Contra el instinto de manada

Sobrado

A mi amigo Lars H.,
pilar de la torre.

Llueve. Leva lloviendo toda la tarde y toda la noche, pero ahora la lluvia se ha hecho de tres colores: rojo, azul y un tono más que sois incapaces de reconocer. El agua es la piel de esta ciudad que tiene la carne de piedra. Cae en gotas que no siempre siguen una trayectoria perpedicular al suelo. En realidad, esa feliz coincidencia geométrica se da en muy pocas ocasiones. Y eso que aquí casi siempre llueve, hasta mayo por lo menos. El agua conoce su camino desde hace siglos, y lo toma con mansedumbre entre las juntas de las losas pulidas o entre granos milenarios de cuarzo, mica y fedespato. Es una música que los canalones interpretan con magistral paciencia.

Así lleva todo el día y a vosotros os sucede que a partir de cierto momento ya no sentís que os estáis mojando. Será que estáis empapados hasta los huesos, o será que emitís un aura que os sirve de coraza hidrófuga, un invisible traje de astronauta diseñado para vagar por bares donde nadie os espera. Así suele ser y en ello hay poca novedad, pero hoy ha sucedido lo de los tres colores y, poco después, esa extraña nitidez de las conversaciones en los locales ya atestados a esta hora. ¿Cómo es posible que el oído desenrede tres o cuatro charlas simultáneas en medio de un estruendo de afterpunk y miles de bocas pastosas?

Todo esto es muy inusual y tal vez tenga algo que ver con esos pequeños hongos de sabor ácido que alguien, el amigo de algún amigo, dice haber traído de las sombras del Tambre. No es que sea un sabor agradable, pero mejora con un poco de azúcar. Una lástima que la fiesta haya concluido de forma un tanto abrupta a instancias de la autoridad municipal y, sobre todo, que no hayáis llegado hasta la puerta de la comisaría para  reclamar la liberación de los compañeros caídos. Dice muy poco en vuestro favor. Además, es absurdo detenerse a mordisquear las esquinas de la ciudad histórica. Absurdo, ridículo e incompatible con la higiene bucal. Admitamos, no obstante, que cuando empieza a clarear tiene cierto sentido preferir el rumbo de la cama al del calabozo.

Cuando por fin llegue el lunes, las legañas de la culpa no os impedirán ver claras algunas cosas básicas. Veréis que hay poco futuro en echar a rodar plafones por las calles, en empujar generadores a las zanjas de las obras o en hacer castells para alcanzar bragas en los tendales. Bragas grandes como provincias de interior. Bragas que para vosotros son mapas del tesoro… Es el típico canto al que conviene resistirse atándose al palo mayor si es necesario. Piensa que han sido cinco años de carrera y con la agravante del escalo no te podrás colegiar. Y pese a todo, ahí está otra vez en acción la alegre compañía de los desmanes, en pos de su trofeo. Si falla la base, el castillo se desmorona, pero los huesos todavía son flexibles. Y otra vez a dispersaros, a correr por las calles y a volver a reuniros sin necesidad de un punto de encuentro prefijado. Guiados tan solo por ese maldito instinto de manada.

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  1. SON

    Creo que ya estamos en edad de “lobo solitario”

    • Sí. Supongo que con el tiempo se va reduciendo la dependencia de la manada, pero ojo porque los instintos siempre siguen ahí, agazapados para sacudirnos una del revés en cuanto nos creemos a salvo. El lobo solitario es un animal hermoso y muy literario. Millones de gracias por leer y comentar.

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