La voz de Maria

Ah, todo o cais é uma saudade de pedra!
Álvaro de Campos / Fernando Pessoa

De mi cita con Maria Bethânia estoy dispuesto a hacer una sola concesión. Justificaré únicamente el lugar elegido para el encuentro. Nada más. Espero que con ello pueda darse por cerrado el debate en torno a mis relaciones con la gran cantante bahiana que tanto mal ha causado ya y que, obvio es decirlo, nunca ha estado en mi ánimo alimentar.

Contrariamente a lo que se ha dicho y publicado, Esauira, Essaouira si lo prefieren, no fue una imposición por mi parte. Cierto que convenía a mis planes un lugar donde la luz del Atlántico multiplicase su dureza hasta quemar las pupilas de Maria en el momento -instante que yo temía y cuya llegada creía inevitable- en que ella se dispusiese a invocar la palabra maldita, las sílabas que yo no estaba dispuesto a escuchar de nuevo en su boca. Admito que mi disposición era intransigente en ese punto, pero solo en ese punto. Desde luego, como ya he dicho, el lugar del encuentro no lo decidí yo, sino un azar geográfico. Maria se encontraba, como casi siempre, de turné, y debido a una faringitis que amenazaba con complicarse, hubo de tomarse un par de días de descanso en una ciudad europea que, para evitar ser de nuevo malinterpretado, evitaré precisar. Por mi parte, asuntos profesionales me habían llevado a realizar un largo y pesado viaje por el continente africano. En cuanto establecimos contacto telefónico, nos resultó sencillo colocar un compás sobre el mapa para decidir el punto equidistante.

Maria se me adelantó, pero no vino sola. Llegó con su mucamo. Un tipo enjuto, de piel cetrina y ademanes toscos, que solo hablaba portugués con acento de Lisboa. Lo vi por primera vez desde la ventanilla del autobús de línea que me traía de Marrakech. Su amabilidad excesiva al presentarse y ofrecerse a cargar mi equipaje me resultó desagradable. De repente noté que se abatía sobre mí todo el cansancio de la jornada. Tuve que hacer un esfuerzo para reprimir el vómito. Me puse en guardia y eso no me ayudó en absoluto cuando por fin estuve ante el inapelable azabache de los ojos de María, que me recibió con frialdad, como si nuestro encuentro fuera un asunto de intendencia. Ni siquiera esbaba vestida. Entiéndaseme bien, no es que me recibiese como Dios la trajo al mundo, sino que lo que llevaba encima no podía considerarse digno de una dama de su categoría. Tenía puestas unas vulgares prendas deportivas, un atavío con el que, pensé, jamás se dejaría ver por ninguna persona cuya existencia considerase relevante. Nos dimos un par de besos de cortesía. Cruzamos algunas frases insulsas sobre nuestros respectivos viajes y sobre asuntos de trabajo, se disculpó y me dejó esperando.

No fui yo quien forzó la cerradura de la habitación de Maria. Me gustaría dejar este punto meridianamente claro, y para ello estoy dispuesto a ir un poco más allá en mis explicaciones, aun siendo consciente de que cada palabra que diga a partir de aquí se volverá seguramente en mi contra. Cuando salimos de cenar en el Bleu Mogador -una cena por otra parte excelente, aunque ella casi no probó bocado- Maria rechazó mi propuesta de dar un paseo hasta los baluartes del puerto. Me pidió, en cambio, que la acompañara a su cuarto. Tenía algo que decirme. Por un instante y aunque los augurios no eran ni mucho menos favorables pensé que, después de tantos años, el momento que con todo mi fervor había esperado estaba a punto de llegar. Me preparé para escuchar la confesión que mil veces había oído en mis sueños, la gran Maria rendida a mis pies, pero también para cortarle el aliento si su discurso se encaminaba por los derroteros opuestos. Ya dije al principio que no estaba dispuesto bajo ningún concepto a escuchar la palabra prohibida. Al llegar vimos que la cerradura estaba reventada y la puerta, entornada. En el interior no encontramos más desorden que un libro abierto sobre la cama. Era el diario de María. Comprobamos que le faltaban tres hojas, que habían sido cuidadosamente arrancadas. En ese momento, su piel se apagó y el perfil anguloso del rostro se afiló como una pieza del mejor acero. El mucamo no estaba.

Intentó por mil medios localizar al portugués. Estuvo al teléfono toda la noche. Despertó a todos sus conactos: amigos de confianza, políticos, empresarios con influencias, antiguos amantes, confidentes… Cuando la luz empezó a filtrarse entre las tablillas de la persiana, se dio por vencida y dejó que su cuerpo de impala abatido cayera sobre el lecho. La melena de Maria cubrió la almohada como la cola de un pavo real en blanco y negro. “Vete”, me dijo con la voz más profunda que le he oído jamás.  “Vete -repitió-. Todo ha terminado. No tengo nada que ofrecerte”.  Salí sin una palabra. Sin tan siquiera despedirme. Sabía que cualquier cosa que intentase sería inútil. Sabía también que nunca volvería a oír su voz.

Soy consciente de que, por simple, esta explicación no satisfará a todo el mundo. Siempre hay almas torturadas incapaces de hallar reposo en lo diáfano. Vayan con Dios. Por mi parte, ¿qué más podría añadir? Ser la última persona que fue vista en compañía de Maria antes de que su voz se apagase para siempre ha pesado sobre mí como una losa durante todos estos años. He sido acusado de ser la causa de hechos terribles de los que simplemente fui testigo, sin haber tenido en ningún momento poder para detenerlos o encauzarlos. A veces pienso en el maldito portugués del que nunca más he tenido noticias y en aquellas tres hojas de diario. En mi desesperación he llegado a pensar que, de algún modo, debían de contener el secreto de la voz que tanto amé.

Cuando abandoné la habitación, ya había decidido quedarme en Esauira. En esta ciudad me he hecho invisible entre los americanos que se hartan de surf y pasean con indolencia por el zoco, con sus chilabas de mal paño y vulgares chancletas brasileñas en los pies. Algunas tardes cruzo la medina y me acerco al dique donde los vientos alisios sostienen el vuelo estacionario de las gaviotas. Me dejo embargar por la esperanza estúpida de que algún día esos vientos se llevarán hasta el otro lado del Atlántico los recuerdos descompuestos que envenenan mi cerebro. Hay días en que encuentro consuelo en la charla con los vendedores de pescado o con el hombre que ofrece zumo de naranja a los paseantes y reúno fuerzas para dirigirme a los muelles. Allí me quedo sentado durante horas, rodeado de embarcaciones pintadas de color azul cobalto. Permanezco inmóvil hasta que vuelvo a oír el metal denso de la voz de Maria: “O tempo é como o rio / Onde banhei o cabelo / De minha amada…” Con lacerante lentitud, el sol se sumerge en el océano y el muelle vuelve a ser únicamente esta triste añoranza de piedra.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: