Seres humanos

Somos seres humanos, hijo mío, casi pájaros
héroes públicos y secretos.
Roberto Bolaño
cisnes

“Easy, easy…”. El negro no va a tomarse el trabajo de dilatar la pupila para comprobar el billete del viajero y se lo hace saber con esa repetición, que pronuncia con pausa. Pero el viajero es nuevo en Lewisham y el mensaje no le acaba de llegar, o no le resulta convincente, así que rebusca en los bolsillos mientras ralentiza el paso. En las paredes alicatadas de la estación reverbera la música pobre en armónicos de un transistor. Cuando el viajero azorado llega a la altura del empleado del metro, por fin ha logrado encontrar lo que buscaba, y lo muestra con la satisfacción del ciudadano que cumple las normas. “Easy, easy”, insiste el negro, inmóvil en su silla, las pupilas congeladas. La corbata cuelga de su cuello con la desgana del turno de tarde. Una centésima de segundo antes de que el cruce de miradas se extinga, el negro deja que sus labios se alarguen ligeramente. El viajero lo interpreta como una sonrisa hospitalaria, mientras atraviesa la puerta y recibe el sopapo del aire de febrero. Son las siete y la noche está cerrada a cal y canto.

En el amplio hall, los negros aguardan la llegada de los equipajes. Son tipos enormes, de un tamaño acorde al de las maletas que circulan por los hoteles de Washington D.C. En sus largos ratos de espera, los negros se agrupan debajo de la majestuosa escalera con barandilla de latón dorado y conversan con voces graves que el suelo enmoquetado se bebe de inmediato. A la llegada de los clientes, se levantan sin prisa y se desplazan hacia los equipajes con levedad de bailarinas. El viajero todavía está reconociendo su habitación cuando oye que llaman a la puerta. El negro le saluda con un “morning” y, sin esperar permiso, entra y deja las maletas junto a la cama de dos por dos. El viajero rebusca en sus bolsillos hasta encontrar algunas monedas de cuyo valor no está demasiado seguro. De nuevo en el hall, reconoce al maletero en su rincón y le saluda con un “morning”. Una centésima de segundo antes de que el cruce de miradas se extinga, el negro deja que sus labios se alarguen ligeramente. El viajero lo interpreta como un Welcome to America, mientras atraviesa la puerta y recibe la caricia del aire de junio. Son las once y la mañana resplandece.

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