Contra los adosados (segunda parte)

Paseo

Hoy he vuelto a cruzarme con el negro. Seguía sin ver el mar, por mucho que el temporal reventaba en su balcón y los niños del paseo vestían chaquetas Barbour de doscientos euros, enceradas para una lluvia que nunca va a caer. Entonces, he querido llorar por el negro. O maldecirlo. O golpearlo con los puños hasta arrancarle la verdad. O vaciarle los ojos que no sirven para ver el mar. A fin de cuentas, la ira y el llanto son aguas de la misma fuente… Pero no he sabido. Y he tenido que detenerme, porque sin previo aviso se había hecho domingo en todas partes. De modo que me he sentado a contemplar cómo el patinador tricota su camino entre obstáculos de plástico. Derriba algunos, pero lo vuelve a intentar con el mismo buen ánimo. Una vez y otra. Y así, con el sol en la espalda, se me ha hecho tarde.

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