En este pueblo (XX)

En este pueblo, a la mínima se menta al diablo. A la intervención del maligno se atribuye tradicionalmente el comportamiento díscolo de los rapaces, la tozudez de algunas caballerías o sucesos tan desafortunados como, por ejemplo, la muerte de la acacia que empezaba a dar sombra a la puerta de Ángela. El arbolito pasó a mejor vida al ser tronzado por el remolque que Paco tenía por costumbre dejar aparcado en la parte alta de la calle de la iglesia. Aquel día, el tractorista se olvidó de calzarlo, descuido que no evitó que, en la conciencia del pueblo, Satanás se llevase la mitad de las culpas.

Lo cierto es que, por mucho que a la menor ocasión las lenguas pongan en danza al inmombrable, aquí hay más ángeles que demonios. Antonio, que con lo mejor de la vida por delante se asfixió en el pozo de la huerta, es un ángel que sigue vivo en la memoria de todos los que le conocieron y en la imaginación de muchos que no llegaron a tratarle. Según los que le recuerdan, Antonio era guapo, era inteligente, era piadoso y –fenómeno extaordinario por estos pagos– nunca se le oyó alzar la voz. Tenía una novia que no era de este pueblo y de la que ya nadie sabe dar razón. Haciendo uso de sus prerrogativas angélicas, Antonio se manifiesta a los mortales cuando tiene a bien y por medio de las más variadas industrias. Algo de eso debió de pensar Arturo en su desván, cuando al apartar un polvo de décadas descubrió la mirada beatífica de un rapaz moreno y bien peinado, vestido con la beca de los seminaristas, atrapado en un marco de carey. La sonrisa de aquel ángel transmitía tal serenidad que, a su luz, era imposible concebir que un remolque caiga calle abajo y se lleve por delante lo que Dios le dé a entender por mucho que su dueño sea una calamidad o que, en general, el mundo pueda albergar algún género de maldad. Quiso el azar que el día del descubrimiento un sobrino de Antonio estuviese de paso en el pueblo, y Arturo no perdió un minuto en entregarle el retrato.

—Llévaselo a tu padre, le gustará.

Cuando Antonio se quedó en el pozo, la pena estuvo a punto de llevarse a su madre. Y lo habría hecho de no haber sido por María Rosa, su inquilina, que le pagaba la renta cuando el marido le mandaba con qué. En aquella casa de Ángela, que ya entonces era “la casa vieja” y que hoy a duras penas se tiene en pie, Maria Rosa crió a sus hijos con muy poco y cuidó también de su casera en los momentos más difíciles. Pequeña y enjuta, con el hablar pausado y la mirada digna era, según algunos, la zurzidora más competente del pueblo. Ni el labrador más rico podía presentar a sus rapaces mejor vestidos y aseados que los cuatro de María Rosa. Luego, el marido regresó de la Argentina y la familia empaquetó camino de Vizcaya, donde decían que estaban el trabajo y la prosperidad. Pasados los años, también ella llegaría a conocer el dolor incomparable de perder a una criatura salida de su propio seno. Y sin embargo, hasta el día de su muerte, Ángela no pasó un primero de marzo sin recibir la llamada de su amiga para felicitarla por su onomástica.

María Rosa se quedó en el País Vasco, y al pueblo sólo regresaba a pasar temporadas de vacaciones, pero a sus hijos les hizo prometer que, cuando llegara la hora, no la dejarían descansar en tierra extraña. Y así ha sido. Con ciento un años, María Rosa ha vuelto. Ahora ella también es un ángel.

Puerta crema

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