En este pueblo (XVIII)

En este pueblo todavía se vende el chocolate por libras. El aroma del cacao impregna el aire los días que los hijos de David prenden las cepas de urz y ponen a girar la tostadora. Con el oficio sabido y los trastos a cuestas, el fundador de la dinastía llegó en la primera década del siglo veinte. Buscaba un lugar donde el agua no faltase y por consejo de Emilio se estableció aquí, al pie de uno de los regueros que bajan generosos de la vega. El negocio prosperó y dio al pueblo cierta fama más allá de los límites de la comarca. Los hijos de David han logrado el milagro de mantener la rentabilidad de la empresa sin renunciar a la forma tradicional de hacer las cosas. La fábrica sigue en el sitio de siempre y la leña con la que se tuesta el cacao se sigue trayendo del mismo monte. En el bar de la familia, complemento ideal de la actividad chocolatera, una vitrina situada detrás de la barra exhibe el amplio surtido de presentaciones del producto. Y allí mismo, la tercera generación va tomando responsabilidades. Mari suspende la sonrisa cuando su hija, entre cañas de cerveza y platitos de gambas con gabardina para los clientes que llenan el local después de la misa de domingo, habla de volver a Brasil. La chica hizo allí un curso de postgrado tras licenciarse en Tecnología de los Alimentos, y ni la enfermedad tropical que trajo de vuelta le ha malogrado el recuerdo. Viajar está bien mientras se es joven, debe de pensar la madre, pero ¿dónde va a estar mejor que en el pueblo? Al menos, mientras el negocio funcione.

Por la época en que Mari era una moza casadera y aún no había emparentado con los del cacao, el bar del chocolate era la primera parada donde los chavales podían conseguir un helado a la vuelta del río. Entraban corriendo, con las fanequeras chasqueando sobre el suelo de terrazo y las monedas de veinticinco pesetas ardiendo en la mano, en pos del panel de Miko y su fascinante universo de polos multicolores. Mientras Yolanda, Fernando o Juan  —según el turno— buceaban en la nevera, hacían acopio de valor para encajar el golpe de la decepción: “De ese no queda, elige otro”. Pero aquellos rapaces sabían adaptarse a las circunstancias y siempre se marchaban encantados, lamiendo su primera, segunda o tercera elección. De nuevo en la calle, saludaban a David, el cuarto hijo del fundador, que se pasaba la tarde a la sombra, sentado sobre un banquito de piedra. Tan enorme era el corpachón del chocolatero, que a los devoradores de helados no les extrañaba ni una pizca que la losa de granito se hubiera combado bajo su peso. Así cada tarde de cada verano, hasta que un año el extraño asiento apareció vacío.

Cuando a este pueblo empezó a llegar el maná de los fondos europeos, a alguien se le ocurrió que era de ley poner en pie un museo del chocolate. La feliz idea encontró acomodo en un edifico de nueva planta que se construyó al lado del tanatorio que tanto dio que hablar. Allí se destinaron los viejos útiles y máquinas con las que el primer David elaboraba el chocolate a brazo. Hoy el museo funciona a demanda, es decir, abre si los interesados andan listos para avisan al ayuntamiento con suficiente antelación. Cuando es así, el encargado invita a comenzar el recorrido de la exposición por el aula de vídeo, donde Juan y Fernando, notablemente rejuvenecidos por el milagro del magnetoscopio, explican el arte que su padre les enseñó y los mínimos avances tecnológicos que ellos han ido introduciendo. En la sala grande, entre paneles informativos, sacos de materia prima, artesas, empequetadoras y una vieja tostadora de manivela, descansa el metate, aquella extraña piedra de granito de forma alabeada que el segundo David usaba como asiento y sobre la que el primer David, el fundador del negocio, había sudando durante décadas moliendo las habas de cacao que llegaban desde algún lugar de África o, ¿por qué no?, desde Brasil, el país por el que, un siglo más tarde, su nieta suspira en el ajetreo del domingo después de misa, sirviendo a los clientes cañas de cerveza y platitos de gambas con gabardina, al lado de la vitrina que exhibe la amplia variedad de presentaciones del producto, cien por cien artesanal.

Puerta azul plata

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  1. Lo parióooo…
    (No tiene traducción. Es algo así como genial, fantástico, impresionante, bello, me encantó. Pero más 😀 )

  2. NACHO BAAMONDE

    Bonito, entrañable y Féliz rememoranza de la fábrica de chocolate del pueblo, sus personajes fundadores y los omnipresentes niños con las fanequeiras, demandando helados, arrobados, frente al surtido de miko, genial, de nuevo Anxo.

    • Muchas gracias, Nacho.
      ¿Te das cuenta de que ya no existen los helados Miko? Bueno, no tiene demasiada importancia porque hay otras marcas industriales que ofrecen más o menos lo mismo. Lo importante es que negocios tradicionales y básicamente artesanales, como el chocolate del pueblo, sigan existiendo. Porque esos sí que son insustituibles.
      Un gran abrazo.

  3. Pingback: En este pueblo (XXV) | Artefloralpararrumiantes

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