Trabajos de primavera (II). Los palomares vacíos

Los PortillinosEn el silencio de Corporales todavía resuena el llanto de pólvora de los huidos del 36. A la entrada del pueblo, sobre la ladera, un poco por encima del nivel de las casas, hay un par de palomares bien encalados, pero vacíos. En esta comarca de La Cabrera y en la vecina de El Bierzo la historia de la guerrilla antifranquista es la leyenda de Girón. Fue en Corporales donde él y los de su partida burlaron la emboscada que les tendieron doscientos guardias civiles. Huyeron a través de la trama de pasadizos secretos que habían labrado en los muros de las casas. El pueblo era suyo. A Girón lo mataron finalmente en el 51, pero no tuvo un entierro digno hasta 1997. El cuento de sus hazañas todavía se narra en voz baja, con el aliento entrecortado por la admiración y el temor.

Tal vez una de esas casas de piedra que dieron cobijo a Girón y a los suyos sea hoy este bar en el que me reciben con un puñado de olivas negras para acompañar la cerveza. El jefe me explica que los fondos europeos alcanzaron para encalar y retechar los palomares, pero no trajeron de vuelta a las palomas. Cuando le cuento mi intención de alcanzar Los Portillinos y, tal vez, si quedan fuerzas, bajar hasta la estación de esquí arruinada de El Morredero, hace un gesto leve de asentimiento. Muchos ciclistas aficionados hacen esta ruta. Arriba hay nieve, pero la carretera está libre y recién parcheada, me informa un parroquiano que se une a la charla. Las cejas se enarcan cuando les explico lo que ya llevo en las piernas. “Pues nada, hombre, nada. Esto son dos kilómetros de subida y luego ya es todo llano. Si quieres, a la vuelta vuelves a parar y nos cuentas cómo te fue”. Y sellan el desafío con una sonrisita de medio lado… Así funciona la retranca por estos pagos. Abono la cuenta y desaparezco.

El caso es que partí bien temprano porque sabía, entre otras cosas, que la subida a Los Portillinos desde Corporales no son dos, sino casi once kilómetros de cuestas, con rampas sostenidas de entre el nueve y el diez por ciento. Pero, en mi plan, esta ascensión ya conocida era solo la guinda a un recorrido exigente con paso previo por otros dos altos: Carvajal y Peña Aguda. Y encima, viento de cara nada más salir de Castrocontrigo.

El Carvajal se empieza a subir piano piano por las rectas que vienen después de Truchas, entre prados amplios desde los que me vigilan las vacas con sus terneros. Como sobre un blanco móvil, fijan en mí su mirada acuosa. Parece que con ello quisieran sellar un pacto de no agresión que acepto sin reparos mientras alcanzo Iruela y afronto la parte seria del puerto. En la bajada me sorprende la cuerda de los montes Aquilianos espolvoreada de nieve. Entre pinos de inusual esbeltez, disfruto de un auténtico paisaje alpino.

De trabajos anteriores, ya conozco la bajada vertiginosa sobre asfalto perfecto que me lleva hasta Quintanilla de Losada, donde cojo el desvío hacia Robledo, al lado del río Cabrera. Este es el inicio de la ascención a Peña Aguda, pero podríamos decir que también a Los Portillinos, ya que entre medias sólo hay un pequeño descansillo. Así que son algo más de 1.100 metros de desnivel que hay que salvar en unos veinte kilómetros. En Nogar, el mastín de guardia me anima con los tres ladridos de rigor y continúa con su siesta.

Renuncio a la fuente que hay junto al cartel de Peña Aguda, para abrevar en Corporales, en busca de la cerveza y las noticias que ya quedan reseñadas. La salida del pueblo se hace por una rampa tendida, que se mantiene durante unos cuatro kilómetros, hasta que se cruza un puente y se gira a la izquierda. Aquí empieza lo verdaderamente duro. Una carretera rectilínea en fuerte pendiente que no da tregua. Avanzo sobre una ladera de monte bajo que en cada estación toma un color diferente y que ahora comienza a pintarse de malva. Inclinado sobre el manillar, buscando con la boca el aire que me falta, pocas notas más del paisaje soy capaz de retener. Por fin, una curva de herradura realmente empinada pone ante mis ojos el valle por el que discurre el río Eria y me permite comprobar la altura considerable que con tanto trabajo he ganado. Pero, tras un segundo giro, vuelven las rectas, con su promesa siempre incumplida de un final. Pienso: esto es muy largo. Pienso: esto es muy duro. Pienso: me doy la vuelta. Pienso: ya lo intentaré otro día con más calor, otro día con más fuerzas, otro día con más ganas. Pienso… Hasta que el pensamiento se aplaca y, finalmente, se detiene. El cerebro se concentra entonces en la tarea única de mandar a las piernas la orden de seguir y seguir. En pos de esa sombra de mí mismo que se proyecta en el asfalto y que ahora es mi señuelo. Ritmo y paciencia. El tiempo ya no cuenta. ¿Quien dijo que dar pedales activa el pensamiento? Al contrario, lo detiene. Ejercicios de meditación sobre dos ruedas.

Cuando alcanzo la altura de los primeros neveros, la pendiente se hace un poco más suave. Lo que tengo a mi alrededor son cumbres desde las que amenaza un tiempo casi siempre inestable. Afortunadamente el viento está en calma en el Llano de las Ovejas, que es en realidad el punto más alto de la ruta. Luce el sol pero hace frío. La familia que se desliza en trineo por un enorme parche de nieve que ha dejado el invierno ni siquiera me ve pasar. Al contrario que las vacas de Iruela, ellos están de paso y no tienen territorio que guardar. A la vuelta de una curva veo el cartel cosido a perdigonazos: “Los Portillinos 1957 m”. Hace tiempo que he descartado la idea de continuar hasta El Morredero. Por hoy ha sido más que suficiente. Hago la foto y tiro para abajo.

Por Corporales, paso de vuelta como una bala. No vaya a ser que los del bar me estén esperando con la sonrisita.

La ruta en Wikiloc.

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  1. Maravilloso relato… “Pienso: me doy la vuelta. Pienso: ya lo intentaré otro día con más calor, otro día con más fuerzas, otro día con más ganas. Pienso… Hasta que el pensamiento se aplaca y, finalmente, se detiene” wow!!!! wow!!! me sucede algo así cuando corro… después de ciertos kilómetros siento que ya no puedo más… pero algo dentro de mi no se detiene… y al seguir llega un momento en el que ya no siento cansancio, y el pensamiento se limpia… wow… me encanta como escribes!!! tuve las imágenes en mi mente sobre tu en la bici, por ese camino empinado, con la belleza alrededor… vi algunas imágenes del lugar en internet… muy lindo, felicidades por haberlo hecho, y solo!!! gracias por compartirlo…

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