Jaco, a cara o cruz

Victoriano Fernández, pintor.

Victoriano Fernández. Boceto 2014. 47 x 100 cm. Pincha en la foto para ir a la página del artista en Facebook.

Dejamos la órbita de Ío, el último de los satélies de Júpiter cuya exploración nos había sido encomendada, y pusimos proa al infinito. La misión estaba cumplida. El punto de no retorno quedaba casi 28 años atrás. Solo el hallazgo de un agujero de gusano nos otorgaría alguna posibilidad de volver a casa, pero éramos conscientes de que ese azar se situaba mucho más allá de lo improbable. Para la mayoría de nosotros, más allá también de lo deseable. Tal vez fue esa certeza o tal vez la tranquilidad de saber que ya solo quedaba esperar el acuse de recibo de los informes enviados a la Tierra lo que hizo que el sueño nos rindiera. Tracy Lee fue la primera en retirarse, discreta y elegante como siempre. La siguió John Francis, y Mary no tardó en dejar el puente de mando huérfano de sus grandes ojos azules. Propuse que echáramos una partida, pero Ingrid se disculpó: “Estoy tan agotada que no podría ni sostener las cartas”. Pensé que era inutil insistir, hacía rato que Julius Josef y Felix Xavier cabeceaban. “A ti también te haría falta descansar”, me dijo la madre de los dos gemelos mientras se retiraba acompañada por ellos. Al verla atravesar el umbral no pude dejar de reparar en lo mucho que su larga y espesa melena había encanecido. Cerré la puerta y saqué la caja de zapatos que había mantenido guardada bajo llave desde el inicio de la travesía. Le quité la tapa y esparcí su contenido hasta formar un mosaico que cubrió el suelo por completo. Me desnudé, puse música y comencé a repasar las imágenes, discurriendo y memorizando para cada una el texto que la acompañaría si fuera una postal que hubiera de enviarte. Completé el proceso exactamente en veintisiete horas. Cuando terminé, cuando cada imagen y cada texto estuvo grabado en mi memoria con la precisión con que los estudiantes de notarías cincelan en sus mentes el Código Mercantil, pongamos por caso, me concedí el derecho a descansar. Tendido sobre la alfombra de fotografías, me puse el casco de malla del electroencefalograma y dejé que el azar de los sueños me lo devolviera por última vez. No tardó en llegar, como un encadenamiento de sucesos cuánticos. Jaco viajando en autobús acompañado por su primera esposa y su hija recién nacida. Jaco esparciendo polvos de talco sobre el escenario. Jaco aprendiendo a tocar el teclado de juguete de Mary. Jaco en la playa junto a Stan, que tiene el cuerpo muy bronceado. Ambos sonríen. Jaco arrancándote los trastes con un cuchillo romo y a continuación cicatrizando las heridas del mástil con resina. Jaco aprendiendo a leer partituras en el autobús. Jaco bebiendo. Jaco jovencísimo, con el equipo de fútbol del instituto. Jaco en Nueva York, un día de otoño, buscando un banco para pasar la noche. Jaco subiendo muy deprisa los nueve pisos del hotel, incapaz de esperar el ascensor, ansioso por volver a posar los dedos sobre ti. Jaco dirigiendo la banda. Jaco metiéndose. Jaco tratando de descifrar un cartel en el metro de Tokio. Jaco abrazando a Toots en un plató de televisión, diciéndole algo al oído, tal vez dándole un beso. Las gafas de pasta de Toots se elevan ligeramente cuando una carcajada sacude su cuerpo. Jaco con la cara encendida. Jaco con la sonrisa de oreja a oreja. Jaco sobrevolando el Pacífico en un avión de línea regular. Jaco con una visera roja que lleva estampada una gran “P” blanca. Jaco perdido. Jaco perdiéndote. Jaco buscando armónicos como quien se empeña en buscar vida extraterrestre. Jaco jugando al baloncesto en un parque de Nueva York. Jaco en su casa de Fort Lauderdale, tumbado en una hamaca, desnudo, enroscado a ti. Jaco recogiendo los pedazos de tu cuerpo roto, metiéndolos en una caja y enviándolos por correo. Jaco esperando el resultado de tu reconstrucción milagrosa. Jaco de nuevo en la playa, ahora con los gemelos y con una gran sonrisa en sus labios excesivos. Jaco en una calle mojada, con Joe y Wayne, delante de un autobús de color rosa, en algún lugar de Europa probablemente. Jaco posando para Rolling Stone, la melena sostenida por el aire del ventilador. Jaco y tú haciendo retumbar los cimientos del hotel. Jaco lejos de las playas de Florida. Jaco con toda la banda, visitando a los padres de Joe, la mujer vestida con un mandil, como si acabaran de arrancarla de la cocina. Jaco viendo un capítulo de Star Trek, contigo en el regazo, sin dejar de acariciarte. Jaco ingresado. Jaco desafiando a todos los que han querido ser Jaco. Jaco al piano, con un lápiz entre los dientes, el pelo recogido en una coleta. Jaco echando una postal al correo en Estocolmo. Jaco discutiendo con el público en algún lugar de Italia. Jaco rezando por sus hijos un lunes o tal vez un jueves del último trimestre de sus 35 años de vida. Jaco asomado a la bahía de Hiroshima, pensando seriamente en deshacerse de ti. Jaco metiéndose donde nadie le llama. Jaco solo. Jaco en el suelo. Jaco desatando la tormenta. Jaco cantando. Jaco haciéndote cantar. Jaco respirando con ayuda mecánica. Jaco despegando de Cabo Cañaveral. Jaco abrazado a ti, y tú mudo por primera vez, en medio del silencio cósmico, sin posibilidad alguna de encontrar alimentación eléctrica ni un medio físico que permita la transmisión del sonido. Jaco siguiendo la órbita elíptica de un cometa. Jaco lanzando un dólar de plata al aire, o más bien a la ausencia de aire. La moneda girando en el vacío, dócil a la ley de la inercia. Su girar ingrávido haciéndose infinito e impredecible, marcando un rumbo que, desde el instante en que supimos que no podríamos seguir, hubiéramos querido que tuviera una estación para el consuelo. El rumbo salvaje e inexorable de Jaco, solitario explorador de los confines del sistema solar. Eternamente. A cara o cruz.

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