Vigo no es un lugar común

VigoEntramos en Vigo como ladrones y era verano. ¿Pero es que alguna vez no es verano en Vigo? Entramos en Vigo resbalando sobre el preciado acero de la AP9 que nos arrojó directamente en la avenida García Barbón. Acudíamos a la extraña llamada de Kerouac. Kerouac en Vigo como un iceberg fundiéndose en la ría en una noche desproporcionadamente cálida de finales de octubre. Allí estaban los del festival polipoético, cuarta edición. Allí estaba, nos contaron, “esa gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes” (*). Entramos en Vigo ardiendo como “fabulosos cohetes amarillos”, deslizándonos por el cuchillo de la autopista con la misma delicadeza con que el ginecólogo deposita en el útero sano el óvulo fecundado. Ustedes también pueden entrar en Vigo cuando lo deseen, sajando la carne de la ciudad hasta García Barbón por el módico precio de 15 euros con 35 céntimos si vienen desde el Lejano Norte. El precio incluye sobrevolar la ría por el delicado tablero del puente de Rande. De igual modo, ustedes pueden pedir cerveza en La fiesta de los maniquíes a razón de tres euros la unidad, el precio incluye espectáculo, o alquilar un útero certificado sobre el que depositar con total confianza su (de ustedes) precioso material genéntico. Servicio llave en mano a partir de 70.000 euros si se trata de un bello útero norteamericano, o desde 40.000 si se conforman con las entrañas dudosas de una hembra ucrania o mexicana. Y sí, en Vigo estaban Guillerme e Bastardo poniendo voz a Celso Emilio y a Cunqueiro, y Olaia Pazos moviendo muy bien los brazos y haciendo todo lo demás también muy bien, y el señor Crudo hablando de carne y de calle y de esas cosas de las que él habla con la voz que conocimos por Radio 3, y quejándose del calor y sembrando el suelo de papeles, y Samuel L. París, no Paris, y la rapera de Teis que habla en gallego con la gente mayor, y la chica que cantaba como Russian Red pero mejor y que junto a otro tipo relataba cómo fue la primera vez que entraron en Ciudad de México, que habrá sido algo muy diferente a entrar en Vigo pero seguramente bastante parecido a penetrar con instrumental médico hi-tech en el vientre oscuro e infinitamente bifurcado de una mujer ucrania, porque ambas son experiencias arriesgadas, prolijas y probablemente fecundas. Ahora que la autopista llega hasta el corazón de la ciudad, entrar en Vigo es muy distinto a entrar en Ciudad de México, es diferente porque caes de repente en el mismo centro y te das cuenta de que has venido desde el Lejano Norte pensando en el menú que el día anterior sirvieron los muchachos y muchachas del FKM, que este año han dedicado el festival al Marqués de Sade y se han traído Saló o los 120 días de Sodoma, de Pasolini, y a Alberto Ruiz de Samaniego para presentarla. Y  piensas que Pasolini era uno de ellos, uno entre “esa gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas”, pero que, a pasar de ello o precisamente por ello, murió asesinado poco antes de que se estrenara la película. Saló muestra hasta el límite de lo soportable en una sala de cine el proceso de apropiación de los cuerpos jóvenes por el poder, representado en todos sus estamentos: civil, económico, militar y religioso. Proceso que incluye el secuestro, la vejación sistemática (destrucción del sujeto) y, finalmente, la tortura (destrucción del cuerpo) y la muerte. Cuerpos convertidos en mercancía para uso y disfrute de los poderosos que la película sitúa en el castillo de la república fascista de Saló, pero que se pueden encontrar cada día en el arcén del polígono industrial, en el burdel multicultural o, gracias al avance de la tecnología médica, también en la clínica ginecológica. Úteros auditados. Bellos vientres en arriendo para linajes con acceso privilegiado a los placeres de la reproducción asistida. Cuerpos-mercancía producidos bajo esa “falsa tolerancia del nuevo poder totalitario del consumismo” (**) del que Pasolini hablaba en 1975, el mismo año de su asesinato y del estreno de Saló, seis años después de que Kerouac falleciera de muerte natural, es decir, de cirrosis. Treinta y seis años antes de que Vigo comenzase a acoger en su veranillo de octubre los cohetes amarillos del joven talento polipoético. Arañas entre las estrellas del cielo de Vigo. Vigo, que no es un lugar común.

(*) Jack Kerouac: En el camino (Ed. Anagrama).

(**) Pier Paolo Pasolini: El coito, el aborto, la falsa tolerancia del poder, el conformismo de los progresistas, publicado el 19 de enero de 1975 en Corriere della Sera y recogido en Escritos corsarios (Ediciones del Oriente y del Mediterráneo).

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