En este pueblo (XIX)

En este pueblo nadie puede decir que haya sido inmune a la fiebre del ladrillo. Si hubiera que hacer inventario de las obras públicas y privadas llevadas a cabo desde la época de la Transición, la lista sería interminable. Desde entonces, se han asfaltado las calles, se ha mejorado la traída de agua, se han construido un ayuntamiento y unas escuelas nuevas, un tanatorio y un museo del chocolate, y para contentar a los veraneantes, en el camino del soto se levantó un pequeño anillo olímpico, compuesto por frontón, pista de fútbol-sala y piscina.

Para el sector de la construcción, la temporada alta siempre ha sido el verano. No quedan tan lejanos los tiempos en que los numerosos hijos del pueblo que se dispersaron por media Europa en busca de fortuna volvían por vacaciones y su descanso era ocuparse de las tareas necesarias para mejorar la casa o, al menos, impedir que se viniera abajo. Si la obra era de envergadura, Emiliano se acercaba con su enorme corpachón y su sonrisa de niño eterno para tomar nota y diseñar en su cerebro un proyecto que pocas veces hacía falta plasmar en papel. A los pocos días se presentaba la cuadrilla con unos sacos de cemento y la hormigonera, y comenzaba la obra. Los niños aplicados aprendían a manejar la carretilla y a hacer la masa y, al caer la tarde, mientras los obreros se bebían las cervezas frías que les servía la señora de la casa, comprobaban los evidentes progresos de sus jóvenes bíceps.

Emiliano elegía con cuidado a sus peones y respondía por ellos, pero ni el más concienzudo de los contratistas está a salvo de un disgusto. En la casa de Ángel todavía se recuerda el desfalco que la cuadrilla encargada de arreglar el tejado perpetró en el bien surtido mueble bar aprovechando la ausencia del dueño. De la sed alcohólica de los obreros sólo se libró una botella de aguardiente en la que se habían puesto a macerar nueces verdes de “la nogal del patio”. Hay quien asegura que, más que lamentar la pérdida de los brandis, güisquis, cinzanos y anises del Mono, Ángel se sintió herido por el desprecio de los obreros a su licor casero. El caso es que arrojó su ira sobre Emiliano y prometió no volver a confiar en él. Pero al verano siguiente ya lo estaba llamando para instalar la calefacción de gasoil, y siguió encargándole cada chapuza, grande o pequeña, que la casa fue pidiendo a lo largo de los años. Hasta que, con los hijos situados, Emiliano decidió que ya estaba bien de obras y se jubiló. Como de fuerzas andaba sobrado, se dedicó al montañismo y ahí sigue, recorriendo las cordilleras del noroeste de España, que conoce ya como la palma de su mano.

Pero, en materia de obras públicas, en este pueblo no todos los proyectos han merecido el consenso de los vecinos. Hay quien no está de acuerdo con que la restauración de la iglesia haya marginado el campanario, que sigue amenazando ruina, y casi nadie entiende que la residencia de ancianos empezara a desconcharse el día siguiente a su inauguración y que permaneciera cerrada durante casi dos años antes de ponerse en funcionamiento. Tampoco hubo unanimidad cuando el pilón de la calle de la iglesia se sustituyó por una fuente ornamental rodeada por un pequeño jardín. Las cabras fueron quienes más apreciaron la novedad, porque encontraron en los brotes tiernos de las plantas del jardincillo un postre ideal con el que rematar una larga jornada triscando por esos montes de Dios. Tras el ganado, los siguientes en disfrutar de la fuente fueron los nietos de Ángela y de Pepa, siempre en busca de nuevos horizontes para sus juegos. Una tarde los tres rapaces volvieron a casa más serios de lo habitual, escapando de la noticia que rápidamente se extendió por el pueblo: uno de los querubines de cemento había aparecido mutilado. Por fortuna para los aprendices de vándalos, no se abrió investigación oficial ni hubo apelación a la sentencia de las abuelas: “¡Andái para casa, que sois de la piel del diablo!”. La solución a tanto destrozo fue rodear la fuente con una valla metálica, tras la que el jardín no tardó en convertirse en selva.

Puerta gatera

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  1. ¡El ladrillo ha dado mucho de sí en este país!
    Un abrazo grande, grande!

  2. Pingback: En este pueblo (y XXXI) | Artefloralpararrumiantes

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