Boxhill

    Bonita historia y acertada descripción sobre la especie “mujer gallega panadera común”.

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