Marianne Rajó: caso abierto

“Oh, ma chère Lucie, ne te laisse jamais
embrasser por un homme sans moustaches.”
Guy de Maupassant: La moustache.

Interior, noche. Un hombre de edad avanzada y otro joven entran en un salón ricamente amueblado. Se quitan las gabardinas mojadas y se acomodan en un sofá estilo chéster. El viejo viste traje cruzado de color azul marino y corbata dorada con nudo windsor. Su rostro está dominado por un poblado bigote entrecano que en los laterales se vence y cae por debajo de las comisuras de los labios. El joven lleva pantalón vaquero y americana negra de solapas estrechas, sin corbata. Su labio superior está sobrevolado por un tenue bigotillo rubio. Ante ellos, dos copas balón y una botella de brandy gran reserva.

— Querido sobrino, hace tiempo que buscaba el momento de mantener contigo esta conversación. Mi retiro está, como bien sabes, a la vuelta de la esquina y tú has decidido dedicarte a la política. Así pues, creo que es de ley que comparta contigo algunos detalles poco conocidos del suceso que ha marcado la historia reciente de este país. Me refiero, como ya habrás imaginado, al asesinato de Marianne Rajó, del que hoy precisamente se cumple una década.

— Adelante, tío. Te escucho.

— Bien. Como sabes, diez años de investigaciones han sido insuficientes para despejar todas las incógnitas que plantea el caso. Creo que hay dos razones que lo explican. En primer lugar, hay gente muy poderosa empeñada en que ciertos hechos no salgan a la luz. Esto es obvio. En segundo lugar, y en este caso no tan obvio, la muerte de Marianne Rajó es un acontecimiento histórico y, como tal, su verdad nunca será otra cosa que una función de los múltiples relatos que se vayan construyendo desde distintas posiciones epistemológicas y, sobre todo, desde las más diversas plataformas de interés. ¿Comprendes lo que quiero decir?

— Sí, claro. Que cada uno cuenta la feria según le va en ella.

— Puedes verlo de ese modo si quieres, siempre y cuando tengas en cuenta un detalle muy particular del caso. Me refiero a que, en el asunto del asesinato de Marianne Rajó, los hechos más elementales son los que plantean las mayores dudas, mientras que los detalles pequeños y aparentemente insignificanes aparecen perfilados con una nitidez absoluta. Esto hace que podamos realizar un sinnúmero de reconstrucciones verosímiles, pero no disponemos a día de hoy de un criterio que nos permita preferir una de ellas sobre las demás.

— Entiendo.

— Antes de que que continúe, debes prometerme dos cosas: que no dirás a tu madre nada de esta conversación y que, si continúas la investigación y averiguas hechos sustanciales, pensarás en el interés de la nación, y no en el tuyo propio ni en el de tu partido, antes de hacerlos públicos.

— No es poco lo que me pides, tío, pero haré tal cual dices. Prometido. Vete empezando que voy a llenar las copas.

— Antes que nada, quiero recordarte algunos datos de contexto que sin duda no ignoras, pero que creo fundamental tener en mente para comprender lo que pasó. Como bien sabes, fue hacia 2018 cuando la tecnología de las impresorsas 3D y el libre flujo de información a través de la red hicieron posible la copia masiva, a precios ridículos, de componentes para reactores nucleares. En pocos meses, General Electric entró en quiebra. Le siguieron Alstom y el resto de gigantes de la industria. Se produjo un efecto dominó que hundió las bolsas y desencadenó una nueva crisis financiera internacional. Unos años más tarde, al inicio de la década de 2020, el desarrollo de lo que entonces llamábamos el internet de las cosas significó un cierto impulso para las economías emergentes, pero agravó la depresión de las occidentales. Las cifras de desempleo volvieron a dispararse en los países del sur de Europa, que uno tras otro pasaron a estar bajo la tutela explícita del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.

— Un mal necesario.

— Interrúmpeme solo si hay algo que no entiendes. Continúo. En 2021, la central nuclear de Calvert Cliffs, en el estado de Maryland, informó de un incidente de grado siete en la escala INES y se decretó la evacuación de la población en un radio de quince millas. Rápidamente el barril de Brent superó los doscientos dólares en el mercado de futuros de Londres, y no ha vuelto a bajar de ahí. Precisamente en ese mismo año, India fracasó en su intento de enviar al espacio el primer cargamento de residuos de alta actividad. Recordarás sin duda que las protestas de los activistas antinucleares fueron aplastadas sin contemplaciones, igual que lo fueron en España los pequeños grupos que trataron de oponerse al inicio de las obras del almacén geológico profundo. Al año siguiente se puso fin al libre tránsito de personas dentro de las fronteras de la antigua Unión Europea y, en cumplimiento de la profecía literaria de Michel Houellebecq, Mohammed Ben Abbes se convirtió en el primer musulmán en presidir la República Francesa, como fruto de una aplastante victoria electoral. Y así llegamos a 2023, el año en que la ONU advirtió de un retroceso preocupante en los Objetivos de Desarrollo del Milenio. Pero 2023 fue, sobre todo, el año en que empezó a llover y Marianne Rajó murió a manos de la desempleada número ocho millones. ¿Me sigues?

— Perfectamente, tío.

— Muy bien, pues así es como yo creo que sucedió. Como sabes, era domingo y ya había anochecido. Marianne Rajó estaba en su despacho, pero no en el escritorio sino en un gran sofá orejero tapizado en piel negra que se hallaba colocado cerca del ventanal. Tenía las piernas estiradadas sobre una mesa baja, en la que descansaba un vaso de wisky con tres piedras de hielo. Como siempre que no tenía actos oficiales y podía quedarse en la residencia presidencial, se había vestido con un chándal y disfrutaba de una de sus grandes aficiones, escuchar el carrusel deportivo radiofónico por medio de unos grandes auriculares inalámbricos. Fumaba un Cohiba Behike 54, su habano favorito. Estaba en total relax, con la mirada perdida entre las nubes de humo azulado que llenaban la estancia. En cierto momento, sintió el tacto frío y duro del cañón de un arma corta sobre su sien derecha, pero no se sobresaltó. Al alzar la vista vio el óvalo facial de una mujer muy joven enmarcado por un hiyab azul turquesa. Sus ojos eran grandes y oscuros. La piel del rostro era de color marfil, sin una sola imperfección. Sus labios, muy carnosos, estaban pintados de un rojo intenso. Se abrieron y pronunciaron una palabra: “Despacio”. Siguiendo la instrucción, Marianne dejó el puro en el cenicero, se quitó los auriculares y se enderezó en el asiento. La joven bajó el arma, saco de un bolsillo el documento de la oficina de empleo que la acreditaba como la parada número ocho millones y lo dejó sobre la mesa, al lado del vaso de wisky. Volvió a hablar: “De lo que vaya a pasar a partir de ahora, solo una pequeña parte es personal, en lo demás actuaré en cumplimiento de la voluntad de mi pueblo”. “¿A qué pueblo se refiere usted?”, le preguntó Marianne, con una serenidad impropia de las circunstancias. La joven se limitó a señalar el papel que había dejado sobre la mesa y, volviendo a alzar el arma, le indicó que se dirigiera el cuarto de aseo. “Ahora te vas a afeitar la barba, pero solo la barba”, le ordenó.

— Un momento, un momento, tío. Estamos hablando de Marianne. Lo que me cuentas es ridículo, ¿cómo va a afeitarse la barba una mujer?

— Querido sobrino, te advertí al principio que en esta historia las cuestiones más básicas son las menos claras. No está establecido con certeza si Marianne Rajó fue hombre o mujer. En los países católicos es habitual que el nombre de María se aplique tanto a hombres como a mujeres, y bien puede suceder lo mismo con sus derivados, así que la onomástica no nos va a sacar de dudas. Lo que sí han confirmado todos los investigadores es que Marianne Rajó, en la época en que fue presidente, o presidenta, del Gobierno, tenía barba, una barba razonablemente espesa y entrecana. También hay coincidencia plena respecto a que, antes de cometer el crimen, su asesina le obligó a afeitársela, dándole instrucciones muy estrictas respecto a que debía dejar intacto el bigote.

— De acuerdo tío, continúa. Perdona la interrupción.

— Pues bien, decía que la joven obligó a Marianne Rajó a entrar en el cuarto de aseo contiguo a su despacho y le dio órdenes para que se afeitara la barba. Le insistió en que el apurado había de ser perfecto y en que debía utilizar una cantidad moderada de after-shave. Del temple del presidente del Gobierno da testimonio la precisión con que cumplió las órdenes de su asesina, hecho que fue acreditado a posteriori por el análisis forense. Marianne se detuvo incluso a perfilar el bigote resultante del afeitado con unas tijeritas. Puesto que la muchacha le había dado libertad respecto a la forma, eligió un mostacho de estilo americano, ligero, bien recortado y exactamente de la misma longitud que su labio superior, al que realzaba, dejándolo libre por completo. Cuando terminó el afeitado, la asesina le ordenó que volviera a sentarse en el sillón orejero. Se colocó a horcajadas sobre sus piernas, guardó el arma y le sujetó la cabeza con una mano. Con el dorso del índice de la mano que le quedaba libre empezó a recorrer el recién nacido bigote de Marianne Rajó, acariciándolo muy despacio, como si se recreara en el tacto de los pelos enhiestos. Luego acercó su boca y comenzó a mordisquear con sus labios el labio inferior del presidente, poco a poco, con la minuciosidad de quien degusta un dulce hasta deshacerlo. A continuación lo succionó e introdujo violentamente la lengua en la boca de Marianne, que se llenó con la saliva cálida de su asesina. Brúscamente, se apartó y contempló el rostro de su víctima con toda la luz de sus enormes ojos color caoba. Volvió a coger la pistola con la mano derecha, mientras con la izquierda atraía hacia sí la cabeza de Marianne y mordía su labio superior, valiéndose primero de los dientes y luego, otra vez, de sus propios labios, demorándose en el picor del bigote, dejando que la punzada de cada pelo se transmitiera a todo su cuerpo como una pequeña descarga eléctrica. El contraste entre la aspereza del mostacho y la suavidad de la piel la hizo estremecerse y, por un instante, sintió unas ganas irrefrenables de dejarse ir. Tal vez para evitar perder el control, volvió a introducir la lengua hasta el fondo, la entrelazó con la de su víctima y volvió a retirarla para sujetar el labio entre su propio labio superior y la fila inferior de los dientes. Cuando sonó el disparo y la cabeza de Marianne perdió la capacidad de sostenerse, su asesina mantuvo la presa durante unos segundos hasta que el belfo se rompió y dejó salir unas gotas de sangre que fueron a alimentar el charco que había empezado a formarse sobre la alfombra. Luego escapó por el ventanal sin preocuparse de descomponer el escenario del crimen. La policía científica identificó en el chándal del presidente abundantes restos de semen y el cerco de dos lágrimas que, según los resultados de la prueba de ADN, solo pueden proceder de la asesina.

— ¿Nadie la vio?

— Nadie. En medio de un dispositivo policial sin precedentes, la mujer se desvaneció como un fantasma. Se practicaron detenciones y se interrogó con mucha más dureza de la que permite la ley a todo aquel que pudiera aportar alguna información, pero no se obtuvo ningún resultado. Aprovechamos el jaleo para deshacernos de algunos indeseables que ya no nos servían para nada, por cierto… El caso es que todas las pistas que se siguieron, la yihadista, la anarquista, la de los ecologistas radicales, la de los subsaharianos, la de los separatistas recalcitrantes, la de las mafias rusa y corsa, la de los grupos de ultraderecha… Todas terminaron en callejones sin salida. Al final llegaron instrucciones desde arriba para que el caso se archivara. Al fin y al cabo, en las circunstancias en las que estaba el país, el papel del presidente del Gobierno tampoco era tan relevante, más allá de los aspectos simbólicos. Pero yo me negué a aceptar el fracaso y continué la investigación por mi cuenta. Hasta hoy. Fue así como cayó en mis manos una carta escrita en sefardí y sin más remitente que un apartado de correos de Tel Aviv, que llegó a la residencia presidencial exactamente el día en que se cumplían tres años del asesinato. Recurrí a mi fiel amigo Marcus Wagenknecht para que me ayudara a traducirla, pero nadie más la ha visto hasta hoy. No la he incorporado al expediente oficial, ni pienso hacerlo, pero creo que tú debes conocerla, puesto que has de continuar mi labor de investigación con la lealtad a la que te has comprometido. Está escrita en versos libres y, en el supuesto de que su autora sea la asesina, explicaría en parte la conversación que mantuvo con Marianne Rajó y sería lo más próximo a una confesión que jamás hayamos tenido. Al mismo tiempo, siempre en la hipótesis de que la carta proceda de la criminal, quedaría muy debilitada la tesis que ha guiado todas las líneas de investigación hasta la fecha y que da por hecho que el único móvil del magnicidio fue político. Por otra parte, abre toda una serie de interrogantes de largo recorrido, y daría pie a densas reflexiones sobre las relaciones entre víctima y verdugo, sobre el amor y el desamor, sobre el deber, la soledad, la ausencia… En fin, discusiones que exceden con mucho los límites de una investigación policial. Marcus me ofreció en su momento aplicar métodos lacanianos de análisis, pero le dije que se olvidara del asunto. Podría seguir hablando del caso durante horas y horas pero esta es, en esencia, mi opinión. Tú, querido sobrino, has de formarte la tuya propia. Así pues, leo la carta:

Hay tanta lluvia en la calle
lo dice el cristal

llueve sobre lo llovido
lloviendo

mostacho endecha
voy a buscar la dicha
en el cristal

voy a negarte
y a mantener la palabra tres noviembres
y a mantener la palabra de orilla a orilla
y a sostenerla con el fervor infalible
de los vientos de Poniente

tres noviembres
y el mundo seguirá lloviendo
y el mundo seguirá redondo y estúpido

voy a achatarme por los polos
y a llover la lluvia en la calle

voy a llover lo llovido
lloviendo

mostacho endecha
voy a darme el capricho

tres noviembres
y el mundo seguirá girando
y diremos aquello de
yo era una estúpida y lo que he llovido me ha hecho dos estúpidas
o veintisiete estúpidas lloviendo en la calle

entre el cielo y el mar
no hay horizonte
sólo la lluvia
que lo ocupa todo

llueve sobre lo llovido
lloviendo

lo dice el cristal

mostacho endecha
hay tanta lluvia en la calle
y las cosas tan se dejan ir

las cosas

tan sin ruido

tan sin queja

tan sin ti.


Tel Aviv, 15 de noviembre de 2025.

Telón.

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