Trabajos de primavera (I). Por las amplias estancias de abril

CastrotierraTrepando por la pereza del protagonista de esta historia, el sol ha alcanzado una altura considerable. El cielo está limpio y el canto de los pardales suena como una fanfarria que llama a emprender el camino. Parto con calma, disfrutando del aire templado, gozando por anticipado de la suave orografía que tengo por delante. Castrocontrigo y Nogarejas están unidos por una recta perfecta de cinco kilómetros y separados por una rivalidad secular últimamente venida a menos. Cuentan que los matrimonios entre mozos de ambos pueblos llegaron a ser tabú, aunque es posible que se trate solo de una leyenda. Lo que sí es histórico es la competencia entre los dos pueblos por el negocio del aguarrás. Cada uno tenía su fábrica, donde se eleboraba el disolvente con la resina extraída de los pinares. Ambas están al pie de la carretera, la de Nogarejas, cerrada a cal y canto, la de Castro, reducida a pura ruina. A la labor de la resina le dio la puntilla el incendio de 2012, que calcinó 10.000 hectáreas de monte entre los ríos Eria y Jamuz. En las curvas que suben hasta el cruce de la carretera de Astorga aun puede verse el rastro de los resineros: una herida larga abierta en la corteza de cada pino que termina en una cuña de latón. Debajo de esta, un recipiente cerámico va recogiendo gota a gota la savia del desdichado árbol.

Las amplias estancias de abril se abren a mi paso según avanzo por rectas de asfalto recién estrenado. Horizontes generosos de monte bajo y campos de centeno verde sobre los que planea el aguilucho. A la vista de la presa, el pájaro pliega las alas y se deja caer como un pañuelo de plata. Al fondo, barrancos de tierra arcillosa con la que se han construido los pueblos de estas comarcas y, más allá, las cumbres nevadas. Con pedaleo fácil llego a Destriana, casi en el límite de la tierra de los Maragatos. Cojo entonces a la derecha, por una carretera estrecha y áspera, para seguir el curso del Duerna mientras admiro la laboriosidad de las gentes de estas riberas. Tractores Ebro peinan las parcelas mientras los tinglados del riego aguardan desmontados los meses de calor en que habrá que engañar a las patatas con una lluvia artificial y generosa. El cruce con un brioso Renault 4 viene a confirmar que, en lugares como este, los trastos envejecen despacio. En Castrotierra, cansado de tanta llanura, trepo hasta Nuestra Señora del Castro, donde me recibe una abubilla con su vuelo de salón. Está cerrado, así que me voy sin conocer a la titular del santuario. Habrá que volver en época de sequía, cuando sus fieles la saquen de paseo escoltada por una comitiva de pendones, esas enormes banderas multicolores con las que los pueblos de la Valduerna compiten en fe, glorias de la Historia y testosterona.

El paso por La Bañeza es obligado, pero no demasiado agradable. Hay que atravesar la autovía y hacer un par de kilómetros por la vieja Nacional VI. Salvo la localidad serpenteando por calles despejadas de automóviles: es Jueves Santo y esta tarde sale en procesión el Nazareno. Vuelvo a cruzar la autovía y en la glorieta sigo el cartel que indica la dirección de Jiménez de Jamuz. Hasta que la noticia de los chuletones de buey de El Capricho llegó a la revista Time, este pueblo de alfareros tenía pocos boletos para salir del anonimato. Hoy el restaurante subterráneo de José Gordón atrae a amantes de la carne roja de los cinco continentes. Merece la pena la experiencia, pero ojo a la columna de los precios.

Entre cultivos de secano afronto la subida a La Portilla, con sus escasos 895 metros según un cartel que no merece, y continúo en suave bajada hasta alcanzar Castrocalbón, donde se cruza el río Eria por el puente nuevo. A la izquierda queda el viejo, con sus dos arcos de hierro de los que cuelgan los tirantes que sujetan el estrecho tablero, también metálico, según un modelo de estilo Eiffel que hizo fortuna en la provincia a principios del siglo XX. No todos los pueblos han sabido conservarlos, pero en Castrocalbón han hecho de su viejo puente un icono y ahí está, dignamente consagrado al tránsito peatonal.

Lo que viene luego es un paisaje dejado de la mano del hombre, una llanura perfumada por la jara y salpicada de encinas más bien raquíticas que se prolonga durante algunos kilómetros, hasta que una pendiente bastante pronunciada me hace aterrizar entre los primeros viñedos. He alcanzado pues el valle de Vidriales, ya en Zamora. Lo confirman las bodegas excavadas en la tierra que encuentro a la entrada de Fuente Encalada. Hasta aquí venían los de Castrocontrigo con sus carros, a trocar centeno por trigo. Viajaban de noche para evitar a la Guardia Civil, encargada de vigilar los intercambios comerciales entre comarcas vecinas. “Bebed vino, que agua no tenemos”, les decían al llegar. Historias de la postguerra. Hoy el caño entrega un chorro generoso y de la bodega de Andrea Gutiérrez te puedes llevar una caja de doce botellas por treinta euros. Tinto joven elaborado con Tempranillo, o rosado de la apreciada variedad Prieto Picudo.

Continúo hasta Rosinos para echar un ojo a los restos del campamento de Petavonium. En el siglo I se establecieron en este lugar efectivos de la legión X Gemina con la misión de mantener a raya a los astures y custodiar el paso del oro que se lavaba en los montes leoneses. Cada edad tiene sus guardianes. El guía del yacimiento arqueológico recibe pocas visitas, a las que trata con calmosa paciencia. Los penúltimos despistados que pasaron por aquí confundieron las bodegas con viviendas de los romanos. El guía les aclaró un poco las cosas y los mandó a comer a El Capricho. Un trabajo impecable: al turista hay que saciarle la curiosidad y ordeñarle la Visa.

El tramo final pasa por San Pedro de la Viña y Ayóo. Pinos a la derecha y a la izquierda, la guardia de chopos del río. En esta época el camino es una sucesión de charcas sonoras, cada una con su concierto de ranas que hay que detenerse a escuchar. Desde el barranco de Cubo de Benevente vuelvo a ver las cumbres nevadas que me despidieron por la mañana. Quedan los últimos sudores: una subida progresiva que pasa por Villalverde y va a enganchar con la carretera que viene de Puebla de Sanabria, para finalmente devolverme a la provincia de León. Tres kilómetros de curvas cuesta abajo, y ya está. Trabajo terminado.

La ruta en wikiloc.

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