Contra los adosados

Algunos lunes de lluvia debo dedicar mi poder mental al control de esfínteres. Peor lo tiene el negro, que se asoma al balcón de su casa y mira al mar sin verlo, mientras el Nordés le lavala cara. Luego nos ponemos en marcha, el negro y yo, y a la hora del telediario ya todo está en orden. Los cormoranes tienen su querencia en las rocas, los pueblos su idiosincrasia y Melilla su valla triple barnizada de hemoglobina. Al menos, hoy no se ha siucidado ningún notario, según el informe de la quiosquera.

Por la tarde se nos une el hombre que me dejó hacer la foto pero no quiso salir en ella. Recorremos juntos talleres mecánicos en concurso de acreedores y bodegas con alfombra de serrín. En el barrio ya no quedan descampados ni los niños juegan al gua. Pese a todo, consuela saber que, si tienes pulso, la anchoa guardará el equilbrio el tiempo necesario para que la engullas sobre el pedazo de queso. La primera vez es fácil. Empujamos el bocado con un trago de vino, pero no nos sentirnos obligados a preguntar por la añada. En realidad, hablamos poco o nada. Y ese es el peso exacto de lo que nos tenemos que decir.

Como en este tiempo la tarde es ruin y los taberneros andan escasos de paciencia, el negro y el hombre que me dejó hacer la foto pero no quiso salir en ella se retiran invictos a los adosados que comparten en el paseo. En primera línea de mar. Justo debajo de donde celebramos el Milenio.

adosados

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