La educación informal

calesa islas AranCuento con los dedos de las manos las veces que la técnica para hallar raíces cuadradas que me enseñaron en la escuela me ha sacado de apuros y me sobran dedos. Me sobran hasta manos. En las escasas ocasiones en que me ha sido necesario calcular una raíz cuadrada he recurrido a la cuenta de la vieja, con resultados, he de decirlo, razonablemente satisfactorios.

En la escuela te enseñan, por ejemplo, la puñetera técnica para sacar raíces cuadradas. No es sencilla. Tiene su complicación. Te aplicas en ella hasta que la dominas, convencido de que en el aprendizaje de esa mecánica enrevesada se juega tu futuro, y a la hora de la verdad te encuentras con que, exámenes aparte, nunca se presenta ocasión para el lucimiento. Luego, ya se sabe, el desuso conduce a la atrofia, aunque en este caso poco importa.

En la escuela, por poner otro ejemplo, no te enseñan a sacar raíces de espinos, ni raíces de tojos, ni ninguna otra raíz que no sea cuadrada. Sin embargo, los avatares de tu vida hacen que, de un modo o de otro, te familiarices con el azadón, herramienta concebida para arrebatar al suelo todo tipo de raíces, raigones, rizomas, bulbos, cepas o tubérculos, y que acabes por aprender los rudimentos de su técnica. No llegas a ser un maestro, pero te defiendes. Esto, lo que no se enseña en la escuela pero se aprende fuera de ella, es lo que los pedagogos llaman educación informal. Sucede que un buen día llaman a casa de tu familia y al otro lado del hilo telefónico suena una voz histérica diciendo a gritos que el perro que solía guardar la finca que tu padre alguna vez soñó con convertir en una villa hace días que es cadáver y ha empezado a impregnar el aire del vecindario con el olor a un tiempo acre y dulzón de la carne descompuesta. Vale, pues después de comprobar que no hay ningún servicio municipal que ofrezca una solución al problema, te queda más o menos una opción, desplegable en tres fases: comprar un saco de cal viva, reclutar personal voluntario y tirar para el lugar de los hechos. Si eres capaz de resistir el panorama sin que el estómago se te voltée, estupendo, si no, te alivias como puedes y comienzas a cavar. Puedes hacerlo porque dominas el arte del azadón. Puedes incluso aplicar la misma maña al pico, si has conseguido enrolar un ayudante que se ocupe de la pala, herramienta boba que no requiere de técnica específica. Con pico y pala se acaba antes. Al cabo más o menos de una hora de esfuerzo y mucho sudor, el chucho está criando malvas y aquí no ha pasado nada. Te bebes una bien ganada cerveza. Has resuelto la papeleta gracias a tu sólida educación informal.

Analicemos otro caso extraído del universo de la cultura de masas. En la película Loca academia de policía, un grupo de voluntariosos cadetes debe entrar en la guarida de los malos para dar el golpe de mano que permitirá desanudar la trama y hacer que la historia fluya, entre risas, hacia el obligatorio final feliz. Por razones que sería complicado explicar ahora, los aprendices de policías se hacen pasar por científicos suecos para burlar la vigilancia, pero se encuentran con algo con lo que no contaban: uno de los guardianes de la cueva de los malvados es de esa misma nacionalidad y se dirige a ellos, con la alegría propia de quien se encuentra a un compatriota en suelo extranjero, en su lengua materna. En ese momento crucial en que todo amenaza con venirse abajo entra en acción el cadete Leslie Barbara, quien resuelve la situación con escasas pero bien escogidas frases que ha aprendido gracias a su afición al cine pornográfico escandinavo. ¡Brillante! Barbara, personaje grotesco y cuyo papel en la trama había sido mínimo hasta ese instante, se convierte así en la llave que permite resolver la situación como todo el mundo desea. Hay que dar por descontado que el cadete no accedió a las películas pornográficas suecas en la videoteca de su escuela, así pues lo que tenemos aquí es otro clamoroso ejemplo del papel fundamental que en nuestro mundo ocupa lo que los pedagogos llaman educación informal. Tenemos también, ¿por qué no decirlo?, una lección magistral de manejo de personajes secundarios. Pero eso podría ser otra historia.

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  1. No es fácil encontrar una pluma con una ironía tan fina y con un humor corrosivo indispensable, humor, que hace que no te puedas saltar ni una línea y sigas leyendo sin parar… Bravo por eso! Me ha encantado.
    Muchas gracias.
    Un fuerte abrazo.

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