Selfie del ciclista cansado

Foto de Felipe Nóvoa

Foto de Felipe Nóvoa

Pasado Ordes, en los toboganes de la AC-413, el señor X empezó a ver cómo sus compañeros de jornada se alejaban poco a poco. El señor X se aplicaba con ardor en el pedaleo, pero alguna válvula dentro de su pecho parecía haberse cerrado. El caudal de oxígeno que, mal que bien, había llevado sangre fresca a sus piernas durante toda la jornada se reducía ahora de manera desesperante, mientras las figuras del señor B., el señor N., el señor F. y el señor J.L.F. se hacía más y más pequeñas. Mientras las cuestas se hacían más y más largas.

Sin dejar de ver a sus camaradas en la distancia, el señor X visualizó entonces el resto de su vida. Solo. Avanzando cada vez más despacio en medio de un paisaje sin encanto. Entre granjas apestosas y casas sin recebo donde los perros encadenados le negarían la entrada. Con la bicicleta como única compañía y un plátano machacado por el traqueteo de la marcha como único alimento no procesado. Caería la noche y entonces el señor X encendería su moderno sistema de iluminación de patente alemana. Volvería el día, y el señor X lo apagaría. Cuando hiciera frío, pararía un momento para ponerse ropa de abrigo que extraería de la elegante bolsita de patente británica alojada tras el sillín. Cuando calentara el sol, se detendría una vez más para quitársela y guardarla de nuevo. Con el paso de los días, la barba y las uñas crecidas le darían un aspecto de robinsón uraño que asfixiaría toda esperanza de volver a ser aceptado en el mundo de los seres humanos que no pedalean. Sería así el ciclista errante. Alma en pena sobre dos ruedas. Como Aquiles persiguiendo a la tortuga, el señor X nunca alcanzaría A Silva, lugar de sellado obligatorio según el carnet randonneur cuidadosamente alojado en el bolsillo de su maillot y cuyas inscripciones, sancionadas por el Audax Club Parisien, se irían difuminando con el paso del tiempo.

Así fue hasta que el señor X, que en ningún momento había abandonado su empeño pedaleador, levantó la cabeza y, con una sensación en la que el estupor y el dolor de cervicales se mezclaban a partes iguales, vio que el señor B, el señor N., el señor F. y el señor J.L.F. volvían a estar a su alcance. Sus cuatro compañeros habían reducido el ritmo drásticamente para permitir que el rezagado les diera alcance. Cuando, exhausto y aliviado, llegó por fin a la altura del grupo, el señor X no dijo una palabra. Se puso a rueda y trató de recuperar el aliento. Entonces le sorprendió el ruido de la marea. Se quedó un rato escuchando, como si aplicara el oído a los labios fríos de una caracola, hasta que no le quedaron dudas. Era el mar de Ares que, como un amuleto sonoro, el señor N. trae siempre encerrado en su macuto hexaédrico, junto al resto de sus efectos personales. ¡El mar encerrado en una maleta que viaja sobre una bicicleta!… Fue en ese momento cuando el señor X se supo a salvo.

Crónica de la brevet de 300 Km. del Club Ciclista Riazor.

La ruta en Wikiloc.

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  1. Domingo

    Genial Anxo, como siempre. Me encanta tu forma de escribir. Describes la vivencia como un cuento corto, un relato de maestro. Un saludo.

  2. Muchas gracias, Domingo. Me alegro de que te haya gustado. Un saludo.

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