Incursión fuera de pista

Si tus ojillos fueran aceitunitas verdes,
toa la noche estaría muere que muere,
muere que muere, muere que muere…
Oído así en alguna cinta del Camarón.

david

David de Donatello. Imagen obtenida del sitio: http://ipaez2.blogspot.com.es

¿Qué hago aquí? ¿Cómo he llegado? ¿Me has traído tú o he venido por mi propio pie? ¿Quién eres? Te miro y no te creo más hermosa que el David de Donatello. ¿Lo conoces? Merece la pena ir a Florencia sólo para verlo. Merece la pena aunque no te dejen tocarlo, que sería lo propio.

No. Tú no eres más hermosa que el David de Donatello, pero tienes esos ojos tramposos de geometría variable que te dan ventaja. Una ventaja injusta cuando el rival es una estatua de bronce y ahí fuera la ventisca acuchilla con la justicia definitiva de las galerías comerciales en barbecho.

Tus ojos tampoco son verdes y, empiezo a recordar, yo no he sabido qué hacer con ellos. Si morderlos, o molerlos, o morir en ellos, o por ellos. A veces, cuando la voz no es clara, las palabras se malentienden y basta media sílaba para desencadenar la confusión. Pero tú tampoco me has concedido opciones. Has dado por hecho que la carga de la prueba estaba de mi lado y en ese momento se han agotado mis posibilidades. Atesoro el sueño de que alguna vez las tuve, igual que la mamá chimpancé pasea el cuerpo inerte de su cría malograda. Hay primatólogos capaces de explicarlo.

Pero volvamos a lo nuestro… Si tocas el David de Donatello querrás abrazarlo y, si lo abrazas, querrás poseerlo. Mas nada de esto es posible. Porque es demasiado valioso, porque está hecho de metal frío y porque está rodeado de fuertes medidas de seguridad. Así que, cuando vayas a Florencia, ahórrate el intento. Fíjate bien y verás que su mirada es de sereno desdén y su pose, satisfecha y relajada. En un pie descansa todo el peso del cuerpo, mientras el otro mesa las barbas de su enemigo decapitado. En una mano, el arma propia y en la otra, la del antagonista. La piel del héroe está limpia de la excitación de la lucha, como si fuera una criatura inocente, incapaz de dar a su hazaña la importancia que le asignarán los siglos.

Yo estoy muy lejos de ser un héroe, huelga decirlo, y sé que entre estas cuatro paredes no cabe esperar recursos a instancia superior ni indultos del Consejo de Ministros. En un instante, revestida de la majestad del alcohol trasegado en copas de cóctel, dictaste sentencia, y te faltó tiempo para adoptar un ademán a la altura del David de Donatello: diáfana e indolente. Serena y muy segura de ti misma. Como quien da un capítulo por cerrado y todavía no piensa en el siguiente.

Por eso, apenas el día se insinúa, recupero mi indumentaria gore-tex y hago mutis. Ahora respiro el cristal del invierno y vuelvo a pisar terrenos familiares. Laderas amansadas pese a las apariencias donde la única dificultad es elegir bien la trazada, porque la pendiente juega a mi favor y siempre acabo llegando a casa.


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