En este pueblo (V)

En este pueblo también brilló la industria nacional bajo licencia extranjera. En este pueblo había tres tractores: dos tractores Ebro de color rojo y un tractor Ford, el de Antonio, que era de color azul. Cuando llegaron los tractores, hacía ya mucho tiempo que se habían marchado los últimos gallegos que vinieron a la siega. Trabajaban de sol a sol, dormían en el campo y curaban las heridas con tierra y con vino. En aquella época, de Galicia venían también la música para la fiesta, el escabeche y, de cuando en cuando, el chamarilero. Si llovía y no se podía segar, Emilio empleaba a la cuadrilla en cualquier otra tarea que permitiese a los hombres ganarse el jornal, pero cuando de apañar patatas se trataba, ninguno podía con el ritmo de María la Paturra.

María era la más pequeña, pero también la más fiera a la hora de guardar el turno de riego en la acequia y la más lista para burlar al guarda forestal e ir al monte a hacer carbón. El día que volvió a la casa de su amo sin la comida de las vacas, temió quedarse también ella sin cena. El ti Emilio le afeó el descuido con su mirada dura y la misma voz áspera con que volvió a llamarla al poco rato, en cuanto estuvo listo el puchero.

La Paturra parió ocho hijos y a los ocho los sacó adelante. En este pueblo todavía se recuerda la ocasión en que apareció en el camino con el habitual saco de carbón en un hombro y un recién nacido en el otro. Luego, los hijos de María se dispersaron por los cuatro puntos cardinales de la España industrializada y al cabo del tiempo regresaron, cada uno con su mayor o menor fortuna, para devolver a su madre un poco de lo mucho que les había dado. En la época de los tres tractores, María se paseaba en primavera  con su abrigo de cachermir y, en cuanto entraba julio, esperaba la llegada de la cosechadora con la misma ansiedad que los agricultores en activo. La máquina se avería donde Dios le da a entender y el pan sigue en el campo, a merced de los caprichos del tiempo. De poco sirven los tractores, que aguardan con el remolque enganchado. La gente reza para que el monstruo mecánico llegue antes que el pedrisco.

La cosechadora vació las heras, pero no arrebató a la cosecha su mística de trabajo colectivo. Toda la familia, sin importar la edad, arrima el hombro. Los que están de vacaciones igual que los residentes. Con las garras del peine giratorio, la máquina tumba el centeno y se lo traga con la voracidad de un ser prehistórico. Los enormes paneles de chapa que cubren los costados preservan el misterio de su prodigiosa digestión, mientras la cuadrilla se afana a su alrededor en tareas auxiliares. Así va llenando sacos de ochenta kilos que los hombres tendrán que cargar sobre la espalda en el último tramo de su viaje al granero. Entre los rastrojos van quedando diseminados los paquetes hexaédricos de paja cortada y bien atada que la máquina arroja por su parte trasera como si fueran excrementos y que otro día habrá que volver a recoger.

A la hija menor de Antonio aun le faltan años para poder sacarse la licencia, pero ¿a quién le importa? La rapaza conduce el Ford con soltura mientras su hermana carga pacas como el mejor mozo. Las dos tienen los ojos claros, en eso han salido a su padre. Llenar el remolque a la par de las hijas de Antonio no es tarea sencilla, menos si falta la costumbre y la piel está sin curtir. Las pacas engañan. Vistas en la distancia parecen poca cosa pero, en cuanto uno se acerca, revelan un tamaño imponente. Cuando, lleno de confianza, el peón sin experiencia intenta levantar la primera, la cuerda se le clava en las manos. “¡Para!, que no tienes costumbre y te vas a hacer daño”, grita la mujer de Antonio antes de estallar en una carcajada, con los ojos muy pequeños detrás de las gafas de culo de vaso. Luego, coge el paquete de paja como si fuera una pluma y lo sube al remolque con la ayuda de su hija mayor, en medio del calor sofocante del verano. Y así toda la tarde. Entrar de vuelta en el pueblo al final de la jornada, con la música del motor diésel y el remolque hasta los topes, era lo más parecido a un paseo triunfal que por aquí se conocía.

puerta V

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