La cascada de hielo

Cascada hieloNunca he visto una cascada de hielo, pero me han hablado de ellas. Pienso que el momento en que el agua se detiene al hacerse sólida debe de ser un instante extraordinario y sin testigos. Sucederá de noche, seguramente, cuando las temperaturas son más bajas y los acontecimientos, más secretos y próximos a lo sobrenatural. Así la cascada se convierte en una foto fija de sí misma. Algo difícil de concebir para quienes somos ajenos a los climas fríos y los territorios montañosos. Para quienes, como algunos filósofos de la Antigüedad, relacionamos invariablemente el agua con alguna clase de movimiento.

Me han dicho también que, una vez la cascada está congelada, se corre la voz hasta el valle y no tardan en llegar los curiosos, los excursionistas y los escaladores. Estos vienen bien equipados con sus piolets, sus crampones, sus cuerdas y arneses, sus mosquetones y demás ferretería. Lucen chaquetas hard shell y elegantes polainas que les estilizan las piernas. Los convoca la especialidad más sofisticada y chic de la escalada, aquella que consiste en desafiar la altivez de los formidables carámbanos, hiriéndolos con herramienta específica hasta cantar victoria en la cima. Es un ejercicio sólo al alcance de montañeros expertos, sensatos y bien preparados.

He pensado que una catarata helada se parece a un recuerdo. Ambos son antiguos fluidos convertidos en masa sólida disponible para la contemplación o la escalada. Ambos son, también, objetos inmóviles sólo en apariencia. Porque, aunque un vistazo superficial no lo revele, sufren los rigores de la intemperie, que a un tiempo los conserva y los degrada. Los dos, cascada sólida y memoria, reciben también el golpe de piolet de quien se obstina en trepar por ellos.

Y todavía hay otra verdad que hermana a tan dispares objetos, pues ambos pueden ser traidores. El trepador especializado lo sabe bien. Por eso se provee del mejor equipo y la compañía más fiable, y no emprende la aventura hasta no estar seguro de que la congelación del agua es lo suficientemente creíble. Aun así, el accidente siempre puede ocurrir. Con la cascada amansada por el invierno igual que con la evocación de acontecimientos pasados. Y, en ambos casos, los daños pueden ser considerables.

Pero hasta ahí llega el parecido. Porque la cascada volverá a fluir en primavera. Esto sucede indefectiblemente todos los años, salvo los años de glaciación. El recuerdo, sin embargo, no tiene fecha cierta de deshielo. Lo más habitual es que este no se produzca jamás, y que esa memoria acabe por desaparecer después de un penoso proceso de deterioro, en el que sus imágenes irán perdiendo poco a poco la definición, hasta acabar por ser aquello que cada uno quiera ver en ellas, igual que sucede con las fotografías viejas tomadas con materiales baratos. A no ser que, también aquí, suceda lo extraordinario, y ese pedazo de masa psíquica fosilizada en algún rincón malhadado del cerebro vuelva a latir.

Para ensayar este improbable suceso, igual que para trepar por aguas caídas, se necesita el concurso de una persona. A mí me sirve la misma para ambos menesteres. Ante la cascada, deberá ir provista de un completo equipo que incluye todo lo señalado anteriormente y, por si acaso, un casco. Ante el recuerdo, no hace falta que se ponga nada. La basta con sus ojos y, tal vez, una palabra. Y se hace el milagro.

Caudal que fluye en pleno invierno.

Gracias a ella.

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