En este pueblo (II)

En este pueblo, sólo un honor aventajaba al de obtener la confianza del dueño de las vacas: merecer la de Elías para subir a lomos del macho. A horcajadas sobre la espalda de la caballería, el mundo toma una perspectiva nueva. Lo grande se hace pequeño y lo que solía estar arriba de repente se ha quedado abajo. Hay que contener la respiración para resistir el vértigo del montañero inexperto. Sujeto del ronzal por la mano firme de su amo, el mulo apenas agita la cola para remover la nube de moscas.

Elías tiene los ojos azul turquesa, el pelo más blanco que gris y la sonrisa franca. La piel, de color dorado y muy cuarteada, dividida en cuadraditos perfilados por surcos profundos, como el cuero de los grandes reptiles de la National Geographic. Elías sonríe todo el tiempo y habla sólo lo necesario. Cuando Irene llega de la vega, la espalda doblada bajo el ato de berzas, su marido no tiene más que decir. Uno espera que la mujer deje el fardo y se enderece, pero solo lo primero sucede. A fuerza de venir cargada de la vega, Irene ha acabado por quedarse doblada para siempre. Ella también sonríe casi todo el tiempo, pero con menos luz, porque sus ojos son pequeños y les falta un color que los defina. Tiene la piel ocre y atravesada por líneas finas que se cruzan en todas direcciones. Su pelo es ondulado y más negro que gris, por mucho que lo esconda debajo del pañuelo.

En casa de Elías e Irene se ve la tele y se comen rosquillas dulces y chorizos picantes. Se come con hambre o sin ella, y luego ya se puede ir a ver las gallinas y los conejos. A última hora de la tarde, Irene suelta el cocho. El animal corre libremente por el corral, mientras gruñe y pasea el hocico por todas partes. Es un cerdo enorme, un bicho que impone respeto a todo el mundo menos a la nieta de Elías, la niña de la casa, que es inquieta como un rabo de lagartija. Es muy lista y no tiene miedo a nada. Su abuela la sabe llevar, hasta que se cansa y le grita: “¿Dónde vas? ¡Tarabanco!”.

Cuando de cochos se trata, en este pueblo se recuerda una tragedia de la época en que las mujeres parían ocho veces para sacar adelante una criatura, o dos en el mejor de los casos. Sucedió, según se cuenta, que el cerdo estaba suelto y que el recién nacido quedó desatendido por unos momentos. Fue poco tiempo, pero el suficiente para que el puerco encontrara la cuna y se saciara con las manitas del inocente. La historia es triste y la moraleja no está clara. Tampoco se precisa en qué casa sucedió ni cuál fue el destino del desdichado rapaz. Lo cierto es que en este pueblo no se conoce ningún manco.

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  2. Me encanta esta sección, es fresca. divertida y estupendamente escrita. Se respira la vida de esos pueblos que van desapareciendo por desgracia.
    Muchas gracias!

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