El pesimista y el santo

san antonioE.M. Cioran nació en Transilvania pero en cuanto pudo se fue a Francia, trampeó con una beca y después de recorrer el país en bicicleta se estableció en París, para convertirse en una estrella del firmamento intelectual galo. Un astro brillante y, al mismo tiempo, oscuro. Su introductor en España fue Fernando Savater. En sus tiempos, Cioran debió de ser buen mozo. Un tipo independiente, decidido y de gran fortaleza capilar. Me lo imagino pedaleando por las suaves ondulaciones del Pays de la Loire con la misma indolencia con que los osos de los Cárpatos bajan a buscar comida a los contenedores de las urbanizaciones.

Cioran se hizo apátrida, sea eso lo que quiera que signifique, escribió libros y, según parece, fue así como se ganó la vida. Se le tiene por un pensador pesimista. Desde luego, escribió mucho sobre lágrimas y llanto, y casi todos sus biógrafos se sienten obligados e indicar que, en alguna ocasión, su madre le confesó que habría abortado de saber lo mucho que iba a sufrir. Él, no ella. No tengo claro que esto sea algo más que una leyenda. A mí me resulta más interesante cuando nos explica que vivir es sostenerse sobre ilusiones que no se sostienen sobre nada. “Nuestras más profundas certezas no son más que mentiras que actúan”, dice en La tentación de existir. El ideal sería derivar hacia la condición de autómatas, lo cual nos permitiría reducir nuestros sueños y sufrimientos a objetos de producción en serie. Así nos libraríamos de la farsa de la individualidad y seríamos, finalmente, nadie. La solución perfecta.

Leer a Cioran es como transitar por un túnel y recibir, muy de vez en cuando, algún fogonazo: “Todo lo que vive, todo rudimento de existencia, participa de una esencia religiosa (…) Es religioso todo lo que nos impide hundirnos, toda mentira que nos protege contra nuestras irrespirables certezas”. Le interesaba España, país al que atribuía el mérito de cultivar “lo excesivo y lo insensato”, hasta haber demostrado que “el vértigo es el clima normal del hombre”. Siguendo el razonamiento, se interesó por los místicos y los santos. Teresa de Ávila era su favorita: “Por el beso culpable de una santa, aceptaría yo la peste como una bendición”, confesó en De lágrimas y de santos, uno de sus escritos de juventud.

Pero el rumano apátrida defendía que, frente a un pasado en el que los hombres se sintieron atraídos por “el vacío vibrante” de la divinidad, el mundo carece hoy de ese aliento de la trascendencia. Se me ocurre que este hecho, que no nos sitúa ni más lejos ni más cerca de ninguna verdad, se refleja en la imagen de este San Antonio encerrado en una jaula. Este San Antonio está al pie del camino que lleva a la iglesia parroquial y su reclusión fue decretada por los últimos devotos la tercera o cuarta vez que amaneció sin cabeza. En un mundo en el que, como nos enseña Cioran, el hombre ya no tiene a Dios para confesarle sus tormentos es posible decapitar a un santo. Es posible también recluirlo tras un enrejado. Por su propia seguridad. A fin de cuentas, ¿para qué servía San Antonio? Para encontrar objetos extraviados y para conseguir novio, me dicen. Vale, pues para todo eso y mucho más hoy tenemos: Google, el 112, las agencias de contactos online, la unidad canina

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: