En este pueblo (III)

En este pueblo, los rapaces se colgaban del coche de línea hasta conseguir que el motor se calase en la cuesta de la iglesia. La tecnología del gasógeno daba poco de sí, igual que la paciencia del conductor y el humor del pasaje, compuesto mayormente por mujeres de luto y soldados de permiso. La camisa azul del chófer asomando por la portezuela era la señal esperada. ¡A correr!

En la misma cuesta, los hijos de aquellos pequeños malhechores echaban carreras en bicicleta a última hora de la tarde. Sin frenos y a toda velocidad. No era infrecuente que alguno calculara mal la parábola y fuera a estrellarse contra la casa que está a la salida de la curva. A los llantos del coitado las mujeres acudían con maldiciones, agua oxigenada y galletas María Fontaneda como principales herramientas de consuelo.

Hoy los chavales se sientan un poco más abajo, a la puerta del ayuntamiento viejo, y se enganchan a la red wifi municipal con teléfonos y tabletas. No hay carreras, ni gritos ni lamentos. Los mayores no saben muy bien qué es lo que hacen, pero sospechan que nada bueno. En este pueblo se sigue profesando la misma fe: “Los rapaces son el demonio”.

puerta

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  1. Las travesuras de ayer y de hoy son cometidas por los más jóvenes. Y toman por aliada a la tecnología. Lo que permanece inmutable es el prejuicio: “Los rapaces son el demonio”.

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