Contra la suerte del principiante

castinheira

A mi amigo Héctor.

Xarín no sabe cazar. Se ha pasado el día entero corriendo de aquí para allá, siguiendo rastros erráticos, sin orden ni concierto. Metiéndose debajo de las xestas en busca de nada, saliendo escarmentado de entre los toxos. Xarín echa las patas en diagonal, con la misma falta de garbo que los estudiantes de Secundaria. Ahora ya no puede más. Anda como borracho y da la impresión de que en cualquier momento va a caer redondo. El dueño del bar se lo lleva en brazos hasta el coche.

Todavía queda un par de horas hasta que los contornos empiecen a difuminarse, así que seguiremos sin nuestro joven y atolondrado setter. Manda Lúa. Ella sí que sabe. En todo el día no ha dado una carrera sin sentido y a media tarde nos ha regalado una perdiz que ha atrapado ella solita, tal vez harta de la mala organización y falta de puntería de esta heterogénea compañía de cazadores de domingo. El maestro, el dueño del bar, el médico y el hijo del secretario. Por si fuera poco, hoy se ha sumado un turista de la ciudad. Ni tiene licencia ni ha ido a la mili. No hace ascos al vino y engulle chorizos sin hacer preguntas. Vale, eso está bien para hacer grupo, pero un tipo de la capital que ni siquiera ha hecho la instrucción no parece el fichaje adecuado para enderezar una temporada que no se está dando nada bien. Estamos a febrero y alguno todavía no se ha estrenado.

– Si aparece la Guardia Civil, que no te pillen con la escopeta en la mano. Tú vienes de acompañante.

– Pero me dejaréis probar puntería, ¿no?

– Venga, dispárale al árbol. Apoya bien la culata en el hombro, que si no te va a soltar un latigazo que te vas a enterar.

El perdigonazo del turista de la ciudad hace saltar por los aires la corteza del castaño centenario. No está mal, pero la prueba está lejos de ser concluyente. Los castaños no vuelan.

Dispararle a una perdiz es algo bien distinto. Cuando Lúa localiza una se queda inmóvil, esperando la voz del maestro, que es a la sazón su dueño. En cuanto este se lo indica, Lúa entra y la perdiz despega como un cohete. La trayectoria del vuelo es imposible de prever, así que hay que estar muy atento, apuntar en un segundo y disparar ¡Pam, pam! Dos tiros. Dos oportunidades por cada escopeta. Pero hoy no está habiendo suerte. Cuatro patirrojas se han ido de rositas pese al trabajo impecable de Lúa. Si no fuera por el regalo de nuestra spaniel estaríamos a cero. Durante la temporada de caza, un hombre vale lo que pesa su percha, así que lo malo no es volver de vacío, sino aguantar las chanzas en la taberna.

– Toma, lleva tú la escopeta si quieres, que por hoy no hay más que hacer.

El hijo del secretario cede el arma al turista de la ciudad mientras la compañía, derrotada, se encamina hacia los coches. La luz ya empieza a ser rojiza y sólo Lúa parece mantener la fe. Caminamos ladera arriba, con pies pesados. De repente, la perra se queda petrificada. Tensa el espinazo. De la cola amputada a la punta de la nariz se traza una flecha. Un ligero temblor agita su pelaje blanco con manchas pardas. La pata delantera derecha, flexionada y en alto, está a punto para iniciar la carrera. Pero el maestro no se ha enterado, así que Lúa toma su propia decisión y se mete entre las carqueixas como una centella. El turista de la ciudad levanta la escopeta y se gira con violencia justo al lado del hijo del secretario, que para salvar la vida se lanza cuerpo a tierra. ¡Pam, pam! Los dos tiros dan paso a un paréntesis de silencio escéptico. ¿Qué ha pasado? Agitando su mínimo rabo, Lúa reaparece con la patirroja en la boca. El hijo del secretario, lívido todavía, no da crédito a sus ojos.

– ¡Esfarrapouna!

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