Ana y el aire

Otilia declama sin tomar aire y el aire comienza a faltarnos mientras exhala palabras en una lengua que estoy a años luz de comprender. Cuando recita, Otilia es Ana y lo que dice se queda en el limbo hasta que la intérprete y anfitriona le da réplica, brillante y esclarecedora réplica. La pálida voz de Ana me recuerda aquellos sermones que, desde el balcón de San Pedro, Wojtyla arrojaba sobre los fieles embobados que acabarían por reclamarlo santo por vía de urgencia. Y, sin embargo, Ana no es ninguna santa. En cuanto me libro del recuerdo del papa pop, vuelvo a perderme pensando si el rumano de Ana será rumano estándar o más bien rumano con deje transilvano, pero basta un segundo para inclinar la balanza hacia la primera opción, pues su recitar es un murmullo apaciguado, nada silvano, que contrasta con la vigorosa expresión que la intérprete da a sus palabras, y con los acerados comentarios de la persona que tengo a mi izquierda. Sea como fuere, me hundo en el asiento esperando el momento en que, con la última palabra del último verso del último poema, Ana habrá expulsado el postrer gramo de aire de sus pulmones y, entre todos, entre los pocos que nos hemos juntado para escucharla, tengamos que acudir en su auxilio. ¿Se encuentra bien, señora Blandiana? O tal vez sea ella la que en ese instante límite haya de auxiliarnos a nosotros, su pequeña audiencia asfixiada en el enorme auditorio lleno de aire desde el suelo hasta el techo. ¿Se encuentran ustedes bien, señoras y señores espectadores? Ana sonríe con beata expresión, es obvio que se encuentra perfectamente. Todo el aire de la sala es para ella o más bien, para su predicación abatida y críptica que enseguida ilumina la bien articulada expresión de la intérprete. ¿Es este el gran aire de las palabras del que hablaba la señora Varela? El gran aire de Otilia/Ana y el gran aire de Blanca, las enormes señoras de las voces amortiguadas y las palabras salvajes. Señora Blandiana, ahora que respiro con recobrada regularidad, lamento haber perdido la ocasión de preguntarle por qué tantos personajes piensan que son hombres (mecanismos creados por otros mecanismos), por qué los patinadores necesitan ser salvados, por qué los clones del Espíritu Santo defecan sin parar.

***

El 14 de diciembre de 2015 Ana Blandiana leyó algunos de sus poemas en el centro Ágora de A Coruña, en un recital perteneciente al ciclo Poetas di(n)versos, que dirige Yolanda Castaño

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  1. ¡Me he quedado sin aíre! Disfruto una barbaridad -no podría ser de otra manera- con lo que escribes y sobre todo cómo lo escribes, con esa ironía y sentido del humor que poca gente emplea y que es la impronta de los clásicos.¿Será porque en general se desconocen sus obras o bien porque hay mucho escritor seudo sesudo pagados de una “seriedad” impostada que solo el tiempo concede… a los clásicos? Sea lo que sea, gracias mil!

    • Querida, Bárbara.
      Creo que la risa (o su hermana discreta, la sonrisa) es la mejor muleta para la vida. La seriedad es la capa con la que suelen cubrirse los impostores. Me siento muy halagado por tus palabras, sin duda imbuidas del espíritu de generosidad que, siendo natural en ti, se acrecienta en estas fechas tan peculiares.
      Millones de gracias y un gran beso.

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