La higuera

higueraHay mucha confusión en torno a las higueras. Camilo José Cela maliciaba que su sombra era cobijo propicio para el vicio solitario. Lo dejó escrito en la primera página de Mazurca para dos muertos y ahí quedó el dislate. Negro sobre blanco. El desvarío no impidió a CJC recibir el premio Nobel, claro que CJC siempre supo cuidar las relaciones, cosa que tampoco le evitó desarrollar una papada larga y tremolante, como las orejas de un basset hound.

Sí, hay mucha confusión en torno a las higueras. Todavía hay quien piensa que una sola y misma higuera puede dar higos por Santiago y brevas por San Miguel. Esta creencia es errónea. Lamentablemente errónea, al menos, según mis fuentes. Es un yerro menos dañino que el de CJC, pero está igualmente lejos de la verdad.

Pero no hay que hacerse mala sangre. Porque, admitámoslo, ¿quién entiende a las higueras? Unas dan higos, otras dan brevas… Estas siempre son oscuras, pero aquellos pueden ser rubios o morenos. Y todos, higos y brevas, presentan muy diferente grado de dulzor según el capricho de cada árbol y de cada cosecha. Plantar una higuera no entraña complicaciones técnicas, pero es como jugar a la ruleta.

Tú has plantado tres higueras en la finca de tu padre. Lo has hecho aprovechando su incomparecencia y con el concurso de terceras personas. Tres higueras. Una la has plantado aquí, otra allá, y la siguiente, un poco más arriba. Todas en lugares soleados. Ahora queda por ver si llueve y si a tus higueras les gusta el suelo que les has asignado.

Cuando crezcan las higueras, no te servirán de atalaya, porque sus ramas son pálidas y frágiles como los brazos de la mujer que te ama. Tampoco serán habitación para tu siesta, ni madriguera donde practicar el pecado de Onán, porque su sombra será densa y bajo ella sólo prosperarán las malas hierbas.

Cuando crezca, cada una de tus tres higueras dará un rendimiento dispar, y tú no sabrás ser un padre ecuánime. No alcancarás a quererlas por igual. Ya podrás subir a los montes y gritar lo contrario, que nadie te escuchará. Señalarás la de fruto más dulce y la designarás tu favorita.

Por Santiago o por San Miguel, cogerás el fruto maduro, harás dos incisiones perpendiculares en el extremo grueso del bulbo y este te ofrecerá su pulpa abriéndose como una flor de cuatro pétalos. Cálida y perfumada. Como el cuerpo de la mujer que ¡ay! más vale que te ame.

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