Contra las partidas amañadas

Este momento em que sossegadamente nâo cremos em nada,
Pagâos inocentes da decadência.
(Ricardo Reis / Fernando Pessoa).

celda ajedrezMiré la pared alicatada y supe que nunca hubo nadie al otro lado del tablero. Enmudecí. La voz es un don. Un dios caprichoso la otorga o la niega y, en estas circunstancias, vas a quedarte sin saber lo que una vez te quise contar. Vas a quedarte sin saber que aquella tarde en que todo terminó pudo haber sido el comienzo de tantas cosas.

En estas circunstancias, no sabrás jamás que aquel puente que cruzamos para contemplar un paisaje intrascendente fue un sendero sin retorno, aunque volviésemos sobre nuestros pasos caminando a la par, buscando un sitio para cenar que no resultase demasiado caro ni demasiado parecido a los lugares donde los extranjeros inventan finales felices para las historias que deben llenar la maleta.

Si al menos existieras, si el viento que te ha tocado la cara no se hubiera aun desordenado, te explicaría por qué cada uno de los pasos con que alargamos aquella tarde nos fue acercando a la verdad de tu quimera, dorso de mi culpa. Por qué a la puesta de sol no siguió una noche estrellada, sino un azar de bebidas mal mezcladas y aquella náusea controlada que nos dejaron los canutos liados con torpeza. Por qué con todo a favor fuimos incapaces de encontrarnos. Por qué mientras la habitación en que nos encerramos se hacía más y más pequeña entre nosotros se iba abriendo una distancia infinita, y la lluvia que empezó a caer al otro lado de los cristales ahogaba discursos neonatos. Parlamentos brillantes, por cierto. Bien estructurados, cuajados de giros efectistas y declaraciones solemnes pero desprovistos, pronto de vio, de tratamiento waterproof.

A la mañana siguiente, cuando respondí al segundo toque de tus nudillos en mi puerta imaginé que me iría con la cabeza erguida, pero con las necesidades fisiológicas pendientes de liquidación. Poco me equivoqué. El resto de la historia está escrito en las secciones de sucesos.

Ahora que la partida está perdida, miro de nuevo la pared alicatada y sé que nunca ha habido más vida al otro lado del tablero. Igual que sé que en el patio vacío la lluvia forma un río que arrastra las blasfemias de este ilustre vecindario después de mecanografiarse sobre el suelo de cemento. ¡La lluvia! ¿Cómo habría de guardarle rencor? Hace tanto tiempo que no la siento en los párpados que he aprendido a imaginarla con la precisión de un zahorí. Pero ¿qué más da? Pronto se cerrará la puerta y el chasquido del cerrojo será la última liebre asustada que correrá por la galería. Te recordaré en ese instante y a mi alrededor se hará el silencio.

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