Aki y la humanidad deprimida

“Soy optimista porque mi muerte está cerca. Por fin me iré lejos de aquí. Es algo que me gustaría decirle a las madres de este mundo: si la cosa sigue así, sus hijos y sus nietos no tendrán futuro. Solo puede haber futuro si las madres se oponen a la globalización.

(…)

En el fondo me gusta reír pero nunca lo hago. Porque cuando río veo el bosque caer y los pájaros morir. No veo nada divertido en este mundo”.

– ¿Está usted deprimido?

– No, la humanidad lo está. (*)

Él no está deprimido. La humanidad, sí. Hace años que vi por primera vez una película de Aki Kaurismaki. Fue en una buena sala de cine, ya desaparecida. En aquella época en la ciudad donde ví la película del finlandés había bastantes salas y bastantes oportunidades de ver algo bueno por poco dinero. Hoy en demasiadas ciudades si quieres ir al cine tienes que ir al centro comercial (¡pero tú querías ir al cine!). No recuerdo la trama. Tampoco el título. Recuerdo en cambio que me cautivó lo escueto de los diálogos, lo contenido de la acción, la adustez de los decorados, la parsimonia con que los personanjes esperaban el cumplimiento de su sino, los extensos silencios. La cosa acababa mal, creo, o más bien a estas alturas lo supongo. Tal vez moría el protagonista o su amada, o ambos, o tal vez no había muertes pero sí renuncia, el rodillo del destino pasando por encima de sus títeres. Me pareció una gran película, un ejercicio brutal de ironía. Humor hiriente, es decir, humor. Cuando salí a la calle era ya de noche y seguía lloviendo, una lluvia fina, un punto por encima de la niebla y un punto por debajo de la auténtica lluvia. Llevaba así varios días, con la cómplice incomparecencia del sol. Debía de ser noviembre, o quizá febrero. Pensé que los finlandeses estarían acostumbrados a sobrellevar algo parecido durante meses y meses sin tregua. Con mucho más frío, claro. Con bastante más vodka, naturalmente. Kaurismaki lleva años viviendo en Portugal porque, dice, el vuelo más largo que sale de Helsinki tiene por destino Lisboa.

Luego he visto muchas otras películas de Kaurismaki, la mayor parte de ellas en DVD. En todas, los protagonistas llevan en la frente la marca de la derrota. En casi todas hay hombres y mujeres de pelo grasiento, automóviles americanos en ciudades europeas, cocinas pobremente amuebladas, gánsters de tercera división, manteles de hule, policías dudosos… En Le Havre, su última obra, un viejo se la juega para ayudar a un muchacho subsahariano a escapar de los agentes de Inmigración. Cuando a pesar de la solidaridad de los vecinos del barrio todo parece perdido, el comisario de policía hace la vista gorda y el chico vuela. El final feliz se completa con la milagrosa curación de la compañera del héroe, hospitalizada por un cáncer.

Kaurismaki ya no se ríe. Tiene ganas de irse. Tal vez por eso en Le Havre se esfuerza por dejar las cosas tan redondeadadas. Pero no, él mismo nos lo dice, Aki no está deprimido. La humanidad (la humanidad de los bosques que caen y de los pájaros que mueren, la humanidad administrada por los agentes de Inmigración), sí.

(*) Entrevista con Aki Kaurismaki, por Leticia Blanco. Publicada hoy en el diario El Mundo.

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  1. Kaurismaki es el mejor

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