Trabajos de verano (IV). El gigante, la virgen y el ángel

Foto tourmaletMuchas cosas habrán cambiado desde que, en 1910, Octave Lapize alcanzó el collado del Tourmalet a la cabeza de la caravana de aventureros y proletarios del pedal que entonces formaba el Tour de Francia. En aquella época, los lobos acechaban a quienes se atrevían con el incierto sendero que llevaba a este paso a 2.115 metros de altitud entre los valles que forman los ríos Adour, al Este, y Gave de Pau, al Oeste. Hoy no queda rastro de alimañas. Lo que tenemos es una carretera estrecha pero bien asfaltada que en verano se llena de coches, autocaravanas y, por supuesto, ciclistas. Es necesario esperar turno para hacerse la foto del triunfo junto a la escultura que rinde homenaje a Lapize y a todos los que le siguieron.

Muchas cosas habrán cambiado pero, con el permiso del calentamiento planetario y ese tipo de detalles, se me antoja que la fe suicida con que las aguas de la Gave de Pau descienden a su paso por Barèges ha de ser la misma de hace ciento y pico años. Sin perder el aspecto gélido que le da su color entre turquesa y gris, los rápidos van calmándose conforme el curso fluvial sale del cañón y el valle se abre, cerca ya de Argelès-Gazost. Pese a todo, la corriente sigue siendo vigorosa. Como los miles de creyentes que cada día llegan desde todo el orbe católico, la Gave de Pau corre hacia la gruta donde aguarda la Señora de los milagros. Allí las aguas se remansan y la multidud llena las estrechas calles aledañas, en una fiesta de sotanas jóvenes, sillas de ruedas, boy-scouts rebosantes de entusiasmo y paños multicolores en los que se envuelven gruesas mujeres de raza negra. Los restaurantes ofrecen menús baratos y redes wifi gratuitas. Las tiendas de souvenirs, garrafas de plástico con la forma inconfundible de la madre de Dios a uno noventa, uno y cero cuarenta euros, dependiendo del cubicaje.

Hay una forma de evitar Lourdes para hacer un recorrido circular de un centenar de kilómetros con el Tourmalet como trofeo mayor. El truco es abandonar la carretera principal, saturada de tráfico, en Lugagnan y tomar una comarcal que parece un secreto guardado entre los bosques. Yo no conocía la variante cuando instalé mi base a un paso de Bagnères de Bigorre pero, tras acabar su partida de petanca, un vecino de alojamiento me la mostró amablemente, paseando un grueso índice sobre el mapa Michelin. “D-26: Lugagnan, Juncalas, Arrodets, Pouzac”. Así lo anoté en mi improvisado libro de ruta, pero la cosa dejó de estar clara en el primer cruce.

“De frente y a la derecha en la siguiente intersección, dirección Neuilh”, me indicó con seguridad la rubia de la bicicleta con alforjas a la que acababa de desapachar con un lacónico “bon jour” un par de kilómetros más atrás. Así pues, continué con las fuerzas mermadas por más de cuatro horas de marcha, no sin antes despedirme de la rubia por segunda vez.

En el siguiente cruce, de nuevo la duda: Arrodets a la derecha, Neuilh, a la izquierda. Me atengo a mi rutómetro y tomo la primera opción pero, tras un corto ascenso, la carretera muere en el pueblo. Un granjero sorprendido me recomienda dar media vuelta. Vuelvo sobre mis pasos y, al cabo de unos minutos de pedaleo sin fe, veo de nuevo la espalda magra de la rubia sobre la bicicleta cargada. Sus pies van enfundados en unas sandalias que ni siquiera se ha tomado el trabajo de abrochar. Su piel curtida es de color dorado y sus ojos, de un tono muy parecido al de los rápidos de la Gave de Pau. Mientras mantiene el ritmo sin un jadeo, Françoise me cuenta que viene de Pau, la ciudad, adonde ha llegado en tren desde Burdeos, porque en Francia, señores, ¡los trenes transportan bicicletas!… “¿El Tourmalet? No me gusta”, asegura mi ángel mientras me explica su plan: trepar “como una hormiga” por el col d’Aspin y llegar a Saint-Lary Soulan.

Me despido maravillado, soñando en viajes con alforjas y preguntándome por qué demonios a Françoise no le gusta el Tourmalet. Pienso que tal vez sea el modo en que el asfalto parte en dos los hayedos, el tráfico excesivo o las enormes edificaciones de la estación de esquí de La Mongie, que rompen el paisaje en mitad de la ascensión. Tal vez lo que no agrade a mi admirada ciclista rubia sea la ausencia de los lobos, exterminados hace décadas, o el teleférico que, con permiso de las nubes, pone los 2.877 metros del Pic du Midi de Bigorre al alcance de los excursionistas con pantuflas.

Ahora vuelvo a recordar las rampas de pendiente asequible pero constante que, en un esfuerzo de casi dos horas, subí aquella mañana y pienso que es posible que el desagrado de Françoise tenga que ver con la maldición que el primer rey del Tourmalet lanzó sobre el gigante en aquel lejano 1910. Tras ser el primero en alcanzar el collado sobre su bicicleta de hierro, Octave Lapize calificó de “asesinos” a los padres de la idea de llevar el Tour de Francia por semejanes caminos. Lapize pasó a la historia por esta acusación y por su triunfo en la carrera, pero no murió en el Tourmalet, sino en la Primera Guerra Mundial. Allí el asesinato, hay que admitirlo, estaba mucho mejor planificado.

La ruta en Wikiloc (con algunos errores del GPS).

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