En este pueblo (VI)

En este pueblo, como en todos, los rapaces se ensañan con el sapo reconfortados por el aplauso de los mayores. ¡Pam, pam!, las piedras rebotan sobre el vientre del batracio mientras cae la tarde en el atrio de la iglesia. Es agosto y empieza a refrescar. En este pueblo, como en todos, se aplica sobre las bestias una mirada utilitaria que vierte sobrio respeto por la ladera del perro, la oveja y el buey; sordo rencor por la del topo, la sierpe y el lobo. El sapo es apenas un sparring con el que los chavales trabajan ese músculo de la mala uva que tanta falta les hará si quieren llegar a algo en la vida.

En verano, rapaces y no tan rapaces salían de caza con escopetas de aire comprimido. Los más nobles lo hacían por la tarde, buscando la sombra y acatando las normas del rececho. Los más viles, se ponían en marcha por la noche, provistos de linternas con las que deslumbraban a los gorriones adormilados en las ramas de los negrillos para abatirlos sin concederles la mínima oportunidad. Del cinturón industrial de Barcelona, Pablo el barbudo trajo la técnica más eficiente para llevar pajaritos a la cazuela: de un árbol a otro tendía una malla casi invisible y al día siguiente volvía para recoger un botín indiscriminado de pardillos, pardales, jilgueros, carboneros, golondrinas y hasta, de vez en cuando, algún murciélago desdichado. Era algo así como la pesca de arrastre aplicada a los plumíferos. Antes de cenar, los niños acudían a la puerta de Pablo para admirar las capturas del día y escuchar los cuentos fascinantes del cazador. Pero Pablo, que era afiliado del PCE, tenía un sólido sentido de la justicia y liberaba a todos los pajarillos que no daban el peso mínimo para el puchero. El murciélago también acababa por recuperar su vuelo guiado por radar, pero no antes de pasar un mal rato en las manos de su captor, que enseñaba a los chicos a distinguir los machos de las hembras y a diferenciar las aves que pueden vivir enjauladas de las que necesitan la libertad tanto como el aire. Pablo sabía trabalenguas, palabrotas sonoras y pequeños trucos de magia con los que encandilaba a su joven audiencia y a los mayores que se asomaban al corrillo: “El perro de san Roque no tiere rabo…”

En el río, el enemigo era la natrix. Su aparición de tarde en tarde provocaba una espontánea alianza de padres, que en grupo compacto perseguían a la aterrada culebra hasta aplastarle la cabeza a cantazos. Para asegurar la irreversibilidad del resultado, se la aplastaban dos y hasta tres veces. Entre tanto, las madres daban la merienda a los niños y un poco más arriba, en las aguas someras que había debajo del puente de hierro que acabó por llevarse Obras Públicas, mozos de reputación incierta pescaban truchas con tenedor, arte que exige del furtivo menos paciencia que la caña, pero más nervio y mejores reflejos. Los viejos contemplaban el espectáculo con indiferencia, recordando otras formas antideportivas de llenar el cesto, como por ejemplo envenenar el agua con la savia de la matagallinas, que atonta a los peces y los deja a merced de la codicia del pescador. Los del tenedor se quedaban a lo suyo mientras las familias comenzaban a recoger y las sombras ya largas daban paso al último turno de bañistas, los del champú, que dejaban en el agua efímeras islas de espuma blanca. Entre tanta distracción en las riberas, los rapaces que empezaban a espabilar encontraban fácimlente la ocasión para organizar bajo los alisos conferencias secretas en las que compartían cajetillas de tabaco distraídas en casa y páginas arrancadas de números atrasados del Interviú.

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