A favor de la prudencia en carretera (o La joven del Ford Fiesta)

al volanteLa carretera es una cosa seria. Se lo dice alguien que pasó su infancia tras el asiento del conductor de un Simca 1200 que adelantaba humeantes pegasos sin reparar en lo que pudiera salir de la curva. Afortunadamente, hoy  ya no se hacen las cosas así. Ni siquiera en Portugal… Sí, la carretera es una cosa muy seria. No puede uno arrojarse a ella de cualquier manera. Y menos cuando de lo que se trata es de emprender un largo viaje. En estos casos, el hombre o la mujer que afronte la jornada debe proveerse de un mínimo de pertrechos y cautelas para garantizar, y esta garantía siempre será limitada, el éxito del automovilístico empeño.

Pongamos un ejemplo para iluminar el caso. Como protagonista nos sirve lo mismo un hombre que una mujer. No obstante, elegiremos a esta en beneficio del interés de la historia. Tenemos, por tanto, una mujer que se apresta a emprender un largo viaje. Es, y conviene que este punto quede bien fijado desde el primer momento, una mujer joven. Precisemos más este aspecto crucial del relato: por su edad, nuestra protagonista se sitúa en un punto equidistante entre la pelusa de la tardoadolescencia (cuando, pásmense, obtener el carnet de conducir ya es posible) y esas edades en las que a uno (a una en este caso) se le empieza a tratar de usted de manera natural. Diríamos, para cerrar esta digresión por la que pedimos disculpas al lector impaciente, que tenemos ante nosotros a una joven en el punto exacto de los dulzores que aporta el paso del tiempo.

Necesitamos ahora un vehículo y, como se trata a fin de cuentas de construir una historia ejemplar, evitaremos en lo posible la ostentación y el derroche. Asignamos pues a nuestra conductora un sencillo utilitario. Nos sirve, por ejemplo, un Ford Fiesta, modelo bien conocido por su fiabilidad y bendecido por un nombre alegre y prometedor. Ha de ser una versión equipada con un motor diésel, que es el tipo de propulsor más apropiado para los desplazamientos de largo aliento. Robusto, noble, perezoso en la aceleración pero dotado de buena potencia a bajo régimen. Un poco ruidoso de más en este caso, pues los años le han ido oscureciendo la voz, como sucede a los buenos cantantes. Un coche anciano para una mujer joven, pensará el lector hipercrítico. En efecto, así es, pero no tienen por qué hacer mala pareja, puesto que el auto habrá sido sometido a una concienzuda puesta a punto en el taller de confianza: batería, líquido refrigerante, aceite, radiocasette con MP3 instalado a última hora para poder disfrutar de buena música durante horas y horas al volante…

La conductora procede ahora a cargar el equipaje. Siendo una mujer joven que afronta un largo viaje y -anotemos este nuevo dato- una prolongada estancia en tierra extranjera, sin duda habrá incluido junto a sus ropas, artículos de tocador  y otros efectos personales, un ordenador portátil con el disco duro atiborrado de descargas ilegales. No olvidará tampoco una buena selección de libros. Algunos propios, otros prestados. Cargará, finalmente, un adminículo que nunca ha de olvidar el conductor prudente que arroja el guante al invierno: un juego de cadenas para la nieve. ¿Sabrá montarlas nuestra protagonista? Debería, pues esta es una historia ejemplar.

Y, despachada la impedimenta, debemos ocuparnos de la compañía, ya que nuestra viajera no irá sola. La secunda un simpático irracional. En esta cuestión las opciones son limitadas. Las aves, peces y  reptiles, que en algunos casos pueden funcionar como animales domésticos, no nos sirven para este caso. Necesitamos un mamífero, pues solo una criatura de sangre caliente es capaz de proporcionar verdadera alegría en los momentos gozosos y consuelo en los instantes de fatiga y desazón. Situaciones ambas que sin duda pueden presentarse en un viaje largo y aventurado como el que nos ocupa. Dicho esto, queda a la elección del lector el asignar a la viajera como fiel compañero un perro o un gato. Si es can ha de ser tranquilo y claro, si felino, orondo y oscuro. Cada cual que elija según su preferencia.

Mientras se lo piensan, abordaremos una cuestión decisiva, si algo decisivo puede haber en esta fábula. Reparemos en que, sobre los bien equilibrados hombros de nuestra heroína, descansa una cabeza y, dentro de esta, se aloja un cerebro. Esto no sorprenderá a nadie, igual que nadie se atreverá a dudar de que el buen funcionamiento de este órgano será decisivo para el éxito del viaje. Por esta razón, sería nuestro deseo penetrar a hurtadillas en el bello cofre que forman los huesos craneales y alcanzar la masa encefálica. Para, paseándonos con indolencia del lóbulo central al occipital, y de ahí al tálamo y aun al hipotálamo, ir descubriendo las filias y las fobias de nuestra automovilista favorita; sus más secretas audacias y temores; qué es lo que la mueve y qué la detiene; qué hechos y personas ocupan un lugar en su recuerdo; qué anhelos, ilusiones y proyectos guiarán sus decisiones en las largas horas en que mantendrá las manos posadas en el volante y los ojos somnolientos sobre la negra cinta del asfalto. Sin embargo, no lo haremos. Renunciamos a tan loable proyecto de investigación por tres razones: la primera es que la tecnología de Google no da para tanto (todavía); la segunda es la extrema complejidad del cerebro femenino (fenómeno bien conocido aun fuera de los ámbitos universitarios) y la tercera, razón que se pliega y solapa sobre las dos anteriores, el sincero respeto que profesamos a la protagonista de este cuento. Quede ahí la cuestión.

Pero nos hemos entretenido, nuestra automovilista está a punto de partir y todavía no hemos dicho nada sobre su plan de ruta. Veámoslo pues sin más demora. El punto de partida se sitúa en algún lugar difuso del noroeste de la Península Ibérica y el destino escogido podría ser, por ponerlo difícil, la cordillera más alta, fría y escarpada del continente europeo. Allí donde sestea la marmota y las vacas se ordeñana por la noche. Muchos kilómetros separan un punto y otro. Pero no hay lugar para los temores ni las dudas porque nuestra conductora, pese a su incuestionable juventud, goza de una notable experiencia como navegante. ¿Y quién teme a las autopistas cuando ha surcado el Atlántico sin biodramina, a despecho de tempestades y encalmadas? Pese a todo, nos permitirá que la despidamos con algunos consejos:

Querida conductora, si pasas por Estella, ten cuidado con la panadera altiva; resiste la tentación del chocolate en Bayona y la del armagnac en la Gascuña; en Foix evita a toda costa los festivales folclóricos y en Lion, huye del bouchon. Cuando llegues a Annecy, cerca ya de tu destino, protégete los ojos del resplandor turquesa del lago. Y siempre, pero sobre todo cuando trepes por los puertos alpinos, saluda a los ciclistas que sueñan con el Tour de France. Buen viaje. Tal vez algún día quieras volver y contarnos tu aventura. Te estaremos esperando.

Y usted, amigo conductor, sea prudente en la carretera.

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