Ítaca

sombreroEsta noche ha vuelto a soñar. Despertó como se regresa de los malos viajes: empapado en sudor, desorientado, temeroso. En la cama ya no quedaba más que el desorden de las sábanas y la impertinente luz de las mañanas que se presentan sin programa.

El sueño venía a ser una versión libre, un desarrollo posible, de hechos innegables de su pasado por los que nunca ha sentido especial cariño. Acontecimientos lejanos en los que su voluntad jugó tal vez algún papel y que, en forma de recuerdos, el tiempo había ido empujando hacia el vertedero del remordimiento. Ahora recobraban su antigua nitidez y, con extraña coherencia argumental, se proyectaban sobre el presente y sobre el futuro inmediato. El resultado no era suficientemente inverosímil como para hacerlo inocuo.

Tendido en la cama, atesora la pesadilla durante unos instantes. Hasta hacer de ella un relato. Sabe que, para que el sueño no se evapore, es preciso no solo evocarlo sino también trazar con firmeza los contornos más borrosos, buscar materiales nuevos para los ausentes. El trabajo se parece al de los restauradores de viejas joyas arquitectónicas convertidas en atracciones para los turistas.

La obra final le aterra, pero es mayor la fuerza con que le atrae. Mientras desayuna termina de convencerse. Seguirá los pasos del protagonista, que tanto se le parece, y comprobará de este modo si los secundarios se atienen igualmente al guión. La decisión está tomada. Mañana parte para Ítaca.

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