En este pueblo (XII)

En este pueblo, las obras públicas fueron motivo de desencuentro entre barrios. A los pocos, como si se ordeñara una ubre vieja, de la caja municipal fue manando dinero para acondicionar las humildes calles que se asoman a un lado y a otro de la avenida principal. En unos años todas estuvieron listas para revista, con sus aceras de cemento y la oscura cinta de alquitrán en el centro. Todas menos una. La ancha y orgullosa calle de la Iglesia, que mira al pueblo desde arriba, quedó marginada del progreso viario, castigada por el abandono y expuesta a las inclemencias del tiempo. En cuanto caía un chaparrón, comenzaban a correr pendiente abajo regueros de barro rojizo que iban dejando a la vista un lecho cada vez más descarnado e intransitable, una auténtica torrentera. Los cantos rodados de la calle de la Iglesia eran la penitencia dominical de los bruñidos zapatos de los fieles y la tortura diaria de las pezuñas de las vacas. “Esto está hecho una vergüenza”, clamaban los padres de familia que llegaban en verano y se encontraban con que, un año más, habrían de someter la suspensión del coche al castigo de los croyos.

Los del pueblo se tomaban el asunto con más paciencia, al ritmo de los cargamentos de grano que llegaban de las eras a la caída de la tarde. Sobre las piedras sueltas de la calle rechinaban las ruedas del carro cuando Fabri dirigía la delicada maniobra de enhebrarlo marcha atrás en el portalón del corral. Para equilibrar el desigual empuje de la Rubia, dócil y cuernilarga, y el de la Mora, nerviosa y mocha, el hombre empleaba instrucciones precisas: “¡Joo! ¡Ah, vaca! ¡La madre que te parió!”. Terminada la tarea, Fabri prendía la Mora en la cuadra y devolvía la Rubia a casa de Elías, porque en este pueblo prestar la vaca al vecino para formar el tiro era la primera ley de la convivencia. Y así, hombre y animal daban los últimos trompicones del día sobre los guijarros de la calle de la Iglesia.

Para evitar la pendiente intransitable, Evelio debía tomar la curva de la avenida principal, que se convierte en carretera a la salida del pueblo, y rodear la iglesia y el cementerio. Tenía los brazos musculosos, cincelados por el esfuerzo diario de empujar la silla de ruedas cuesta arriba, hasta la casa más alta del pueblo que, ¡vaya por Dios!, era la suya. En el hombro derecho llevaba tatuado un rostro de mujer. En verano andaba siempre rodeado de una nube de nietos llegados de Barcelona que le ayudaban a remontar las cuestas. La abuela Timotea salía a la puerta cuando la comitiva anunciaba su llegada con una algarabía de risas infantiles que servían de envoltorio a la voz ronca de Evelio.

Cuando por fin se presentó la cuadrilla contratada por el ayuntamiento, los obreros se quedaron mirando las acacias de Santiago. Los dos árboles, robustos y frondosos, no figuraban en el proyecto, así que los talaron sin preguntar. El asfalto cubrió por fin la calle de la Iglesia y a nadie pareció importarle demasiado que la casa de Santiago se quedara sin sombra. A nadie le extrañó tampoco que Ángel decidiera aprovechar la llegada de las obras públicas para echar una placa de cemento sobre la antigua cama del ganado de sus padres. Puestos a subirse al tren del progreso, el viejo portalón de castaño fue sustituido por otro de chapa, y de esta manera el corral del número uno se transformó en garaje.

Ese mismo verano, Ángel compró un cabrito y el animal hizo compañía al Renault 12 durante unos días, mientras esperaba sin saberlo la llegada de su verdugo. El matachín se presentó una mañana, el rostro oculto bajo un sombrero de ala ancha. Era un hombre viejo, flaco y de corta estatura, con los ojos pequeños y la piel oscura y cuarteada. Sin decir una palabra de más, se quitó el sombrero, se remangó y, mientras otros dos sujetaban el animal, le propinó un certero martillazo entre los incipientes cuernos que lo puso a dormir. Luego lo colgaron de la viga por las patas traseras y el matarife le cortó la yugular. La desatención de uno de los ayudantes hizo que un hilo de intenso color rojo se escapara del recipiente destinado a recoger la sangre. El fluido corrió sobre la placa de cemento, se coló por debajo de la puerta de chapa y fue a manchar el asfalto recién estrenado de la calle de la Iglesia, hasta desaparecer en un sumidero.

puerta verde vieja

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  1. Delicioso relato al que no le falta ni la música ni el olor de sus calles ni la primera ley de la convivencia… fantástico!
    Muchas gracias, por compartir esos personajes.
    Un fuerte abrazo.

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