Arroaces

¿De qué perdida claridad venimos?
Blanca Varela.

arroacesEl viejo del paraguas arrojó al hogar un puñado de leña menuda y esperó a que la llama se alzase. Sin dejar de mirar el fuego que se reflejaba en su rostro curtido, comenzó a contar a sus dos compañeros de refugio la historia insólita de la que había sido testigo. Empezó por explicar que aquel día no tan lejano llovía. Igual que hoy las gotas de agua resbalan por los cristales y distorsionan los objetos a la intemperie, otorgándoles una nueva geometría líquida: el abedul de aspecto anémico, los automóviles detenidos, el contenedor de la basura… La lluvia hace que el tiempo avance sin ganas, piensa el viejo del paraguas. Y este pensamiento le traiciona, porque le obliga a interrumpir su relato apenas iniciado.

Así que aquel día llovía, retomó por fin el viejo del paraguas, apartando la mirada de la lumbre y girándose hacia su escasa audiencia, como si con ese movimiento quisiera dar a las circunstancias climáticas una importancia sustancial, o como si pretendiera ganarse la atención del traductor de Joyce y del niño pelirrojo, que le miraban con indiferencia. Al contrario que la de hoy, precisó todavía, la de aquel día era una lluvia de gotas espaciadas y livianas. Uno de esos chuvascos de primavera que dejaban lugar para el aire y que no asustaban a los caminantes decididos.

Aquel día el mar estaba en calma absoluta y era de un azul metalizado que se oscurecía gradualmente hasta hacerse casi negro en el lugar donde se encajaba con el cielo gris. El resultado era una línea nítida y una definición perfecta de toda la costa que hacía visible cada pliegue de los acantilados. Incluso de los más lejanos.

Desde la playa, el hombre del paraguas reparó en el baile de los arroaces, justo en mitad de la bahía, a escasos metros de la orilla. Le sorprendió el ritmo preciso con el que sus lomos se asomaban a la superficie, describiendo un arco. El hombre mantenía fija la mirada, contaba hasta cuatro y ahí estaba de nuevo la espalda brillante del cetáceo, coronada por la puntiaguda aleta dorsal. Le llamó la atención esa cadencia perfecta y también la cantidad de algas que la marea había depositado sobre la arena. Una materia de color marrón oscuro y de textura gelatinosa que se acumulaba en el límite de la pleamar formando una barrera que obstaculizaba el acceso al agua. El hombre del paraguas se alejó en cuanto creyó percibir un ligero olor a putrefacción y se dirigió de vuelta hacia el aparcamiento, con ganas de dar por finalizado su paseo playero. Entonces los vio.

Sentados en las dunas. Tan tranquilos. Charlaban con calma mientras compartían comida y bebida, insensibles a las finas agujas de agua que caían sobre ellos. Cuando pasó a su lado, el hombre del paraguas evitó responder al saludo que le dedicaron. Se dirigió a la caseta desvencijada del socorrista y desde allí lo observó todo.

Los vio bajar de las dunas y recorrer la playa en busca de una fisura en la barrera de algas. Despojarse de sus ropas. Probar el agua y retroceder tras el primer contacto. Alejarse en una carrera suave junto a la orilla y volver cada vez más deprisa, como si cada uno de los dos quisiera ser el primero en atravesar una imaginaria línea de meta trazada sobre la arena. Detenerse un instante y por fin entrar al agua, de nuevo a la carrera. Salir y volver a entrar otra vez. Siempre corriendo, siempre con estruendo de risas. Así lo hicieron varias veces hasta que el juego pareció apaciguarles o aburrirles. Cogieron entonces la línea del horizonte, la guardaron junto a la ropa mojada y se retiraron más allá de las dunas. Cuando el hombre del paraguas los perdió de vista, el mar y el cielo estaban ya fundidos en una única masa plomiza. La lluvia de primavera se había convertido en este aguacero tenaz.

– ¿Qué es el horizonte?, preguntó el niño pelirrojo.

– ¡Cuentos de viejos!, respondió con desdén el traductor de Joyce.

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