En este pueblo (XVI)

En este pueblo, como en tantos, el relevo generacional está en el alero. “Este pueblo se muere“, brama Luzdivina como si emitiera una sentencia firme. Ramón, que fue chófer y aun viste camisas con el membrete de la empresa, recuerda cuando traía noventa rapaces en un autobús de sesenta plazas. Por aquel entonces, en la escuela se juntaban cuatrocientos niños de toda la comarca. Hoy no llegan a cuarenta. Luzdivina echa cuentas y, lo que es del pueblo, le salen cinco o seis.

A falta de niños, se celebra a los viejos. Desde hace unos años se ha instituido la fiesta de los mayores: misa, entrega de placas y chocolatada. Este año Santiago ha sido el protagonista. No es el más viejo, pero sí el más viejo que aún estaba sin placa. De la misa se fue directamente a casa y no quiso saber nada de la merienda, pero nadie se lo reprochó. A los noventa y cinco años uno está para pocas bromas.

Todo el mundo dice que en este pueblo las tierras ya no valen nada. Todo el mundo coincide en que es una pena ver tantas casas que se caen y tantas fincas de balde. ¿Para qué sacarlas a subasta, como se hacía antes, de viva voz y en la plaza principal, si nadie va a dar por ellas una perra gorda? Si las tierras de Santiago todavía producen algo es gracias al caracter hiperactivo y optimista de su yerno, que en cuanto se jubiló del taxi volvió con la mujer a ocuparse de la casa, las fincas y la huerta. En agosto echa una mano en la comisión de fiestas con el entusiasmo de un chaval. Cuando el frío empieza a morder las carnes, empaqueta y se vuelve a Madrid con la mujer y el suegro.

El yerno de Santiago no para en todo el día, siempre hay algo que hacer. “Ya descansaré en el otro mundo“, explica con la azada en la mano y la mirada embelesada en un manzano con las ramas repletas de fruta a punto de madurar. Dos huertas más abajo, Antonio no lo tiene tan claro: “¿Total, para qué?“, se pregunta. Sus tomates tienen un aspecto primoroso, pero el hombre asegura que le falta el canto de un duro para mandarlo todo a paseo. Ni la hija, que vive en Andalucía, ni el hijo, que anda por el País Vasco, quieren saber nada del pueblo. Los nietos ni siquiera lo conocen. “Y, dígame  ¿quién se va a ocupar de esto? Yo tengo ochenta años y a mí ya me da igual, así que allá cuidaos“, protesta, y sigue regando. El yerno de Santiago se encoge de hombros. También hace años que ni sus hijos ni los hijos de sus hijos se acercan por aquí, pero a él hasta después de Difuntos, y por mucho que la mujer proteste, no hay quien lo mueva del pueblo.

De los cinco o seis rapaces que hay, dos los aporta el búlgaro. Dimiter se vino desde Sofía hace nueve años con su joven esposa y una criatura de pocos meses, huyendo de un trabajo de oficina que no rendía salario suficiente para vivir, y convencido de que gente buena y gente mala la hay en todas partes. En el pueblo se agarra a lo que va saliendo: las brigadas forestales, la granja, el reparto de butano, la limpieza de alguna finca si encuentra quien le preste la desbrozadora… La niña ya nació en el pueblo. Los dos pequeños búlgaros son estudiantes aplicados y prometedores ciclistas, un par de milagros de ojos azul turquesa que llenan la calle de la carpintería con un bullicio que no se recordaba desde los tiempos en que Gonzalo y Victorina hicieron su particular contribución al baby boom: una camada de ocho criaturas, cuatro varones y cuatro hembras. La mitad se fue a Madrid, a estudiar primero y luego a trabajar, a buscar pareja y a tener sus propios hijos y a criarlos. Cada año regresan con sus respectivas proles para las fiestas de agosto, y durante unas semanas la calle estalla de vida. En septiembre ya solo quedan los hijos del búlgaro. Pronto empezará la escuela.

– ¿Y hasta entonces qué vais a hacer?

– Seguir jugando.

– ¿Todo el día?

– Claro, todo el día. ¡Qué pregunta!

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