Cena en Puerto Deseado

piedrasAparecerás en la puerta con la nariz ligeramente enrojecida por el viento incansable y la sonrisa pícara de quien sabe que ha cumplido su parte del trato. Como lo ignoro todo sobre tus artes de pesca, no tendré manera de adivinar cómo lo has logrado, pero el caso es que en una sencilla bolsa de plástico traerás tu trofeo: un par de pescados de buen tamaño. Botín de piel plateada y ojos detenidos que has de mostrarme triunfante. No serán sargos, ni maragotas, ni castañetas, especies extrañas a las gélidas aguas australes. Pero ahí termina todo mi saber de los mares, así que únicamente podré sentenciar que sí: parecen comestibles. Y es aquí donde tendré que empezar a interpretar mi papel.

Así que calentaré el horno a doscientos grados después de derramar un generoso chorro de aceite de oliva sobre la bandeja de cristal de pírex. Pondré tres cabezas de ajo enteras, picaré cebolla hasta el llanto y cortaré dos patatas en láminas de no más de un milímetro de grosor. Será la cama de nuestras víctimas, a las que previamente habré destripado y desescamado. Para aliviar su trance, colaré rodajas de limón en las vacías entrañas y a la cabecera de cada una pondré un tomate despellejado. Un chorro de blanco del país, sal y pimienta completarán la obra.

Sobre la música de fondo que confiaremos al viejo Joe, reclamaré tu colaboración para poner la mesa a medias y aderezar la ensalada. Será la forma de resolver en buena armonía la disposición ambigua o vacío legal que, como legisladores astutos y deseosos de alcanzar el consenso, hemos consentido en nuestras capitulaciones.

Y así será cómo, mientras tú me cuentas tus recuerdos y yo te explico mis olvidos, reduciremos a raspas los suculentos dones del Atlántico Sur. Nos reiremos hoy de lo que ayer no nos hizo mucha gracia, y remataremos la jugada con dulce de leche y sendas copas de fresas con nata, que es el postre con el que triunfan los reposteros ineptos. Tras la sobremesa, el menú estará abierto. Porque sabrás que, a determinadas edades, a las personas se las conquista por el estómago y que los territorios conquistados exigen un mínimo de mantenimiento: tarea para un cuerpo de funcionarios o, mucho mejor, para un cuerpo.

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