Contra las caídas tontas

A mi amigo J.P.G.

muchachaLa muchacha está sentada frente al mar, muy cerca de la orilla. A su lado, una gran bolsa multicolor cuyo contenido ignoramos. Hace un día estupendo. Un auténtico día de julio. La muchacha sujeta un periódico a la altura de unos ojos que no podemos ver y, aunque esos ojos probablemente estén posados sobre las líneas del diario, su mente anda en otra cosa. De eso sí que podemos estar seguros. “El hijo guapo de Teresa se ha roto un pie”. La muchacha recibió la noticia en estos términos y desde entonces no ha podido quitársela de la cabeza. Se atravesó en su cerebro como las compradoras avezadas se atraviesan ante los mostradores de las rebajas. Luego supo que la noticia no era exacta. No ha sido un pie lo que el hijo guapo de Teresa se ha fracturado, sino un trocito de la parte baja del peroné, que es, más que un hueso del pie, un hueso de la pierna. De esto también podemos estar seguros. Lo malo es que ese trocito se ha quebrado de mala manera y la pierna no va a recomponerse sin la ayuda del cirujano.

Mientras el sol baña su espalda todavía pálida, la muchacha recuerda que el hijo guapo de Teresa ya tiene el pie izquierdo maltrecho, ligeramente desviado el eje de simetría del cuerpo a causa de una auntigua lesión mal curada. Ahora le ha tocado al pie derecho. Podríamos decir que ha sido mala pata, pero no tendría gracia. Esta clase de ocurrencias sin chispa son completamente ajenas a la mente analítica y al mismo tiempo empática de la muchacha. En su memoria se agolpan, en cambio, las numerosas ocasiones en las que ha visto al hijo guapo de Teresa dar con sus huesos en el duro suelo. A lo largo de los años le ha visto caer en las más variadas posiciones, desde alturas diversas y sobre diferentes partes de su cuerpo, que hasta hoy parecía estar dotado de una elasticidad de superhéroe humilde.

En una ocasión, recuerda la muchacha sin desviar los ojos del diario que no lee, el hijo guapo de Teresa se precipitó al vacío desde el techo de una cabina telefónica y fue a aterrizar sobre el coxis, que viene a ser el hueso que recuerda a los humanos que una vez tuvieron cola. Quienes presenciaron la escena dudaron entre llamar a la ambulancia o al coche fúnebre, pero él se levantó como si tal cosa y continuó a sus asuntos. En otra ocasión, el hijo guapo de Teresa hizo un giro brusco para escanear la retaguardia de una joven que se cruzó en su camino y, al intentar recuperar la trayectoria inicial, sus piernas se entrelazaron. Cayó como un saco sobre su nariz, pero siguió de fiesta toda la noche.

Sin oír el rumor de las tímidas olas de julio, la muchacha sigue repasando historias con idéntico protagonista que terminan en un gran ¡plaf! Hasta que su imaginación la lleva al quirófano en el que hoy van a operar al hijo guapo de Teresa. Seguramente se ocupará del asunto un médico competente y en pocas horas el convaleciente estará en su casa tan contento, rodeado de amigos o entregado a una buena lectura. Pero la muchacha no puede quitarse de la cabeza la imagen del betadine untado generosamente sobre la pierna, el bisturí que corta la carne, los fórceps que la abren, el cirujano que atornilla el hueso roto mientras comenta las noticias del día con la troupe de auxiliares… Un espasmo sacude el cuerpo de la muchacha, que hunde el pie derecho hasta sentir el frío de la arena húmeda. Es natural sentir simpatía por el hijo guapo de Teresa. Es fácil quererlo.

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