Ventisca de sangre / 1. Pintando a Loïc

Sigamos pues el criterio de la poeta. Estamos acostados bocarriba, en la posición perfecta para crear. Somos (soy) un ahogado semienterrado en la arena. Eso es… Pongamos la primera mancha sobre esa nada a la que llamamos cielo. Empecemos a pintar a Loïc.

chaquetaComenzaremos por la ventana: un cielo (de nuevo el cielo) plomizo, hilachas de nubes que se agarran a las cumbres, una carretera que serpentea, farolas encendidas que tiemblan agitadas por la ventisca, un aparcamiento lleno de coches sepultados bajo la nieve. En realidad, la nieve lo cubre todo desde hace semanas. Los ojos de Loïc repasan el cuadro sin detenerse en ningún detalle particular. Es el paisaje de cada día, en la versión correspondiente a las tardes breves, tormentosas y desapacibles del invierno. Loïc apoya en la oreja el teléfono inalámbrico, a través del cual oye la predicación monocorde y ligeramente gangosa del comisario Gallopin. Accidente fuera de pista, joven fallecida, nacionalidad venezolana, artista conocida y bien relacionada, agilizar trámites, evitar que los periodistas metan las narices. Las palabras del comisario se cuelan en el cerebro de Loïc a través del oído derecho pero apenas se imprimen en el registro de su memoria. Por el momento, su única reacción ha sido pensar en lo muy asfixiado que debe de estar el hijoputa de su jefe para levantarle la suspensión de empleo y sueldo y encargarle una mierda de caso que suena a burocracia y a crónica rosa de la peor especie. Pero ha sido solo un pensamiento pasajero. Mientras sostiene el teléfono, escribe sobre el vaho del cristal con cuidada caligrafía: “Que te den por el culo, comisario Gallopin”. Si hubiera forma de monitorizar la actividad cerebral de Loïc, quedaría científicamente demostrado que, pese a lo que pueda parecer, sólo una mínima parte de su capacidad para procesar información está consagrada a su jefe y a la misión que acaba de encomendarle.

El dedo índice de Loïc se desliza con precisión sobre el cristal húmedo, mientras dirige a su interlocutor rítmicos sonidos guturales destinados a dar al monólogo una cierta apariencia de conversación. Entre tanto, en su mente da vueltas la imagen que le persigue desde esta mañana. El día se levantó soleado y apacible, caluroso incluso, a la espera de la ventisca anunciada en todos los pronósticos meteorológicos. Loïc cruzaba distraído la explanada del aparcamiento del hotel Mercure, camino del supermercado, cuando sus ojos topezaron con los de la joven sentada en la parte trasera de la furgoneta Volkswagen. Un par de enormes ojos de un color situado en algún punto del continuo marrón-verde y enmarcados por el eyeliner. Loïc se quedó enganchado en ellos mientras la chica permanecía inmóvil y aparentemente concentrada, en la postura del loto, sentada sobre un cajón, el portón de la furgoneta abierto, dejándose bañar por la luz. Vestía un par de mallas de estampado piel de leopardo y una sudadera negra con el nombre de la Universidad de Cambridge impreso en caracteres blancos muy grandes. Llevaba el pelo recogido en una cola de caballo y un minúsculo brillante sobre la aleta de la nariz. Loïc pensó en las gotas de sudor que debían de estar brotando sobre su piel al otro lado de la tela oscura, en la que el sol vertía toda la fuerza del día. Consideró la ondulación que su pecho otorgaba a la palabra “University” y, como un autómata, se dirigió hacia ella. Sin un plan. Atraído por una fuerza extraña y superior a su voluntad. Cuando se vio frente a la chica, no encontró palabras e inició un patético balbuceo que hizo que ella abandonara su ejercicio.

– ¿Se encuentra bien, señor?

Las palabras de la joven le hicieron reaccionar. Se dio media vuelta sin articular una respuesta y emprendió una retirada atropellada y sin honra. Cuando recuperó del todo el dominio de sí, continuaba caminando más allá de la pista de hielo. Había recorrido al menos quinientos metros sin ser consciente de sus actos. La pierna derecha comenzaba a dolerle, como un anticipo infalible del cambio de tiempo. En sus sienes palpitaba la palabra “señor”.

La palabra “señor” pronunciada por la chica que practica yoga en la parte trasera de la furgoneta Volkswagen, plantada frente al mejor sol del invierno, los enormes ojos de color indeterminado retóricamente enaltecidos por el eyeliner, la sudadera negra, la ondulante palabra “University”, la imaginada humedad de la piel… Loïc no pudo pensar en otro género de cosas en toda la mañana. Comió solo en casa, encendió la tele y se quedó dormido. Cuando despertó, consideró la posibilidad de masturbarse, pero la descartó al mirar el reloj y darse cuenta de que tenía el tiempo justo para ir a buscar a los niños al colegio, misión que cumplía cada día desde el inicio de su castigo. Recoger a los niños en la escuela era una de las pocas tareas agradables de su nuevo plan de vida, a condición de evitar cualquier tipo de interacción con la horda de padres y madres que aparcaban sus coches de cualquier manera y se lanzaban a por las criaturas como si en ello les fuera la vida, manifestando un entusiasmo fingido por las actividades escolares y un interés a todas luces falso por las vidas de los demás miembros del comité de recepción.

De vuelta en casa, Loïc cumplió un día más con la doble ceremonia de la merienda y el baño, artes que, después de dos meses sin ir al trabajo, dominaba de forma rudimentaria pero, al fin y al cabo, efectiva. Al menos, con una solvencia lo suficientemente aceptable como para que Margot accediera a despedir a Mariana, la polivalente y animosa chica brasileña que se ocupaba de los niños desde que terminó el verano. El pequeño Marc se adaptó de inmediato, pero Nicolas, más consciente de las limitaciones de su padre, tardó en aceptar el nuevo orden de las cosas.

Margot sorprende a su marido escribiendo sobre el cristal de la cocina, con el teléfono atrapado entre el hombro y la oreja derecha. Observa los restos de la merienda sobre la mesa, los platos sucios apilados en el fregadero, la ropa de los niños tirada por el suelo. El caos habitual. Un zafarrancho que no siempre se siente con fuerzas de enfrentar cuando llega a casa después de todo un día de trabajo. La mujer se queda observando cómo Loïc cuelga el teléfono y permanece en la misma postura, inmóvil frente a la ventana, ajeno a su llegada. Cuando posa la mano sobre su hombro, Loïc se gira y le dedica apenas una mirada ausente.

– ¿Y los niños?

Loïc tarda en reaccionar y responde sin convicción.

– Hola… ¿Los niños?… En el baño.

– ¡Joder, Loïc! ¡Los niños!

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