En este pueblo (XIII)

En este pueblo, la campana es el diario oficial. La de la iglesia grande, no la de la hermita, que apenas tiene resonancia para convocar a misa a los vecinos de la plaza. La campana de la iglesia grande tiene una voz de barítono que llega a los confines del pueblo. Con la precisión de un metrónomo, convoca a las tareas colectivas, llama a atender las situaciones de emergencia y anuncia las buenas nuevas igual que las noticias luctuosas.

Antes de introducirlos en el laberinto de ritmos y sutilezas tímbricas que forman su lenguaje, a los niños se les enseñaba a respetarla. El día que Ceferina y Segundo mandaron calientes para cama a sus hijos respectivos para convencerles de que la campana no se toca sin un buen motivo, tal vez recordaron aquella lejana jornada en la que, junto al resto de rapaces del pueblo, tiraron de la soga para izarla a la torre de la iglesia. Eso sucedió unos años después de terminada la guerra. Entre el cura y la junta vecinal se las arreglaron para reunir el dinero necesario para sustituir la vieja campana rota por la afinada pieza de fundición que todavía hoy sigue de servicio.

Es cierto que la campana ha dejado de cumplir algunas de sus funciones tradicionales, como llamar a la becera -aquella antigua convocatoria diaria de ganado y pastores-, pero continúa marcando las fechas señaladas, avisando si se declara un incendio y llenando el aire con la inconfundible cadencia del toque de muerto cuando algún vecino pasa a mejor vida. En los tiempos en que Segundo ayudaba a misa, él y los demás monaguillos se frotaban las manos con los nacimientos. Sabían que a la perra chica que les daban por el bautizo sumarían otra perra gorda por el más que probable entierro del inocente. Solo había que esperar el repiqueteo moroso que informaba del triste desenlace.

Muchos años más tarde, en la época de don Valentín, la campana tuvo que soportar la desleal competencia del megáfono que al párroco se le ocurrió instalar a su lado. Aun se discute si el cura tomó la decisión para hacer que el pueblo se subiera al carro del desarrollismo o para ahorrarle a las cansadas piernas del sacristán el trabajo de aventurarse cada tarde por la escalera del campanario, desvencijada y traicionera. Con el invento, bastaba encender el tocadiscos para que los fieles empezaran a llegar, atraídos por un farfulleo en el que solo los oídos más finos eran capaces de distinguir una canción: “Alma mía recobra tu calma, que el Señor fue bueno contigo…”. Así un día y otro, durante meses y años, hasta que el disco se gastó.

El último día de enero, la campaña comienza a sonar con el día liquidado y da la murga hasta la medianoche. En el pueblo todavía merece escarnio el turista que, indignado por el ruido a tales deshoras, quiso llamar a la Guardia Civil. Hubo que explicarle que no se trataba de gamberros, sino de los mozos, que estaban echando enero fuera. La tradición de despedir el mes más duro del año a golpe de badajo viene de antiguo y se resiste a morir, a pesar de que la mocedad escasea. Hace décadas se juntaba una buena cuadrilla, a hacer la fiesta y a calentarse con un garrafón que subvencionaban los mayores. Mientras durara el vino, la campana no conocía el descanso.

En verano dobla alegre, echada al vuelo por las fiestas, o frenética si hay humo en el monte. Cuando no existía la torre de vigilancia, ni se conocían los Nissan Patrol, ni se sabía lo que era un hidroavión, en este pueblo regía la norma que obligaba a todos los varones adultos a presentarse para combatir las llamas en cuanto se daba el aviso. Las cañas de pino y la experiencia de los viejos eran sus únicas herramientas. La última ocasión en que la campana tocó a fuego era agosto y soplaba un auténtico vendaval. Miguel Ángel, que acababa de volver del vivero, torció el gesto: “Excusáis de ir. No hay nada que hacer”. Y así fue. Primero llegaron los aviones, luego los helicópteros, más tarde los coches de bomberos. Al final se presentó también el ejército, con excavadoras y todo tipo de maquinaria, pero la sentencia del avezado campesino no admitió apelación. Desde lo alto del campanario podían verse las llamas saltando cortafuegos como quien va de paseo. Durante dos días, mientras el viento quiso, devoraron monte. Más de once mil hectáreas de pino resinero, el tesoro de este pueblo y de los pueblos vecinos. Fue la tercera y última vez que los chicos de la tele se dejaron caer por estos andurriales.

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  1. Precioso. Yo nací en un pueblo asturiano y me suena y huele todo a verdad: la campana, los mozos, la sabiduría de los adultos…

    • Este pueblo no es asturiano, pero tampoco está tan lejos de Asturias. Y supongo que muchas cosas que se cuentan de él llevarán el aroma de muchos otros pueblos de por ahí adelante. Cosas, algunas de ellas, a las que en su momento tal vez no les supimos dar el valor que tenían. Otras siguen esperando por un poco de cariño.
      Muchísmimas gracias por leer y comentar.

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