Las íntimas convicciones

Renunciando a casi todo aquello en lo que creo, hoy he cogido la bicicleta y me he venido a comer a la playa. El menú ha sido sencillo: un par de bocadillos de salchichón hechos con pan bimbo, que se mastica mejor, y un poco de fruta. Conviene acostrumbrar el cuerpo a una dieta frugal, sobre todo en verano. Tengo entendido que los espartanos tiraban por un barranco a los niños poco agraciados, es un detalle desagradable que no se debe pasar por alto, pero en lo demás su cultura me parece bien orientada. Entendedme, no digo que me hubiera gustado vivir en la Esparta del siglo quinto antes de Cristo porque sería una memez, pero algunos aspectos de la cultura espartana me atraen, eso sí que me atrevo a decirlo. Desde luego, está muy lejos de nuestra cultura megustacrática. A años luz. Salvando esas siderales distancias, creo que dos bocatas de pan bimbo con salchichón corriente y un par de piezas de fruta pueden considerarse una dieta espartana. Faltan tres piezas de fruta para alcanzar la recomendación de los nutricionistas y de los fruteros, pero queda todo el día por delante para completar el trabajo.

Quizá al pincipio he exagerado, pero lo que es indudable es que toda decisión tiene sus víctimas y mi decisión de hoy se ha llevado por delante algunas de las convicciones que creía mejor enraizadas en mi espíritu. Por ejemplo, siempre he pensado que comer en la playa es una idea descabellada, no se me ocurre peor lugar para comer, y sin embargo ahí estaba yo, pedaleando hacia la playa con mis sandwiches de pan bimbo y la fruta que inevitablemente se llenarían de arena. Permitidme que insista, pues me siento obligado a ello: todo proceso tiene sus etapas y cada etapa acaba siendo un campo sembrado de cadáveres, razón por la cual es preferible no mirar atrás. Hoy mis convicciones han sido diezmadas y no he querido volver la vista para despedirme de ellas, me he pueso a comer, he fijado la vista en el horizonte y he pasado por alto la molestia de las arenas. La pera limonera ha estado a  punto de seguir la misma suerte que mis convencimientos. Con el traqueteo del viaje se ha quedado de dar pena, pero he hecho de tripas corazón y me la he comido igualmente. Comer una pera limonera machacada no es agradable, sin embargo he considerado que tirarla a la basura no sería una actitud espartana, así que me la he zampado tratando de no pensar en los inocentes desgraciados que algún funcionario de la polis arrojaba a los cantiles como quien tramita un expediente de rutina.

Desvincularme de algunas de mis certidumbres me ha permitido no solo reflexionar sobre la Antigüedad sino también, y sobre todo, contemplar el gran espectáculo de la naturaleza: el mar que nunca calla, las nubes que nunca se detienen, las aves tenaces en el alboroto, el sistema dunar, las socorristas (por lo que he podido ver, en esta playa hay socorristas de ambos sexos, pero las patrullas se organizan en parejas de sexo único. He anotado el dato para cotejarlo en próximas visitas), etcétera. Libre o casi libre de viejos prejuicios, me he deleitado también con el gran espectáculo del hombre: el faro, la escollera, las grúas, el dique de tres kilómetros y trescientos sesenta metros, las dos centrales térmicas, la de fuelóleo y la de gas (ochocientos megavatios de potencia instalada), las porterías de fútbol dispuestas en la arena, los tres amigos que dan patadas a un balón y hablan de fútbol. El magno espectáculo del hombre, ese ser que siempre quiere más. En pocos lugares que yo conozca el gran espectáculo de la naturaleza y el gran espectáculo del hombre se sostienen la mirada como en esta playa suburbial a la que he venido desafiando el tiempo desapacible y algunas de las verdades que creo a pie juntillas. Como por ejemplo, ya lo he dicho antes pero permitidme que me repita, que comer en la playa es una estupidez soberana.

Después de contemplar el gran espectáculo de la naturaleza y el gran espectáculo del hombre he llevado los restos de mi frugal almuerzo a los cubos de basura. En el cubo destinado a desechos orgánicos he depositado los carozos de la fruta y todo lo demás (bolsa de plástico y gurruños de papel albal) lo he echado al cubo especializado en desechos inorgánicos. Los dos estaban completamente vacíos. Luego me he dado un baño y al volver al lugar donde había dejado la ropa he visto un juego de llaves semienterrado en la arena. Eran mis llaves, las llaves de mi casa y del candado de mi bicicleta. Me ha alegrado encontrarlas antes de saber que las había perdido. Está bien volver a casa sin tu fe pero, decidme, ¿cómo vas a volver si pierdes las llaves?

Sabón

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