Contra la crueldad innecesaria

mies

Es improbable que la UNESCO incluya la caza de pardales con escopeta de aire comprimido en su lista del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad. Es altamente improbable. Puede incluso que haya quien, llegado el inopinado caso, lo considere prevaricador. Y sin embargo, la caza de pardales con escopeta de balines fue una actividad que mi hermano y yo practicamos con ahínco en los distantes veranos del pueblo. Contábamos con el respaldo, tácito si no explícito, de los viejos del lugar, que guardan a estas aves un antiguo rencor. Un odio aquilatado de generación en generación, por todos los granos de mies que han hurtado a las cosechas, por todos los mosquitos que han dejado de devorar. Pero abatir un pardal no es fácil. Es el pájaro más listo y precavido. Cuando te ve acercarte, adivina al instante tus intenciones y, si no le gustan, emprende un vuelo veloz y decidido que lo pone a salvo. Puede llevarte toda la tarde conseguir una sola oportunidad de tiro. Si aciertas, el pardal cae del árbol como la fruta en otoño y, cuando lo coges en la mano, no es capaz de sostener la cabeza. Está muerto. La cantidad de sangre que derrama es mínima, casi ridícula, pero suficiente. Entonces te fijas en los detalles del plumaje, y el pálpito del cazador se detiene. Te sientes un poco culpable. Le pides perdón en voz baja y vas a por el siguiente. Sin prestar oídos a los gritos de tu otro hermano, el pequeño.

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Un Comentario

  1. Emilio

    Es curioso recordar esos tiempos de niño en los que compartíamos afición por la caza del pardal con escopeta de aire comprimido, aprovechando que ningún lugareño nos molestaba pues a esas horas todos las personas de bien, practicaban el sagrado rito de dormir la siesta. Solamente teníamos que ignorar los gritos de nuestro hermano pequeño que trataba a toda costa de salvar el mayor número de pájaros posible y que claro está, cada vez que conseguía su propósito, se ganaba una colleja de alguno de los dos, pero en el fondo yo me alegraba de que entre nuestra puntería, no siempre buena y el buen hacer de nuestro hermano pequeño, la mayor parte de los pardales de la zona, salvaran su vida, pero te encontrabas con sentimientos encontrados, pues cuando conseguías acertar con el pobre pardas y veías como caía del árbol, te sentías como un Rey,
    Pero años mas tarde, cuando ya no te sientes orgulloso pero tampoco responsable, te enteras de que para sentirte como un Rey de verdad hay que matar Elefantes en África.
    No se exactamente donde tenemos aquella escopeta de aire comprimido pero si sé, que si la encontrara, no la utilizaría para los mismos fines que en nuestra niñez. Al final, el pequeño tenía razón, “No matéis a pájaros”.

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