A favor de caminar por la arena (o La mujer del perrazo)

huellas_playa_3La mujer del perrazo tiene los pies pequeños. Sus pasos apenas dejan huella sobre la arena mojada. El perrazo camina unos metros delande de ella. Parece distraído. De repente, la mujer echa a correr y se abalanza sobre el perrazo. Lo abraza, intenta derribarlo. Busca en él una reacción que no llega. Es evidente que se trata de uno esos perros bonachones, indiferentes al mundo que los rodea. La mujer lo deja en paz.

El perrazo es en realidad una hembra, pero eso no lo hace menos perrazo. Cuando camina, mueve el culo de lado a lado, a tempo largo. La condición rítmica del balanceo se hace más evidente porque el perrazo no tiene rabo. Es extraño, porque a este tipo de perrazos no se les suele practicar esa cruel mutilación. ¿Qué le habrá pasado? Tal vez nació sin él. También es posible que haya sufrido algún percance y se lo hayan amputado para evitar males mayores. Sea como fuere, parece claro que el perrazo se las arregla bien.

La mujer se acerca a la orilla. Es una mujer de mediana edad, que es la edad que suelen tener las mujeres propiamente dichas. Viste una falda corta y botas de caña alta. Una combinación extraña pero efectiva para venir a la playa fuera de temporada. Ahora comienza a quitarse las botas y continúa con los calcetines, que también son de caña alta. Tiene las piernas morenas. Pisa la arena húmeda con los pies desnudos pero no parece notar el frío de noviembre. Avanza hacia el mar y se mete casi hasta la altura de las rodillas. Suerte que hoy no hay mucho oleaje. Sonríe. Parece disfrutar. Parece incluso que quisiera desafiar a alguien, pero no se va a nadie cerca.

El perrazo no quiere saber nada del agua, a pesar de que viste un tupido abrigo blanco. O tal vez precisamente por esa razón. Unos gruesos pezones oscuros asoman bajo su vientre. Se ve que ha sido madre, y prosiblemente más de una y de dos veces. Habría que preguntarle a la mujer, que ahora vuelve a calzarse calcetines y botas, satisfecha de su breve baño. Es posible que ella misma, la mujer, haya sido testigo de las preñeces y los partos del perrazo (la perraza). Puede incluso que haya tenido que prestarle asistencia para traer al mundo sus camadas de ¿quién sabe? cinco, diez o hasta quince cachorros. Quince tal vez sea un número exagarado, pero no imposible en los perros grandes, es decir, en los perrazos.

Si el perrazo alguna vez tuvo una camada de quince cachorros, la mujer tuvo que llevarse un buen susto. Es posible que, llena de pesar, metiera a diez o doce criaturitas en un saco de arpillera y las llevara al río, donde está el cielo de los canes excedentarios. Eso es, sin duda, lo que haría una mujer responsable. Pero, en ese caso, el perrazo tendría que guardarle algún rencor y no parece que sea así, a juzgar por la sensación de paz que transmite su paso moroso y bamboleante. Otra posibilidad, remota pero posibilidad al fin y al cabo, es que la mujer decidiera compartir con el perrazo las tareas de la maternidad y se pusiera a darles el biberón a los cachorrillos. ¿Qué les daría? ¿Leche entera, desnatada o semi? Es difícil saberlo, a no ser que uno sea experto en canicultura. De nuevo, habría que preguntarle a la mujer.

Ahora la mujer parece cansada y se ha sentado en la arena. Como hace bastante viento, se ha alejado de la orilla y ha tratado de protegerse acercándose a una pequeña duna. Uno se pregunta cómo es posible que esas hierbas largas crezcan en la arena. ¿Serán carrizos? La mujer no les presta la menor atención. Saca algo del bolsillo de su anorak. Parece un paquete hecho con ese papel grueso de las charcuterías de toda la vida. Lo abre y se pone a comer con calma. Desde aquí es complicado adivinar en qué consiste su merienda. ¿Jamón york? Bien pudiera serlo, a juzgar por la expresión de placer razonable que se dibuja en su rostro. Cuando termina, se queda un rato pensativa mirando las olas. Luego se levanta, se sacude las arenas y llama al perrazo. Como era de esperar, este no acude, así que la mujer va en su busca hacia un extremo de la playa. Caminando por la arena, se pierde de vista.

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Un Comentario

  1. Bien es cierto, querido escritor, que algunos canes sienten pavor cuando perciben que se acerca el agua. Otros, como el Golden o el Pastor Alemán, la reciben con cariño. Me imagino en esta historia un perraza oscura, mezcla entre uno de estos y un boxer. Acogida? era pequeña, casi no lo recuerda. Lo que no se le olvida es la crueldad de unos amos que intentaron acabar con ella en ese medio y que hoy en día sigue en nuestras portadas: http://www.lavozdegalicia.es/noticia/santiago/2013/11/16/salvan-perra-patas-atadas-rio-sar-padron/0003_201311S16C89910.htm
    por eso es precavida! Muy bonita la historia y a seguir defendiendo a los cánidos!

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