Cara Delevingne habla a su espejo (¿o viceversa?)

Buenos días, Cara. Buenos días, rostro. Buenos días. Vamos a ver, Cara, ¿qué podemos hacer hoy con tu cara? ¿Qué podemos hacer para que sonrías un poquito? Venga, inténtalo. Ya sé, ya sé, es muy temprano… La noche ha sido corta, demasiado corta, y el día será largo, demasiado largo. Ya sé que eres ante todo una profesional, que te debes a tu público y que últimamente las compañías no están siendo las más recomendables. ¿Qué le vamos a hacer? Quien paga, manda, ¿no es así? Tu cara, Cara, no es tu cara, es la cara de quien paga. Es la cara del iluminado que dice qué cara hay que poner hoy delante de la cámara que tanto te quiere. ¡Flash! ¿Ya los oyes? Hay trabajos peores, Cara, mucho peores, muchos trabajos mucho peores, pero no quiero ser pesado, no quiero hacer juegos de palabras demasiado fáciles con tu cara, Cara, y lo cara que se está poniendo la vida como para andar llenándola de carteles con mala cara, llenando las calles con esa cara que se ponen por la mañana las adolescentes apesadumbradas por la adolescencia. Ellas al menos tienen la disculpa de la edad, ¿no te parece? Solo dime una cosa, ¿quién fue primero, Cara, tu cara en el cartel o la cara de las adolescentes por la mañana?

De verdad que no quiero ser pelma, Cara. Dime sólo otra cosita más y ya te dejo ir, porque veo que te hace falta un buen desayuno ¿Es cierto que últimamente andas con dudosas compañías, gente de vuelta y así? ¿Es cierto que te dejas fotografiar con viejas pellejas? ¿Es cierto que hay viejas pellejas que nunca envejecen, viejas pellejas que cada mañana se ponen la cara de la adolescencia como si aún tuveran esa belleza que hace daño? Ya sabes a qué me refiero, Cara, la belleza de una venus de 16 años o la belleza de un Lamborghini Aventador en la curva Warsteiner de Nürburgring, pongamos por caso, cualquier belleza que haga daño sirve. Y no me digas que no sabías que la belleza destruye. La belleza, no la mala gestión de las pasiones. La belleza destruye, Cara, haces bien en poner esa cara.

Pero no quiero que sufras más, no me parece justo, así que mientras desayunas tu batido de frutos rojos lleno de antioxidantes que guardan el secreto de la eterna adolescencia, quiero que escuches Manhá de Carnaval. Sí, ya sé, estamos a noviembre, el carnaval está lejos, por mucho que las tiendas de Todo a Cien se hayan llenado de muertos vivientes de papel maché. Pero escucha, Cara, y créeme: esas mañanas en que el carnaval ha quedado atrás y toca volver a ponerse la máscara de cada día están por todas partes, mañanas de hielo ante mi juicio implacable. Porque yo no soy aquel espejito mágico que tantas veces te habló. Lo siento, pero ya no hay espejito mágico y yo no sé mentir, ¡qué más quisiera! Pero aún puedo hacer algo por ti. Puedo ponerte música, Cara, para que alegres la cara. ¡Escucha! Escucha la orquesta de Gary McFarland. Ahí están Jim Hall, Clark Terry, Tony Williams y otros grandes maestros, pero sobre todo ahí está el enorme Stan Getz. Esta mañana todos tocan para ti, siéntelo. Si prestas un poquito de atención, oirás que el saxo tenor de Stan suena como ningún otro. El saxo de Stan suena como una promesa: nunca más volverás a pasar frío, aunque sea muy temprano por la mañana, el carnaval te haya olvidado y tengas que enfrentarte al juicio implacable del espejo, Cara. Escúchalo y alegra esa cara.

CaraDelavigne

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