El pastor

Ovejas“Cuando el sol toque esa montaña, volveremos”. Te lo dijo el pastor y cumplió su promesa, lo cual no le ahorró recibir una buena bronca al llegar. Se la echó su mujer, porque tu padre estaba muy ocupado administrando tu parte. Aquel día aprendiste que no está bien volver tarde a casa sin mandar recado y que las ovejas sólo saben hacer dos cosas, pero son capaces de hacerlas simultáneamente. Puedes imaginarte que el producto que sale por retaguardia es el resultado de un elegante empacado del alimento que se embarca por la puerta delantera, en un proceso homeostático que nunca se detiene, como si el rebaño fuera una factoría de excrementos de redondez casi perfecta. Un ciclo que hace honor a los mandatos de la Física: la materia cambia de aspecto, pero la suma total es siempre la misma. Cuando, tiempo más tarde, tu primo de cuatro años apareció exultante, diciendo que había encontrado la calle llena de Conguitos, todos os reísteis. Pero nadie tuvo corazón para averiguar si los había probado.

El día que te fugaste con el pastor aprendiste también que los mastines tienen carta blanca para hacer lo que les dé la gana. Es decir, poco más que nada. Para eso tienen el espolón, ese quinto dedo atrofiado que cuelga como una medalla por los servicios prestados. El perro del pastor no goza de tales privilegios. Trabaja a destajo. Y eso que, en general, las ovejas saben cuidarse solas. Al menos durante el verano y en el valle. El pastor se ocupa de que no entren en los sembrados, de que puedan beber a tiempo y poco más. Pero la suya no es tarea al alcance de cualquiera. Hay que atenerse a la intemperie y, si no sabes adivinar las intenciones del ganado, cuando quieras reaccionar será tarde.

Aquella tarde, animalito, pequeño capitán de los trigales, aprendiste que los mastines son como los generales de la vieja Unión Soviética y que un pastor lleva en el zurrón toda la ayuda que necesita. No precisa más subalterno que su perro -listo, incansable y siempre atento-, así que no convoca plaza de aprendiz, pero acepta mirones y agradece la conversación. El pastor sale con el sol y no emprende el camino de vuelta hasta que ese mismo sol toca la montaña, aunque le cueste una bronca de campeonato. Todos los días sin faltar uno. Es duro, pero él no quiere saber nada de volver a la obra. ¿Y el invierno? “Hombre, esto tampoco es Siberia”… Además, piensas, hoy ha nacido un cordero.

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